| Sede Otras columnas 040918 Carpe Diem Padres y madres, y otros disparates Luis Figueroa Como cizaña en trigal descuidado se han multiplicado las propuestas disparatadas de modificar el Himno Nacional. Yo le temo al día en el que cantemos: Nuestros padres y madres lucharon un día/ Encendidos y encendidas en patrio ardimiento. Yo entiendo la dificultad que tenemos muchos para identificarnos con el Estado de Guatemala. Por ejemplo, encuentro difícil identificarme con una sociedad que cree que unos les deben pagar sus aficiones e intereses a otros. Para ilustrar esto veamos: el martes pasado un lector de Prensa Libre, en patrio ardimiento, pidió que el Gobierno organizara un concierto con 30 marimbas en la Plaza de la Constitución. Supongo que, como a mí, a él le gusta la marimba. Como una marimba cuesta poco más o menos $581 por cinco horas, aquella pretensión tendría un costo mínimo de $17,446 sólo en el rubro de músicos. A ello le faltaría agregar la seguridad, la publicidad, toldos, inodoros portátiles, equipos de sonido, y cosas así. No es valido suponer que si las marimbas que tocaran fueran del gobierno no tendrían costo alguno. Es un hecho que los sueldos de los músicos y el mantenimiento de los instrumentos, así como su transporte, están contemplados en el presupuesto de la nación; y los paga usted, con sus impuestos. Recuerde que no hay tal cosa como un almuerzo gratis. Tampoco es válido decir que aquella debería ser una función del Estado, porque entonces se confirma mi hipótesis. Es decir, que hay unos que usan al Estado para conseguir lo que quieren, a costa de otros. Es difícil, entonces, identificarse con semejantes antivalores. Peor aún si se extienden a casi todas las líneas de intereses. Y lo malo no es sólo que unos paguen sus intereses con el trabajo de otros; sino que los recursos escasos, que no se usan para cosas importantes como para que haya seguridad en las calles, o empleo en el área chortí, se empleen en satisfacer vanidades. Y como de disparates se trata, aquí va otro: Colin Powel acusa a Guatemala de ser negligente con la religiosidad de los pueblos indígenas. Curiosa acusación de un funcionario cuyo país, hasta hace poco, sentaba a sus negros en la parte de atrás de los autobuses y que construyó una pared para que no entren los latinoamericanos, o que rechaza con puritanismo el vicio del juego y la corrupción de los casinos, ¡excepto! en sus reservaciones indígenas. La dirigencia indígena tiene la culpa de este desatino. Felipe Gómez sostiene que “cualquier católico o evangélico tiene acceso a los lugares de culto, pero los mayas deben pedir permiso y en ocasiones pagar por ingresar a ellas”. Pasa por alto, claro, que los templos católicos y evangélicos son propiedad privada y que sus propietarios pueden abrirlos gratuitamente al público, si quieren, porque obtienen, de otras formas, los recursos para su mantenimiento. En cambio, los sitios arqueológicos, siendo propiedad colectiva, no tienen fuentes de ingresos para su conservación. Dice Powel que “la excesiva afluencia de turistas a lugares sagrados es una intromisión en la espiritualidad maya”. Sugiero, entonces, (¿para añadir al disparate?) que los sitios arqueológicos sean privatizados y que los compren sociedades anónimas mayas para que los administren como quieran. Eso sí, no olvidemos que los mayas “no eran teocracias pacíficas. La guerra constante y la captura de cautivos prominentes (para ejecutarlos luego de prolongadas degradación y tortura) era el nombre de su juego” (Schele y Miller, 1986); y que “los aztecas han tenido mala prensa por su afición por los sacrificios humanos; pero ciertamente nunca les inflingieron a sus víctimas la tortura y la mutilación características de los sacrificios mayas”. Y que para los mayas “el papel ritual primario de la guerra era proveer al estado con víctimas para el sacrificio, cuya sangre era derramada y ofrecida a los dioses”. Como hoy estamos en disparates pregunto: Si los mayas aprovecharan la desincorporación de los activos arqueológicos y les restituyeran su carácter sagrado, ¿cómo serían sus ceremonias? ¿Destriparían vivas centenares de gallinas como ocurre actualmente en Iximché?, o ¿Regresarían, en purismo cultural, a derramamientos de sangre como el descrito en el dintel 24 de Yaxchilan, en el que una mujer se atraviesa la lengua con un lazo con espinas? Sede |