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080806

¡Chancles
Aguateceros!

Luis Figueroa

Durante décadas y décadas Guatemala era una ciudad relativamente segura; y uno, de niño, podía barranquear, pasear en bicicleta, o juntarse con los amigos en alguna esquina sin que hubiera peligros fuera de proporción.

En los años 20 a mi amiga doña Beatriz y a su primo Luis los atajaron unos niños en la calle y al grito de ¡Chancles aguacateros! se dieron a puños con ellos.  Eso era de lo peor que podía pasar. 

Claro que de cuando en cuando aparecía un Miculax; pero si ese era el caso, lo mas seguro era que fuera fusilado en cumplimiento de la ley.

Cuando vivía en la Avenida Independencia el peor peligro eran las camionetas 7 y los camiones de Paco Reyes.  En los años 70 yo barranqueaba entre las zonas 10 y 15; montaba bicicleta por Oakland, Santa Clara y el área de San Judas Tadeo.  Me iba en la 2 hasta Ciudad Nueva, o en la 1 a Vista Hermosa…sin miedo a que me robaran los tenis, o que me quitaran la mochila, ni siquiera si me quedaba dormido en la camioneta.

Yo era cuate de los policías de las embajadas, había tiendas donde me daban fiado (a pesar del letrero que decía: Fiado murió, mala paga lo mató)  y con un centavo podía comprar cuatro bolitas de miel.  Los tortrix costaban 10 centavos (o menos), los helados de agua costaban 5 y el cine costaba 1 quetzal. 

Menciono todo esto porque mi amiga Rogelia me envió un mensaje de esos que ponen a pensar, acerca de los que crecimos en los años 60, 70 y 80.  De niños andábamos en carros que no tenían cinturones de seguridad, ni bolsas de aire.  Ir en la parte de atrás de una camionetilla era un paseo especial, y todavía lo recordamos.  Nuestras cunas estaban pintadas con pinturas brillantes a base de plomo.

No había tapas con seguro contra niños en los frascos de medicinas.  Cuando montábamos bicicletas lo hacíamos sin casco.  Tomábamos agua de la manguera del jardín y no de botellas.  Gastábamos horas construyendo carritos de chatarra y los lanzábamos calle abajo (yo en la 15 calle y 10 avenida de la zona 10), y sólo después de estrellarnos varias veces, aprendíamos a resolver el problema. 

Salíamos a jugar con la única condición de regresar antes del anochecer.  El colegio duraba hasta las 12 y llegábamos a la casa a almorzar, para luego regresar a las 2 y salir a las 4, justo a tiempo para refaccionar.  No teníamos celular, así que nadie podía ubicarnos.  Yo me capeaba en el Centro y guiaba turistas en los alrededores del Parque Central.

Nos cortábamos, nos rompíamos un hueso, o perdíamos un diente; pero de esos accidentes nadie tenía la culpa, sino nosotros mismos.  Comíamos pasteles y panes con mantequilla, además de tomar bebidas con azúcar; pero nunca teníamos exceso de peso porque siempre estábamos afuera jugando. 

Compartíamos una bebida entre 4, tomando todos de la misma botella, y nadie se moría por eso.  No teníamos X Boxes, ni Play Stations, ni 99 canales de televisión por cable, ni
chat rooms en Internet.  Pero lo que sí teníamos era amigos.

Nos subíamos en bicicleta, o caminábamos a la casa del amigo.  Tocábamos el timbre, o simplemente entrábamos sin tocar y ahí estaba y salíamos a jugar. Hacíamos juegos con palitos.  Organizábamos partidos de pelota.  No todos salíamos elegidos en los equipos pero nadie se traumaba por eso.

Algunos estudiantes no éramos tan aplicados como otros y cuando perdíamos un año lo repetíamos.  Pero nadie iba al psicólogo por eso.  Que dislexia, que problemas de atención, que hiperactividad, ni que nada.  Uno simplemente perdía y tenía una segunda oportunidad. 

Teníamos libertad, fracasos y responsabilidades, y aprendíamos a manejarlos.  La gran pregunta es ¿cómo hicimos para sobrevivir? Y sobre todo, ¿cómo hicimos para ser las personas que somos ahora?  Talvez éramos aburridos para los estándares del siglo XXI, pero sí que éramos felices.

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