Ese texto forma parte del libro
Luis Cardoza y Aragón: ciudadano de la vía láctea. el cual
ROBERTO DÍAZ CASTILLO fue escrito gracias a la investigación
patrocinada por la Dirección General de Investigación
de la Universidad de San Carlos de Guatemala, se publica como una
gentileza del autor en el més del anivesairo de Cardoza y
Aragón.
1
Te escucho:
"Gritamos al nacer porque
hemos visto a la muerte. Mi vida intrauterina recuerdo como la de
un pez abisal en aurora inadvertible. Los nueve meses fueron un
más de nueve mil años de ventura. Aún me duele el corte del
cordón, y aún no ha cicatrizado mi ombligo. La vida es
anomalía de la muerte. De la iniquidad escandalosa de la
muerte".
2
21 de junio de 1901. Luz auroral al pie del Volcán de Agua en
Antigua, antaño Santiago de los Caballeros de Guatemala. Ha
nacido Luis Felipe, hijo de Gregorio Cardoza y Gertrudis
Aragón.*
Naces y creces inventando. Imaginando. Al escribir EI río, tu
autobiografía sin que te lo propongas, empiezas a inventar.
Saber narrar tu probable realidad -previenes- es más arduo que
narrar lo imaginado.. hay que inventar mucho más. Ya has
decidido que tu vida sea un invento. Tu sueño testarudo.
De tu niñez no recuerdas sino imágenes y emociones. ¿Cómo
suponer un hombre sin infancia -te preguntas-, un hombre con tal
mutilación?
El río, Guatema1a las líneas de su mano, Dibujos de ciego, tus
testimonios infantiles; cuando ella frente a ti pasaba, no eras
sino un par de ojos sobre una banca. Piensas en tu amigo asolado
por grave enfermedad, después de la cual te saca dos jemes de
altura y te abandona no para bromear con las niñas sino con las
muchachas. E1 amigo te ignora al acercarte a él cuando ya
ensayaba, a escondidas, los primeros cigarrillos. Fue una de tus
severas decepciones. No venía más a tu casa y no ibas a la
suya. ¿Quién, de niño no padeció frustración semejante? Te
atraen y repugnan la palabrotas y las fanfarronerías de los
mayores. Hay siempre un compañero al que se pretende emular.
A veces, a quien te golpea y, luego, te pone la mano en el
hombro, te habla del amor y del acto. ¿Es tu amigo?
Viva la evocación de tu abuelita Disputas a tus preciosas primas
la confitura, embadurnadas ellas y tú de frambuesas. La más
pequeña grita en la estancia mortuoria. Te conmueve haber
sepultado a la abuelita en el tarro de confitura. Cínicamente te
preguntas: ¿La recordarla sin las frambuesas?
No olvidas el ojo de Secundino, albañil de tu casa, sin duda
porque te miró sin verte tras la reyerta en que perdió la vida.
Compartías con él sus manjares al volver de San Felipe y te
deleitabas con sus historias de aparecidos. Otra vez en tu
memoria la obsesiva imagen de tus lindas primas. Piensas también
en Elena. empleada doméstica de tus padres. Dices:
sentimentalmente incorporada a la familia, como el piano.
Pertenecía a la casa y la casa le pertenecía. Otras empleadas,
adolescentes y pasajeras, agravaron tus desvelos (Una noche de
añoranzas, me contaste que María, cocinera de Amalita y Enrique
Muñoz Meany, fue antes la de ustedes -de Lya y de ti- en los
albores de nuestra primavera revolucionaria. La conocí cuando
año tras año volvíamos del cementerio Antonio Mobil, Miel
Déleon y José Luis Balcarcel para almorzar con Amalita en
conmemoración de su esposo, maestro nuestro. María charlaba con
nosotros y se expresaba amorosamente de "doña Lya y don
Luis". La traté durante mis constantes visitas a la
biblioteca del "modernista tardío", como llamara
César Brañas a Muñoz Meany.
No olvidas el caballo que montabas en el colegio paramilitar, al
que dabas de comer azucar ¿Tu hermano pequeño acaso? Lamentas
no haberlo visto al fin de sus días jubilado en los potreros. Me
evado de tus libros y vuelvo a nuestras pláticas, a tus gestos y
picardías, a las remembranzas de tu infancia, de tu vida entera.
