| Sede Otras columnas 040605 El purpurado Luis Figueroa Leo en Prensa Libre que cuando el cardenal hondureño Oscar Rodríguez dijo que “no vamos a parar de cantar la canción de que condonen la deuda externa a los países pobres, hasta que nos escuchen”, el presidente guatemalteco Oscar Berger aplaudió. Y eso no debería extrañarnos porque el mandatario chapín también palmoteó cuando Chirac llamó estúpidos a los 9 de cada 10 guatemaltecos que entendemos que los impuestos no benefician a los pobres y que nos oponemos a más tributos. Leo, también, que el purpurado dijo que “un cura podrá no saber de economía, pero sabe de humanidad”; lo cual explica perfectamente su afirmación anterior en cuanto a economía, pero no en cuanto a moral. El punto es que los países pobres sólo se endeudan porque sus políticos contraen esas deudas. Unas veces para intentar satisfacer las demandas de los grupos de interés que viven del presupuesto del Estado y otras veces para robarse la plata; pero siempre con el consentimiento de los gobernados. Unas veces este consentimiento es explícito, pero otras veces es por omisión. Las deudas no se contraen solas; siempre hay alguien que toma la decisión consciente de contraerlas. Si los políticos de un país (y sus electores y contribuyentes) no se ven obligados moralmente a asumir las consecuencias de sus acciones (como a pagar las deudas contraídas), nunca aprenderán la lección de que los recursos escasos deben ser bien administrados. Y nunca aprenderán a ser responsables. Y nunca tendrán necesidad de actuar con ética. Claro que un cura puede no saber de economía, pero como mínimo debería saber de responsabilidad y de moral. Por eso es que para los pelos el hecho de que el Presidente y su Gabinete ovacionen y tomen en serio las prédicas de este príncipe de la Iglesia. Rodríguez es interesante porque es consistente en aquella ignorancia de la economía. Hace poco, en una universidad local, también fue aplaudido cuando lanzó anatemas contra la globalización y entre otras cosas dijo que “podríamos decir que tan sólo los ricos están globalizados: la tecnología los protege al tiempo que los distancia de los pobres, que se mantienen sometidos y trabajando para ellos.” Talvez el Cardenal preferiría que los pobres no tuvieran trabajo y vivieran de la caridad. Dijo el purpurado que “Es necesario hacer frente a las consecuencias de haber convertido el mundo en un enorme mercado y por esto hay que construir un nuevo mundo; un mundo donde haya lugar para todos los mundos”; seguramente ignorando que el mundo siempre ha sido un mercado. Y uno se pregunta: ¿Qué clase de mundo quiere Rodríguez? ¿Cómo sería un mundo en el que la gente no puede comprar, vender e intercambiar libremente el producto de su trabajo, o de su creatividad? Talvez Rodríguez sueña con ser Papa y desde el Vaticano decidir quién compra, quién vende, dónde y a cuánto. Un mundo sin mercado da miedo, porque ya lo hemos visto; y como leí en no se donde: “el strip mall más miserable, es más hermoso que el campo de trabajos forzados más eficiente”. Cree, este príncipe de la Iglesia, que “es necesario para el sistema que siga habiendo pobres en determinados lugares del mundo, y es necesario procurar que no se muevan de lugar para que sigan produciendo miseria barata para los ricos”, sin duda porque desconoce que es gracias al capitalismo que hasta los más pobres tienen teléfono móvil (igual al suyo). Seguramente porque ignora que mientras más prósperas son las masas, más consumen y más ahorran, y más riqueza generan. Hace años, Alberto G. Salceda escribió que “si por democracia ha de entenderse una forma de organización del Estado; si por doctrina social se entiende un programa de distribución de la riqueza que haya de realizarse por medio de una legislación provista de coacción material; y si por otra parte, haya de darse el calificativo de cristiano a algo que deriva de las enseñanzas de Jesucristo, entonces no puede correctamente hablarse de una doctrina social cristiana;” a pesar de activistas e ideólogos como Rodríguez. Para los pelos, pues, que la dirigencia y algunas elites guatemaltecas ovacionen las consignas de Rodríguez; y valdría la pena que estos grupos lean El código Da Vinci para entender un poco lo que pasa cuando el alto clero político se adueña del poder. Bienvenida amiga: La vicepresidenta de Taiwán, Annette H.L. Lu, se encuentra de visita en Guatemala y es recibida con cariño y respeto. Como una verdadera amiga de los chapines, supongo que a la señora Lu no se le ocurriría llamarnos estúpidos como lo hiciera Jacques Chirac. Sede |