Ciudad Natal

A Cesar Brañas

GUATEMALA LA ANTIGUA
Abre una puerta al rechinar de un grillo
hacia el cielo de cuentos infantiles.

Yo me alejé de ti como se alejan
inmoviles los árboles del río,
agitando en la orilla su pañuelo,
pasajeros y adioses a un tiempo.

Desembocado, ahondan los caminos
tu caudal, navegable Soledad.
No existe el tiempo, estar. ¡Ya todo es!

Dias de otro mundo. Cielo sin sueño: nunca parpadea.
Noches como bostezos pavonados,
céntricas a todas horas,
indelebles, infinitas y maduras.

Tu, con tu imprecisión, en un trapecio
colgando de un día y de una noche
altísimos profundos y si dueño,
merecíendote muyamplia y lentamente,
rumiando tus monólogos de humo.
Porque ya no eres sino el eco
de tu sombra sin cuerpo,
eco de luz, sombra de voz, remotos.

Se está más solo que en ninguna parte,
hasta sin si, solo, sin soledad
ni profecía, ausente, por nacer,
sin cósmico fervor de nevulosa.

¿Cuándo subirás a la superficie
de la tierra, del cielo, del mar,
desde ese rumbo en donde vas, nocturna,
a ver el sol de limbos inocentes?
¿Esperándote está, y ovidado,
de pie, dormido como un faro,
en no sé qué peninsula de sombra?

Ya no te acuerdas, ya no sabe
si la cita de fué ayer o si es mañana,
tu duda diariamente renovada
en tu alterna memoria: sí y no,
al fin ya resbalada en un Tal vez
pálido, transparente y maleable.
Silencioso listo, estirado, de lago,
de frace interrumpida,
tan diáfano que todo está ms cerca.

Distancia paralela a la mirada:
rágas de infinito alicortadas
volean los paraguas.

Alto cenit que llega al otro lado
gritando: "¡Sí!" con íes para rrayos.
Nadir, vórtice de rumbos nocturnos,
magnavoz de tumba gritando: "¡No!"

Tú, en medio, como una margarita
de nuncas, en el aire de tu ensalmo.
A veces, parpadeas: días, noches...
Te olvidas.

De improviso, cinco, veinte
días juntos,desmoronándose;
trece, cuatro noches telescopiadas
con peregrina violencia oscura.

Un sueño de medusas y cristales
de parte a parte espejos atraviesan:
se ve de qué están hechos los cantos de las aves,
los del agua, diafanamente ocultos.

Por aullidos de perro desgarrada,
Soledad transparente, enmohecida
y amarga del hastío de ti misma
musgos mendiga tu piedad cansada,
ecos del canto donde fue metida
mi niñez, subterránea en tus manos,
torturada en la cima del ansia.

Eras la única ciudad del caos:
se estaban terninando tus palacios

cuando por tierra se construían bóvedas
y columnas que el viento interrumpia.

Yo sé que en tus iglesias fermentadas
de sombra se ahogan las ventanas;
que dentro de un salto estás construida
con derrumbos de rumbos y campanas nubladas.

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