Gocé escuchándote. Yo inquiría. Te orillaba a responder. Tus
ojos de ave nocturna decíanme que no insistiera. Sobre todo
esto, preferías escribir. "Piqui: ¿más alcohol?". Al
galope, se nos iba la noche sin agenda. Antigua, París, La
Habana, México, Bogotá, Santiago de Clúle, la Guatemala
actual. De nuevo, tu niñez.
¿Tu primer amor? Ya eran muchos (al despedirte en Nueva York
-ibas rumbo a París- tu madre te aconsejó tenerlos). Lolita.
hija de la empleada, compañera de juegos de tus hermanas. Celoso
cuando por ella te llamaban cuñado. La muchacha luminosa y
florida que te acompañaba a los paseos por las fuentes. Deseabas
tener más años. La niña menor que tú a quien besaste
furtivamente en las "tembloreras" protectoras de
terremotos. Morena y pálida -la describes--, largas trenzas y
ojos verdes de pájaro.
Ígneo tú, en llamas desde entonces, rumiabas inocentes
enamoramientos.
Como a todos ocurre, guarda tu fiel memoria remota los
daguerrotipos del colegial que fuiste. Del primo pendenciero con
quien te liabas hasta sangrar, del compañero interno que lela en
voz alta el "Nocturno" de José Asunción Silva, de las
vacaciones anuales junto al río, de la Semana Santa, de las
serenatas, de las ferias con fonógrafos de grandes embudos de
colores. Eras prisionero no sólo del colegio sino de la capital
provinciana. Meticulosa observación tuya: a no sé qué calle se
la llamaba "la calle del piano" por la extravagancia de
poseer uno que se oía en forma de valses. n seguida, el asociado
comentario: tu maestro de piano fue abuelo de Mario Silva Jonama,
a quien considerabas el comunista más inteligente de la segunda
fundación del partido. Murió asesinado con otros camaradas
suyos.
Deseabas fugarte, sin saber de dónde ni por qué. Explicas:
mosca contra el vidrio.
La imagen de tu caballo se mézcla con las inlágenes de Heine,
Bécquer, Ouevedo, Darío: "Rubén Darío, con sus dotes sin
precedentes desde Garcilazo, atraia el fervor de los mejores y
los denuestos de la crítica des orientada por la presencia del
genio." Hallazgos primeros en primeras lecturas. Leyendo y
releyendo avanzabas hacia la gestación de tus propios poemas.
Llegarían con luces de adolescencia, ". . .con el zarpazo
de la nueva luz vehemente y turbio de la pubertad. . ."
3
Cardoza tuvo en mente a su padre, abogado de nota preso en la
cárcel de Antigua, mientras escribió que dos o tres pasiones
circulaban en su sangre y que cuando menos lo esperaba
reaparecían. En Guatemala la líneas de su mano toca tal punto
de la historia de su formación. Visitarlo a él en el presidio
es algo que no olvidará. Y a varios ciudadanos de renombre -otro
abogado, un médico, un ingeniero-, enemigos de Manuel Estrada
Cabrera, veintidós años en el poder. Los ve con uniformes
azules, astrosos y raídos, sentados en las bancas a cada lado de
la entrada, un centinela a la puerta, entre una fetidez de
creolina, meados y mugre.
Luis: a propósito de que a tu hermano Lisandro -hermano de padre
-, por ser adolescente le vedaban la entrada a la prisión, te
conté que él, Lisandro Cardoza Castillo, era primo de mi madre.
De ahí que yo le dijera tío Chando. Conversando acerca de esta
circunstaucia y de ese hermano mayor que tinto cuidaba dc ti. Tu
inadrc y él buscaron el cadaver de tu padre entre los despojos
de los presos políticos asesinados por sorteo. El sorteo 10
salvó. Hallaron, sí, los cuerpos de tres varones antigúeños:
Ramón Aceña, Sarvetio Solórzano y Ramón Palencia. Acabo de
ver, en calle aledaña al templo de San Francisco, un pequeño
escaparate empotrado en el muro con la desteñida estampa del
Cristo negro de Esquipulas, y una oxidada placa metálica que
recuerda a don Pedro Cofiño, otra de las víctimas. Carlos
Navarrete, a quien tanto quisiste y adit-ilraste, lamento.
conmigo semejante incuria.
