Sede        Otras columnas


041002


Carpe Diem

¿Hormigas, u hombres?
Luis Figueroa

Hace años, cuando yo andaba por primero o segundo año de Ciencias Políticas, había compañeros que creían que las sociedades humanas deberían estar organizadas como se organizan las hormigas, las abejas, y otros animales.

Creían, de buena fe, que si todo estuviera perfectamente planificado, ordenado y diseñado -y que si todos supiéramos cuál es nuestro lugar en aquella organización- la vida sería mejor.  Creían que habrían más armonía, más bienestar y más igualdad.

Así, de buena fe, aquellas pretensiones son aceptables y causan gracia entre imberbes de 18, o 19 años de edad; pero cuando uno ya está crecidito, ocurrencias así no tienen cabida.  Excepto, por supuesto, entre peligrosos ingenieros sociales y entre dictadores totalitarios. O entre ingenuos.

Leo, en las noticias, que “uno de los diseñadores más respetados y admirados ha puesto sus ojos en Guatemala”.  Bruno Mau dice que un grupo de guatemaltecos le ha pedido que diseñe una Guatemala para los próximos 10 años.  Ese grupo de chapines (sin duda, de buena fe) quiere construir una nación diferente y pretende que Mau la diseñe. ¡Como que una nación, como que usted y yo, fuéramos objetos para moldear, adaptar, colocar y formar como Mau y sus patrocinadores quieran!

Yo no dudo que Mau sea un extraordinario diseñador de cosas, e incluso de actividades y de ordenes deliberados (en el sentido hayekiano de
taxis) como desfiles, parques, o sistemas de transporte y de información; pero una nación, o una sociedad, no son ordenes deliberados.  Son ordenes espontáneos (o cosmos)  que no deben, ¡ni pueden!, por su naturaleza, tener propósito alguno.

“Cambiar la sociedad en bloque...de acuerdo con un plan único sería la extinción de las mismas fuerzas que moldearon las inteligencias individuales humanas que lo planearon”, explicó Hayek.

Y claro, no es que uno esté contra la organización, que es un instrumento poderoso de la razón; pero lo que no puede haber es un grupo de organizadores y diseñadores que, con arrogancia, pretendan disponer de la vida y la propiedad de otros para cumplir sus designios.  Eso, sólo lo vemos en sociedades totalitarias como la soviética, la nazi, la de Mao y la de Pol Pot.

La ventaja de la libertad, frente al diseño, es que no sabemos cómo la utilizarán los individuos y qué saldrá de ella.  Las posibilidades, en libertad, son infinitas; pero en cambio, cuando actuamos dentro de un orden deliberado y diseñado, las posibilidades son sólo las que el diseñador previó, o las que el diseño permite.

Hace algo de tiempo, también, participé en un intento de crear una visión de nación.  Ahí vi, con horror, que en tanto yo creía que la visión debería limitarse a decidir si queríamos ser una sociedad de personas libres, o una de hormigas, otros pensaban que la visión debería establecer objetivos nacionales, y que debería de ser
micromanaged.

Todavía hoy, con más horror, uno lee cosas como que el país debería orientarse hacia el turismo, o hacia la agricultura. Uno lee cosas como que alguien debería venir y diseñar la sociedad.  Repito: como si fuéramos arcilla, plasticina, o algo parecido.  Algo que debe moldearse para ser ajustado a los gustos de otros.

Un orden extenso (o
cosmos) precisamente carece de objetivos propios.  Como la sociedad, o el mercado, el país es un ambiente en el que los individuos podemos actuar dentro del marco de normas generales, abstractas y de conducta justa.  Un ambiente en el que, en tanto respetemos todos los derechos de los demás, podamos alcanzar nuestros fines individuales legítimos.  ¿Y sabe qué? Una sociedad así es más propicia para la cooperación social pacífica y para el desarrollo de todos.

¿Por qué? Porque el poder creador de una sociedad libre es más impresionante que el de cualquier colmena, o el de cualquier hormiguero.

Adhesiones:  Me adhiero incondicionalmente al artículo de Luis Enrique Pérez sobre la embajadora Leissner.  La representante de Suecia debió haber salido por la puerta de atrás, con un letrero que dijera non grata colgado del cuello, en vez de haber sido condecorada servilmente.

Me adhiero, también, al esclarecedor artículo de Dina Fernández sobre el incidente con las
Estrellas de la línea.

Sede
Hosted by www.Geocities.ws

1