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050225

Carpe Diem

Chocolate
Luis Figueroa


En la casa de mis papas, a mis hermanos y a mí, nos servían la refacción de la tarde a eso de las 4:30 cuando regresábamos del colegio.  A veces era leche con tostadas con canela, otras venía acompañada de pan de manteca, o de galletas de mosh de “La Argentina”, que era una panadería muy célebre.  En esta época, lo que nos daban era una empanada de leche, de salmón, o de hierbas (de estas dos últimas, sólo yo comía).

Había otras variedades de refacción, como bananos con miel de abejas; pero unas de mis favoritas era la de chocolate con pan francés.  Chocolate espeso y pan francés dorado y tostado, con olor a leña.  De ese que ahora es tan difícil de encontrar.

Porque me gusta mucho el chocolate, en casi todas sus formas, me disfruté mucho la conferencia que dio Michael D. Coe, en el Museo Popol Vuh, el jueves pasado; y me estoy gozando el libro de su esposa Sophie, que él completó en forma póstuma, llamado
La verdadera historia del chocolate.

En él, aprendemos que para los aztecas y los mayas la espuma del chocolate era tan importante como la bebida misma; igual que ocurre ahora con una buena pinta de Guinness. Aprendemos que Hun Hunahpu, dios del maíz, también lo era del cacao; y que el chocolate no era una bebida cualquiera sino que era ritual y bocatto di cardinale para emperadores, reyes, sacerdotes y guerreros.

Siempre se ha creído que Hernán Cortés fue quien le llevó a Carlos I el primer cacao que cruzó el Atlántico,  acompañado de jugadores de pelota “con su bola de hule que rebotaba milagrosamente (cosa nunca antes vista en Europa), varios albinos, enanos y monstruos (fuesen lo que fuesen)”; pero Coe nos aclara que no fue así, la primera evidencia del viaje del cacao hacia Europa está relacionada con un grupo de nobles keckchíes, de Alta Verapaz, llevados a la corte de Felipe II por Bartolomé de las Casas.  Ellos llevaron el primer chocolate a España.  Ellos también llevaban 2000 plumas de quetzal, jícaras laqueadas, chiles, maíz, liquidámbar e incienso de copal, entre otras piezas de valor.

Empero, el cacao no entro a Occidente sin problemas.  Dice Coe que “para los países católicos como España y sus posesiones de ultramar, Francia y los diversos estados que integraban Italia, había una evidente mosca en la sopa…o en la chocolatera.  Era la perenne cuestión de si tomar chocolate rompía el ayuno eclesiástico”.

“Los argumentos en pro y en contra de esta cuestión tronaron entre eclesiásticos y legos durante más de dos siglos y medio”.  “Los jesuitas (nada desinteresados, ya que traficaban con el chocolate) afirmaban que no rompía el ayuno, y los puritanos dominicos, opinaban lo contrario”.  “A Luis XIV, sus consejeros jesuitas le recomendaban tomar chocolate los días de ayunos, tal como ellos mismos hacían, pero abstenerse de su costumbre de sopear pan en él”.

Fray Agustín Davila, en México, opinaba que el chocolate no rompía el ayuno; y Gregorio XIII, el papa que celebró la matanza de la noche de san Bartolomé, con un Te Deum, dijo que no rompía el ayuno.

Cuenta Coe que el cardenal Alphonse de Richelieu usaba el chocolate, considerado como una droga “para moderar los vapores del bazo, y que le transmitieron el secreto unos monjes”.

En ese sentido, las opiniones de curas, frailes y papas no era de distinta naturaleza que las de los médicos de la época, que creían, sin fundamento alguno, en hipótesis como la de Hipócrates y Galeno, acerca de los cuatro temperamentos o humores del cuerpo humano y sus correspondientes propiedades específicas. Se pensaba, por ejemplo que la sangre era generada por el hígado. 

Opinar, por opinar, que el cacao rompía, o no el ayuno porque era, o no alimento, se parece a opinar si los habitantes del Nuevo Mundo tenían alma, o no.  Cosas que hacía la iglesia con increíble ligereza.

Por eso no debe extrañarnos que ahora, teólogos y obispos, opinen igualmente sobre temas como la minería a cielo abierto, o el proceso económico. 

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