| Sede Otras columnas 050917 Carpe Diem ¡Viva Guatemala! Luis Figueroa Vienen de todas partes; de ciudades, de pueblos, de aldeas, de barrios, de iglesias y de asentamientos. Vienen en buses, en camiones, en bicicletas, a pié, y en sillas de ruedas. Vienen en grupos grandes y pequeños. Son jóvenes y viejos, hombres y mujeres, niños y niñas, indígenas y ladinos. ¡Son los que participan en las carreras de antorchas cada 14 de septiembre, en el Monumento a los Próceres! Me gusta El Obelisco porque ahí celebramos 18 Viernes de Luto contra los impuestos y la corrupción de Portillo y el FRG, porque a veces voy ahí a tomar atol de elote, y porque el miércoles 14 estuve ahí, observando a los grupos que llegan a encender sus antorchas de la libertad. La multitud variopinta llega a ese espacio a recoger el fuego de la libertad para llevarlo a rincones insospechados. Me impresionaron la alegría y el entusiasmo con el que aquellos grupos llegan y encienden sus antorchas. Es emocionante cuando algunos de ellos hacen la Jura de la Bandera; y es conmovedor cuando lo hacen los niños cuyos ojos brillan intensamente mientras hacen el referido voto. Aquella experiencia deberían vivirla, por lo menos una vez en sus vidas, los exguerrilleros y sus amigos que se hacen los locos cuando se canta el Himno Nacional y que andan por ahí promoviendo la sustitución de los símbolos patrios. Al grito de ¡Viva Guatemala!, aquella multitud de gente mayoritariamente sencilla aprovecha esa oportunidad para expresar cariño por la tierra en la que está enterrado su ombligo. Mi primera reacción ante la magnitud de tanta alegría fue que es una lástima que esa actividad parezca improvisada y que, sin más coordinación que la que aporta un grupo de maestros que mantiene encendida la llama y que le da la bienvenida a los grupos de corredores portadores del fuego, no goce del apoyo de mas guatemaltecos. Sin embargo, luego pensé que aunque no caería mal que fuera menos improvisada, esta es una fiesta espontánea y pacífica de guatemaltecos que se sienten chapines y que no tienen más intereses que los de pasarla bien y celebrar la efemérides. Al final del rato, sólo algo me dejó tristón. Pensé que toda esa gente buena que andaba ahí sin pintar paredes, sin romper vitrinas y hermanada por el cariño a su tierra, se merecía una patria de oportunidades y no una desgarrada por elites ineptas y por dirigencias corruptas e ideologizadas. Para mí, el 15 de septiembre siempre ha tenido cariz de fiesta. Por supuesto que me gusta celebrar a mi tierra; pero yo nací en un día como hoy, y cuenta mi madre que ella y mi padre salieron a caminar, por la Avenida Independencia (en donde vivían), para ver si yo nacía el 15. Claro que no me hubiera gustado nacer el día de la fiesta nacional; pero siempre me ha hecho gracia el gesto de mis padres. De niño, mi abuelita Juanita y La Mamita (mi tía abuela) me llevaban a ver el desfile. Y mi gustaba, aunque lo encontraba monótono. Años más tarde lo volví a ver en el Parque Gómez Carrillo y cuando vivía en La Antigua presencié el de allá. Ya tenía como 12 años de no ver un desfile de Independencia cuando el domingo 11 de septiembre vi uno de bandas en la Reforma. Me pareció entretenido y vi que había innovaciones, como la participación del Instituto Osorio cuya banda es muy alegre. Entonces decidí ver el desfile del 15. Eso sí, me lo eché en la tele. No se cómo es que la miopía y la ideologización de la exguerrilla jurásica guatemalteca y sus amigos ha pretendido eliminar el desfile. Por los hechos del 14 en El Obelisco y por el desfile del 15, es evidente que esta fiesta y esas formas de celebrarla están bien enraizadas en el espíritu chapín. Otra vez me impresionaron la entrega, el entusiasmo, y el cariño de los jóvenes participantes, y por eso me dio gusto ver en la tribuna principal a María del Carmen Aceña y a Carlos Vielmann, así como a otras autoridades civiles y militares. Y desde luego que no me extrañaron las irónicas ausencias de Berger y Stein. ¡Viva Guatemala; y qué! Sede |