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Carpe Diem

Carne de gallina
Luis Figueroa

I. Leo en las noticias que “los vecinos de la zona 1 cada día están más conscientes de que sus viviendas son patrimonio cultural que debe conservar su valor histórico” y se me pone la carne de gallina.

Pero, antes de seguir estos comentarios debo confesar, con vergüenza, que una vez hice un reportaje en el que apoyaba la horrible idea de que ciertos inmuebles “deben conservar su valor histórico”.  En mi defensa puedo decir, sin embargo, que me di cuenta de mi error y que, en consecuencia, cambié de dirección.

Como parte de las actividades de recuperación del llamado Centro Histórico la municipalidad capitalina envió cartas a los vecinos que habitan inmuebles con más de 50 años de antigüedad para que luzcan “los colores originales de la zona 1”.

Todo aquello talvez suene bonito; pero hay un detalle que expresa la vecina Ana María de Quintanilla: “Esta casa ya no es nuestra, sino del Centro Histórico”, dijo.  Y la verdad es esa; cuando un grupo de interés apoyado por el poder político impone sus criterios en una zona, o población, lo primero que queda abolido es el derecho de propiedad. 

De hecho, los habitantes de aquel sector citadino han perdido el derecho a usar, gozar y disfrutar de su propiedad legítima.  Las autoridades del Centro Histórico han procedido a la virtual anulación de sus derechos de propiedad y nadie puede disponer de sus inmuebles como más le convenga, si no sirve el interés de los promotores del proyecto en cuestión.

Esto es horrible porque constituye una violación flagrante y abusiva de uno de los derechos que junto al derecho a la vida, el derecho a la libertad y el derecho a la búsqueda de la felicidad, son pilares de la cooperación social pacífica y de la vida civilizada.

Actos como aquel, desgraciadamente, no son extraños entre nosotros.  Y de hecho, muchas veces cuentan con el apoyo inocente (o no tan inocente) de los propios vecinos. 

Me da la impresión de que en casos como el citado, y el siguiente, muchos están dispuestos a imponer sus criterios de conservación por medio de la ley, o de la fuerza.  A tal grado de que pocos recuerdan que el derecho de propiedad es mucho más útil para la vida civilizada, que cualquier interés arbitrario, por romántico que sea. 

En todo caso, la única salida decente para cuando uno quiere conservar intacta la propiedad ajena es comprarla.  Sólo así no se viola el derecho ajeno, y sólo así es legítima la pretensión de conservar las cosas como uno quiere.  De otra forma la violación es tal, que se pone la carne de gallina.

Allá por fines de marzo de 2005 los propietarios de una gasolinera en la Avenida de las Américas dispusieron modernizar la estación de servicio.  El inmueble antiguo tenía cierto encanto arquitectónico; pero no era funcional y tenía que ser modificado.

Rápidamente un vecino aseguró que “todos los que viven en el sector recuerdan la apertura de la gasolinera y están interesados en que la obra no sea demolida”.
La hija del ingeniero que diseñó las estructuras opinó sobre la cuestión; y una experta en conservación alegó que las estructuras eran “parte de la historia arquitectónica contemporánea del país”.

Algunos pretendían que el propietario desistiera de la modernización, o que incurriera en gastos adicionales para salvar las estructuras.  Otros esperaban que la demolición no hubiera ocurrido antes de llegar a los 50 años de edad y que las estructuras fueran convertidas en patrimonio cultural.  No faltaría quien hubiera propuesto tomar el inmueble por la fuerza e impedir su modificación.

Como dice un arquitecto amigo, imagínese usted que la Basílica de San Pedro no hubiera sido construida por no destruir la vieja basílica románica que había en su lugar.  

II. El miércoles 11 de mayo, a las 7:00 p.m., en la Biblioteca Walt Withman del IGA, participaré como parte de un panel en un foro sobre los Premios Pulitzer. Recordaré a mis maestros Nan Robertson y Bill Eaton; y al columnista Thomas L. Friedmann, ganadores de la presea.

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