
1. EL VALLE DE PANCHOY
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En julio de 1773 viví una puesta de sol en lo alto de lo que de
niñas llamábamos el cerro de la tía Emilia junto al Puente del
Matasano, en donde el río Pensativo entra avergonzado a Santiago
de los Caballeros de Guatemala. La colina no es elevada, pero por
su sitio al oriente permite contemplar el cielo del ocaso, con
los gigantescos volcanes de Fuego y de Acatenango. En su
declinación, el sol ensangrienta un inmenso espacio del
horizonte, paulatinamente modulando su tono naranja con destellos
amarillos y azul pálido que, inseguros cobran verdes en la
agonía del oro vespertino. La noche, de puntillas, va
apoderándose del ámbito que, luego de ser morado y violeta, se
difumina en grises, cada vez más ensombrecidos en torno a la
majestad de los volcanes; la luna, vacilante, comienza a brillar.
De pronto, la noche se instala escamoteando los volcanes y el
cielo se tachona de estrellas.
Desciendo del cerro de la tía Emilia, voy por las calles de
setenta mil almas católicas que con harta frecuencia celebran
fiestas religiosas y civiles. El último corpus fue muy solemne y
animado. En las grandes iglesias y conventos de San Francisco,
Santo Domingo y la Merced la actividad es sin tregua. A sus
altares, laboriosamente tallados, los recorre el estremecimiento
del barroco guatemalteco. Sus imagineros pueblan las iglesias del
Virreinato de la Nueva España. Cúpulas y naves se alzan muy por
encima de los techos de teja roja de las mansiones. Las carrozas
se bambolean sobre el empedrado. Algunas recuas de mulillas traen
cal viva en zurrones que al vaciarlos se desmorona crepitando y
exhibiendo las ígneas entrañas humeantes. ¿Por qué hasta
ahora reparo en que son muchos los indios que venden cenzontíes,
guardabarrancos y otros pajaritos canoros? Más conventos y
templos descuellan con cien campanas que cantan alegrías de
nupcias o pesares de muerte.
Es una ciudad recoleta, joya en la cual la voluntad española se
manifiesta plenamente. Sus avenidas, alamedas y la plaza de
armas> me doy cuenta, son más quietas que las de México,
sede de virreyes con toda su parafernaha.
Algún día, ¿fue un lunes de la Semana de la Pasión, cuando
después de la misa fui invitado por un monje a conocer el
estanque del convento de Santo Domingo? Olvidé las amenazas del
sermón, quizá por consabidas, y alegre subí al barquito con
él, que lanzaba el anzuelo y no tardó en pescar dos mojarras o
lo que fueren, y las envió a las cocinas. Todo el mundo sabía
de la existencia del estanque pero no eran muchos quienes lo
habían visitado y sin duda se exageraba sobre su dimensión, que
las consejas al respecto habían transformado en laguna. La
iglesia y el convento, como la iglesia y el convento de San
Francisco y de la Merced, se extendían en más de una manzana.
Algo vi del interior, un patio de arcadas con innumerables
macetas floridas. Después de visitar la catedral entro en la
celebrada chocolatería en donde se encuentran primores de las
monjas clarisas, a tornar chocolate batido en mi presencia y a
beberlo acompañándolo con panecillos y dulces del convento.
Enfrente, el mercado en día de plaza está lleno de tanta
animación, de tanto color y de tanto bullicio, que Tamerlán no
sentiría añoranza por Samarcanda. El secreto de la pintoresca
animación y de la opulencia en vituallas y flores y frutos se me
revela al recordar los pueblos indios que circundan la
metrópoli.
De otra mesa viene a saludarme un caballero rubio de tenaces ojos
azules que en seguida de la caravana se presenta: soy Vermeer.
Aunque su exótico nombre nada me recuerda, lo invito a sentarse
a mi mesa. De la difícil charla lenta en español dejado en
Flandes por el duque de Alba no se borraron de mi memoria estas
palabras suyas: "Vine a conocer la luz."
En verdad, yo había visto algunos objetos, frutas, hasta
paisajes, porque fueron pintados. Los pintores pintan lo que
desean que veamos. Nos hacen ver cosas que se vuelven subjetivas,
abstractas, y cosas indecibles que por ellos adquieren contornos.
Cuando el señor Vermeer me dijo lo que me dijo, tomé conciencia
de en dónde vivía. Nadie habla pintado, no había visto, la luz
de Santiago de los Caballeros. La vi por las palabras de aquel
señor que nunca supe quién era. Se me adentró tan hondamente
esa luz, ahora ya conocida, me embebió tanto que, ya un poco
apagada, en mis ojos luce todavía.
