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040821

Carpe Diem

Principios y conflictos
Luis Figueroa

Luego de una trifulca entre vendedores ambulantes que pretendían instalar sus ventas en lugares prohibidos, y agentes de la Policía Municipal de Tránsito, el alcalde capitalino dijo: “Lo violento no fue el desalojo, sino la ocupación indebida de las áreas públicas que son de todos los vecinos”.

Arzú tiene razón.  Quien de forma ilegítima ocupa propiedad ajena (ya sea estatal, municipal, o privada) ejerce un acto de violencia.  ¿Por qué? Pues porque viola un derecho ajeno; y porque aunque sea con apariencia pacífica, toda ocupación que no cuente con el consentimiento expreso de sus propietarios es forzada.

En esos casos, de flagrancia, lo que procede es que se impongan la autoridad y la ley; y que los perpetradores sean puestos en orden y a disposición de los tribunales.

Lástima grande que el jefe edil vea el asunto de esta forma ahora, y no cuando era Presidente. Entonces la ocupación de fincas por parte de bandas de usurpadores era común. Y sin embargo, los propietarios no recibieron el apoyo debido e inmediato de la administración, ni el de los tribunales de justicia. Se optaba por marear la perdiz y quedar bien con los grupos de interés, las ONG, las representaciones internacionales, Minugua, la exguerrilla, ¡y con cualquiera!, menos con el principio de respeto al derecho de propiedad.

El caso no es único, porque es difícil sostener principios cuando no conviene en el corto plazo.  Y el peligro de eso, sobre todo cuando se tienen a cargo el gobierno, la legislación, o la administración de justicia, es que se relativicen aquellos principios y la ley, para aplicarlos arbitrariamente.  Y entonces que el ambiente se haga fértil para la multiplicación de conflictos.

Vemos, ahora, que el cura Girón pretende que “es un acto de justicia quitarle las posesiones a Francisco Alvarado Macdonald”; y en un desplante de abusos, exige que el gobierno le entregue 40 caballerías de tierra y que el Ingenio Magdalena negocie con él (con Girón) la extracción de caña en tres fincas.

Cierto que Alvarado está siendo procesado por delitos que involucran el mal uso de fondos públicos que tanta falta nos hacen; y claro que si él es hallado culpable debe ser castigado penal y civilmente.  Pero, ¿a dónde vamos a parar si no se respeta el principio del debido proceso?  No debemos sacrificar principios, sólo porque en el corto plazo nos disgustan las personas involucradas y los actos que pudieran haber cometido.

Algo así sucedió hace poco, en plena ciudad capital, cuando una gavilla de usurpadores ingresó al antiguo Club Americano con la inaceptable pretensión de ocuparlo en venganza por La Liberación.  Este es otro caso de irrespeto a la propiedad, de ocupación violenta y de desprecio por los principios básicos de convivencia pacífica y de cooperación social.

En esta semana participé en un foro sobre conflictividad, organizado por este diario y cuatro universidades; y después de oír a los participantes confirmé que los conflictos se dan cuando hay un encuentro, no resuelto, de intereses opuestos.  También, que la única forma sana de evitar los conflictos, y de dirimirlos, es respetando siempre y en todas partes -¡sin excepción alguna!-  los derechos individuales.  Confirmé, que los intereses, por muy grandes y multitudinarios que sean, no pueden, ni deben violar derechos ajenos.  Confirmé que los conflictos se tornan violentos cuando no hay un sistema de justicia pronto y confiable; y que los conflictos prosperan cuando en el ambiente hay incentivos perversos que los consienten. 

Desde una perspectiva decimonónica los conflictos son vistos como parteros del cambio social.  A modo de tesis, antitesis y síntesis, el choque del interés A con el interés B, genera la situación C.  Empero, el cambio social no necesariamente debe salir del conflicto.

Una opción que prefiero es que respetando normas generales, abstractas e iguales para todos, los guatemaltecos vayamos construyendo una sociedad de confianza, cooperación y respeto.  Sin necesidad de acudir al enfrentamiento y al abuso sólo porque creemos que podemos imponer nuestros intereses sobre los derechos de otros.


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