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Esta columna fue publicada como parte de un debate sobre el tema de
la globalización.

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Carpe Diem

La globalización
Luis Figueroa


¿Por qué debo comprar caro? ¿Por qué no mejora mi salario? ¿Pierdo mi identidad cultural, si mis opciones se amplían? ¿En qué me dañan las trabas para el intercambio libre?

Las amas de casa y los grandes magnates saben que los recursos son escasos y que hay que optimizar su uso.  Usted, por ejemplo, no compra en el supermercado A, si sabe que en el B los productos son más baratos (y talvez de igual, o mejor calidad que los que ofrece el supermercado A).

Esto de  la globalización no es una conspiración. Es un proceso congruente con la naturaleza humana. Una vez que las personas tienen la información, la libertad y la posibilidad de tomar decisiones racionales, lo hacen.  Y compran, o venden, donde más les conviene.

La información y el espacio para el intercambio nos los dio la Internet.  Con unos teclazos, cualquier
chispudo puede conocer sus mejores opciones de compra y de venta; y puede cerrar negocios desde su computadora.  Por algo es que la Internet es vista como el Mare Nostrum de nuestros días. 

La libertad la hemos ganado a pulso.  De la tiranía de las aldeas a la de los estados naciones, hemos pasado a un mundo en el que cada vez es más difícil que alguien nos diga qué podemos comprar, o vender, dónde y a cuánto.  No nos limitan el tiempo, ni el espacio.  Y cada vez menos, nos limitan las regulaciones protectoras de privilegios.

Hace ratos leí que para un habitante de Marsella es más barato mandar a hacer sus dientes postizos a China, que hacerlos en Marsella.  Y cuando el marsellés hace su compra del otro lado del mundo, gana el chino que fabrica prótesis y gana él, que se economiza unos euros. 

La globalización de la venta de pantalones beneficia a los guatemaltecos.  Miles de familias chapinas comen tres tiempos gracias a que en los Estados Unidos es caro fabricarlos.  Entonces los gringos nos mandan tela cortada, nosotros los armamos y luego se los devolvemos.  Y les cobramos por el servicio.

Thomas L. Friedman, en
The Lexus and the Olive Tree dice: “el símbolo de la guerra fría era un muro, que dividía a todos; pero el de la globalización es la World Wide Web que une a todos.  El documento que definía a la guerra fría era el tratado; y el que define a la globalización es el contrato”.  Y añade que “La pregunta más común en la guerra fría era ¿qué tan grande es tu misil? Pero en la globalización la pregunta más frecuente es ¿qué tan rápido es tu modem?”

Para ilustrar cómo es el mundo no globalizado, parafraseando un ejemplo de Manuel F. Ayau,  suponga que Guatemala es “el mundo”; y que en vez de departamentos, estos fueran países. Entonces los de Jalapa necesitarían pasaporte para ir a Zacapa.  Los de Sololá tendrían que pagar aranceles para importar lo que compraron en Quiché.  Los de San Marcos no podrían trabajar en Escuintla sin permiso.  Si le pareció que estas trabas no tienen sentido, ¿qué necesidad hay de que ocurran entre países? En cambio, en el mundo globalizado, bienes y personas deben circular libremente, a conveniencia de todos.  Y todos podemos beneficiarnos de lo que se produce en el mundo entero, sin obstáculos.

Claro que la globalización trae cambios e incertidumbre; pero en diciembre pasado, en la iglesia de Chichicastenango, vi una pareja de ancianos indígenas hablando por su teléfono móvil.  ¡Esa es la globalización! Bienes y servicios accesibles para todos, sin necesidad de perder la identidad cultural.


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