A don Pedro Cofiño, alto y espigado, debieron fracturarle y
doblarle las piernas para que cupiera en el ataúd. Hablando de
estas historias en tu estudio de Coyoacán, hicimos remembranzas
del tío José León Castillo, hermano dc Cliando, asesinado por
el presidente Ubico. Los Paz y Paz -Luis Alberto y Enrique- y los
tíos Felix y Pompilio, hermanos de Chando, escaparon del país
perseguidos por el autócrata. Lampocoy y Taguayní, libro de
Luis Alberto, testimonio de su fuga. A José León, capturado al
bajar del tren, luego de asesinarlo. los verdugos le pasaron un
carro encima y le entregaron el cajón mortuorio a la tía Honoria,
su mujer, con prohibición de abrirlo. Noche de acerba plática,
distinta de las incontables que gozamos.
Mencionas en tus textos al tío Chando, a quien tu madre, tus
hermanos y tú quisieron profundamente. Dices. recuerdos de la
niñez, mezclados a la realidad y a lo que te contaron tus
padres, tu hermano Lisandro.
Del tío Chando te referí cuanto tengo memoria de él. Como
José León, primo protector de mi madre. Alto, muy alto, flaco y
desgarbado. Usaba gruesos lentes y su tez seca se arrugaba con el
tiempo. Vivía en una casona de madera frente a La Ermita,
concurrida estación de ferrocarril. Así, le era fácil ir y
venir en sus ajetreos de terrateniente. En alguna medida, su
finca La Cajeta, de ciento ochenta caballerías, resultó
afectada por la reforma agraria del presidente Arbenz. De
conformidad con la ley, se le indemnizó. Su casa de Cabañas,
punto de reunión de la familia en grande. La tía Lita, hermana
suya,- nos recibía con tamales propios de la región. Enorme el
de él Tan grande como sus zapatos. Gustaba tenderse en la hamaca
que cruzaba el corredor, oasis en clima abrasante.
Tras mi primera visita a tu casa de Coyoacán, te comenté que
hablamos con el tío Chando de nuestro encuentro mexicano. -Ah,
Luis y sus ideas, su única exclamación. Ni en su sonrisa ni en
un gesto percibí rastro de reproche. Como Sócrates, cerró los
ojos, volvió la mirada al pasado y se durmió.
4
Afirmas que tus sucedidos te guían oscuramente en tanto no son
alumbrados por la imaginación. De ahí la lumbre de tus
recuerdos, vividos e imaginados, "ascuas ajenas a la
frivolidad". Agregas que a esos recuerdos les has torcido el
cuello, y ya domeñados, sueles acogerlos. Sorprendido, los ves
avanzar. Emerge entonces la imaginación y deseas que tu respirar
y el del lector sean paralelos. Aseguras que escribes por
conminatorio mandamiento de tu alma. Memoria y creación.
Creación y memoria inagotables. Recorres la Vía Láctea.
En la antigúeña biblioteca de tu padre, tus primeras lecturas.
No soportaste El Quijote. José Milla te pareció cordial y
acomodaticio, "...además de talento, tenía almorranas de
vivir sentado tomando chocolate". Vinieron pronto tus
visitas a la librería Montealegre (en mis mocedades hubo una de
igual nombre frente al Instituto Nacional Central de Varones, sin
duda heredera de aquélla) y lamentas sus escaseces. Tu
drogadicción por los libros -refieres- había nacido:
Baudelaire, Gorki, Verlaine, Poe, Samain, Carducci en la
sastrería Funes. Conocí esa sastrería. Miscelçanea de trajes
de fantasía, sombreros de copa, corbatas de etiqueta, libros
nuevos y usados, al costado de ese instituto que también fue
tuyo. Algún descendiente de su fundador o quizás él mismo,
anciano ya, se ocupaba de ella. Las ediciones de Mundo Latino y
Garnier Hermanos nos revelaron a Darío y Gómez Carrillo. Carlos
Navarrete adquirió allí un numero de Cosmópolis, revista
rdirigida por el cronista errante, para obsequiársela al maestro
nicaraguense Edelberto Torres Espinoza, quien escribía su
notable biografía.
Flavio Herrera y César Brañas te prestaban libros. El primero
te dió clases. Frecuentabas al segundo. No logras precisar si
uno u otro te permitió leer Sonetos espirituales. Franceses y
españoles en tus desvelos. Pocos latinoamericanos. Leías con
avidez y desorden.