| Sede Otras columnas 050305 El experimento Luis Figueroa Con la investidura del neosocialista Tabaré Vásquez, como presidente de Uruguay, la izquierda latinoamericana está como en plena parusía. Se nota en los foros y se advierte en las notas de prensa. “El socialismo ha llegado ya al poder en Uruguay”, dice una. “Asume primer presidente izquierdista en Uruguay”, dice otra. “Tabaré Vasquez anuncia su plan Panes y restablece relaciones con Cuba”, dice otra. Vásquez se une al club de neosocialistas que gobierna América del Sur: Kirchner en Argentina, da Silva en Brasil, Lagos en Chile. Eso sí, ninguno supera a ese personaje extraño que es Hugo Chávez, de Venezuela; y todos ellos encandilados por el santón de santones, Fidel Castro. Con excepción de Chávez, que a ciertas horas raya en lo vesánico, y de Vásquez que no se sabe porque está recién estrenado, los neosocialistas del siglo XXI son diferentes a sus congéneres del XX. Daniel Ortega era un socialista rabioso de verdad. También lo eran Velasco Alvarado, Lázaro Cárdenas, Carlos Andrés Pérez (en su primera etapa), Salvador Allende, Hernán Siles Suazo (también en su primera etapa) y Alan García, entre otros. Aquellos eran socialistas de verdad, de esos que nacionalizaban, colectivizaban, repartían, confiscaban y corrompían todo lo que podían. Como Sunseret, faraón de la dinastía XII, parecían decir “yo soy el rey y lo que digo se hace. Lo que mi corazón concibe, lo ejecuta mi mano. Yo soy el cocodrilo que aferra, arranca y destruye sin piedad. Las palabras no dormitan en mi corazón”. Los presidentes neosocialistas son como la diosa Bastet de los egipcios; que tenía forma de gato, con patas suaves que escondían garras afiladas. En parte porque han entendido que no puede haber prosperidad sin mercado y porque saben que sin precios no puede haber una asignación eficiente de recursos; pero en parte, también, porque los más despiertos aprendieron de sus predecesores que no se puede ser buen socialista y pretender un gobierno de leyes, por ejemplo. O bien, que no se puede ser buen socialista y pretender eliminar los privilegios. Cosas así. Por eso es que los neosocialistas serios cantan Casas de cartón, mientras planifican cómo hacer para que las personas olviden sus promesas electorales febriles y, a la vez, dejar incólumes los pilares del desarrollo y de la prosperidad. Por eso es que cada vez hay menos diferencias entre los neosocialistas y las oligarquías conservadoras y mercantilistas que han dominado tradicionalmente a América Latina. Sólo vea usted aquí en Guatemala. ¿Qué gobierno fue el que más empresas estatales produjo? Un gobierno de derechas como el de Carlos Arana, que en ese, y en otros sentidos, no hizo nada que no hubiera hecho un socialista cualquiera. En América Latina, los ministerios de Educación al servicio de los sindicatos de maestros, los sistemas previsionales monopólicos, los presupuestos del estado diseñados para satisfacer a los grupos de interés y la multiplicación de privilegios, son el resultado de la insistencia de los socialistas en que es lícito que unos vivan a costillas de otros. Claro que no lo dicen así; pero es que no son tontos. La pobreza y la corrupción crecientes, en América Latina, son consecuencia de ambientes hostiles a la creación de riqueza y a un verdadero estado de derecho. Uno en el que todos seamos iguales ante la ley y en el que se respeten los derechos individuales de todos. Uno en el que haya un gobierno de leyes, y en el que no haya lugar para los Sunseret tropicales. Eso sí. El que los gobernantes neosocialistas sean lite, no quiere decir que el socialismo haya perdido sus facultades corruptoras y empobrecedoras. Porque cada vez que usted pierde un trocito de su libertad, o de su derecho a la propiedad, gracias a alguna propuesta socialista y por pequeño que sea, todos avanzamos un paso más por el camino de servidumbre. Si quiere ver hacia dónde va el neosocialismo, le sugiero seguir el consejo de mi amigo José María Marco, y observar el experimento des-constructivo, de Rodríguez Zapatero, en España. Sede |