Últimas palabras
Otto René Castillo,
Ediciones La Ermita.
Tomado de el libro "El Sabor de la Sal"
A ti, que preguntarás
después
a todos por mis pasos.
I
A nadie
como a ti
quise alzar
en mis canciones,
rodear con toda
mi ternura,
inclinarme
sobre su alma
para ver pasar
todos los ríos
y todos los vientos
de su vida.
Y nadie
como tú
se fracasó en mis manos,
se derrotó tan hondo,
tan sólo porque alguien
dijera, alguien que nunca salió
en definitivo de la niebla,
que yo ero de todos los hombres
del planeta,
el más vil
y el menos conveniente para ti.
II
Fuerzas le faltaron
a tus labios,
para perpetuarse
conmigo,
en el tiempo
que no ha llegado
todavía,
y sobre cuya cruz
has de llorar
mañana,
cuando ya todo retorno
hacia mi loca forma
de quererte,
sea luctuoso naufragio
en las olas ya nunca
de tu pecho.
III
Son las seis de la
tarde
del último día
del agosto más amargo
de mi vida,
y escribo, sin ernbargo,
estas gaviotas heridas
para decirte adiós.
Me rodea la soledad
con todas sus espadas.
Pero no importa,
aún me queda
un poco de luna
un oceáno ciego
de la noche
que comienza,
ahora que falta
en total
tu andar de madrugada.
También
ha de saberse
que el alto velamen
de mi rostro,
siempre dirigido,
a tu regazo de costa,
se quiebra igual,
en viento
y en ceniza
IV
Me voy,
ya no soy más
el áspero monólogo
que se repite en esperanza.
Ahora soy el abandonado, la hoja
que cae del árbol
toda llena de otoño,
y que abrá de sentir
durante algún tiempo todavía
la bondadosa precencia
del árbol.
Me voy,
ya no me busques,
ahora me he marchado.
En mí, como en el
ancla,
todo,
se acostumbra de verdad
a la suave y dulce
huella
de la tierra marina,
pero no se puede quedar
sin más alla del fondo
del mar,
la ausencia es un suceso
claro.
En mí, como en el
ancla,
despierta, entonces también
la lejanía,
y ya sólo queda el adiós
como el último gesto
de ternura
para ti.
Adiós, amor,
ya no me busques,
ahora me he marchado.