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040515

Carpe Diem

El otro holocausto
Luis Figueroa

En un
Blog que frecuento leí que el autor tiene su apartamento lleno de carteles de propaganda soviética; y como algunos de sus lectores han elogiado sus gustos, se pregunta: ¿por qué es cool tener un apartamento decorado así, y no lo sería si estuviera decorado con propaganda nazi? ¿Por qué es cool usar playeras de El Ché? ¿Qué pasaría si la gente llevara playeras de Hitler?

Desde el punto de vista moral (o inmoral, más bien) no existe diferencia alguna entre el nazismo y el comunismo.  A la larga, como escribió Hannah Arendt “a lo que aspiran las ideologías totalitarias no es a transformar el mundo exterior o a transmutar revolucionariamente la sociedad, sino a transformar la propia naturaleza humana”.

Alan Charles Kors
explicó: “ Nuestros artistas están obsesionados con el menor, pero siempre inmedible, Holocausto, en una actitud que ha durado varios años,  y cuando vemos películas como Noche y niebla, La lista de Schindler y muchas otras, lloramos, nos lamentamos y rededicamos las partes humanas de nuestras almas. En cuanto al holocausto comunista, que duró décadas -constituyendo el mayor osario de la historia humana- no tiene lugar en este tipo de arte. El único conmovedor y modesto film, Un día en la vida de Ivan Denisovich, basado en la novela de Solzhenitsyn, casi nunca lo repiten y no está a la venta.

El holocausto comunista debería haberse convertido en un renacimiento del arte occidental como un testimonio apasionado. Debería haber provocado mares de lágrimas. Pero no hay en torno a él más que la frialdad de un témpano de hielo.

Jóvenes que en los sesenta tenían retratos de Mao o de El Ché en sus dormitorios universitarios, equivalentes a los de Hitler, Goebbels u Horst Wessel, ahora les enseñan a nuestros hijos la superioridad moral de su generación. Todo texto histórico se demora largo tiempo sobre los crímenes del nazismo, busca las raíces de sus causas y anuncia una lección que debe ser aprendida. Todos conocen el número seis millones”. Pero en solo tres años, en la China de Mao, murieron entre 30 y 40 millones de personas.  Y millones y millones más murieron en la Unión Soviética, en Africa, en el sureste de Asia.

Entonces, ¿por qué a muchos les fascina el régimen chino del continente?  ¿Porque creen que lo que ocurre en Hong Kong, en Shangai y en otras ciudades costeras es lo mismo que ocurre en las entrañas chinas?  ¿Porque creen que la invasión al Tibet es una película de Brad Pitt? ¿Porque la construcción de Las tres gargantas ha hecho subir hasta el cielo el precio del acero?

Yo más bien diría que es por el doble estándar y la falta de principios que dominan en la
realpolitik, entre la intelligentsia y en la cultura popular.

Vea, por ejemplo, el doble estándar y la falta de principios que se manifiesta en el hecho de que al pueblo de Taiwán se le impida ser miembro de la Organización Mundial de la Salud, en tanto que se privilegia el régimen de la China Popular.   A Taiwán se le niega información;  y, por ejemplo, se le mantiene al margen de las acciones coordinadas por medio de la OMS en casos como el del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SRAS).

¿Por qué ocurre eso? Porque la China Popular tiene la fuerza suficiente para imponerse en el concierto de las naciones; en tanto que Taiwán se comporta como una nación civilizada.  23 millones de taiwaneses son ignorados por la comunidad internacional porque el régimen continental la apantalla con sus fachadas en el Este; pero ¿qué niveles de miseria y de opresión hay en las entrañas de la China Popular?  Ese, sin duda, es un secreto inconfesable.

Donde los principios tuvieran prioridad sobre los intereses, una república democrática y civilizada sería superior a un régimen de apariencias.  23 millones de personas no estarían incapacitadas hasta de compartir sus éxitos económicos, científicos, culturales y empresariales.

Es la misma historia;  como escribió Kors: “Los intelectuales de Occidente parecen comprometidos con una posición adversa a la cultura de mercados libres y derechos individuales, en la cual se ha logrado la más grande disminución del  sufrimiento, la mayor liberación de la miseria, la ignorancia y la superstición, y el mayor incremento de la generosidad y las oportunidades en la historia del género humano. 

Esta patología les permite a los intelectuales de Occidente ignorar el Everest de cadáveres de las víctimas del comunismo sin derramar una lágrima, sin ningún escrúpulo, sin remordimiento, sin un acto de contrición o una revaluación de su ser, alma y mente”.

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