Sólo Dios o el diablo pudo conseguir que los capataces con un
centenar de indios y poleas subieran a la torre de San Francisco
la gran campana que de enormes vigas pende con cadenas y piales.
Es clara y canora como corresponde a su corpulencia, a la fina
alianza de sus metales. Su tañido, cuando el viento lo lleva, se
escucha en Santa María de Jesús, en San Juan del Obispo, en San
Pedro las Huertas y aun, me dicen, aunque me cuesta creerlo, en
Ciudad Vieja, fundada como capital por Pedro de Alvarado en 1527.
En ella su viuda, doña Beatriz de la Cueva, la Sin Ventura, con
sus doncellas, pereció ahogada al amanecer del día 10 de
septiembre de 1541. Torrenteras y terremotos abatieron la
naciente ciudad, luego trasladada al Valle de Panchoy, ayer
Santiago de los Caballeros de Goathemala, hoy Antigua.
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Estoy harto de las memorias o lo que sean en las cuales la
falsedad trasciende de tal modo que hay que taparse las narices.
Cuando asoman los dulces hogares con Ja bella madre siempre
sonriendo, devota y abnegada, y el padre apuesto, de gran
energía, cultura y talento, ¿cómo no tirar el libro?
Nuestra familia ha de ser un dechado, en una casa preciosa con
jazmines y limoneros; unos hermanos y hermanas encantadores, con
algunos dones admirables. Los muebles mismos indican el fraude
piadoso o despiadado de tan embustero. En esta crónica de
fluencia asistemática recuerdo que mi casa fue igual a las otras
y mi infancia en Antigua, Guatemala, fue igual a la de otros
antigieños. Y fueron excepcionales en su patología, en su
sensibilidad y en su impugnación los niños suicidas
juramentados.
Subíamos al Volcán de Agua que nace en el patio de mi casa, a
dormir en el fondo del cráter. En mi cielo de niño ¡cuánta
estrella! ¿Sólo yo veía tantas? Hacíamos hogueras contra el
gran frío que congelaba el agua. Maravillaba contemplar el
amanecer desde el borde sur, a quince mil pies de altura.
Mediría algo más de un metro treinta cuando en el peñón más
elevado sentí que encumbraba la aurora como una cometa. El mar
se iba a pique en el cielo. Distinguí las murallas de China, los
minaretes de Babilonia. las hogueras aún crepitan cuando
comienza a encandecerse el oriente. Los pajonales vidriosos de
escarcha se olvidan de sí. Quieta la atmósfera, quieta,
abstraída, lela. Sonríen el valle y las mansas colinas. Se
rebalsa el dulce sol que se vuelve iracundo al mediodía, que se
vuelve ensordecedor> y cuando cerramos los ojos ruge bajo los
párpados. El cielo es más que azul. Es azul.
¿Cómo no sería el medio provinciano y el familiar ignorantes
con el autócrata Estrada Cabrera? Aun la correspondencia del
exterior estuvo bajo censura. Mi familia viajó por primera vez
en 1921; vivió años en Estados Unidos y en Europa.
¿ Por qué ver los días infantiles con propensión a
autoembancarnos? Vivía con el terror oscuro de estar al borde de
un abismo, con no sé qué sentimiento de acoso y no me acuerdo
haber sido feliz; me acuerdo haber sido prematuramente agobiado
por la nación, la provincia, la familia, el aire. Pero cada
mañana mis ojos al abrine creaban la luz del mundo.
No pensaba aun en Europa; el viaje seria a México para estudiar
lo que se me antojase. Cambiaron las circunstancias cuando mi
padre fue nombrado cónsul en San Francisco, California, al ser
destituido el autócrata Estrada Cabrera, a quien la Asamblea
Nacional declaró loco y murió cautivo en 1924. "El señor
Presidente" combatió una semana con fiereza pero el
levantamiento nacional lo obligó a rendirse. Un cuartelazo
acabó con el nuevo gobierno, y mi padre. que no quiso volver,
viajó a Europa con la familia. Yo estudiaba en París, los
precios del café andaban altos, las cosas son sencillas.
Mi madre me habló de sus abuelos Aragón; no me acuerdo que haya
dicho algo de los maternos Alfaro. De España vinieron a fines
del xvii o principios del xviii, seguramente pobres y
semianalfabetos. Al padre de mi madre no estoy seguro de haberlo
visto.
Se confunde mi memoria, a veces lo recuerdo; otras, barrunto, lo
invento de relatos maternales y de fotografías.
¿En dónde está la realidad? No la supongo muy distinta de como
la sospecho.
Don Cayetano Aragón, mi abuelo, fue hombre corpulento, muy
criollo, barbilla blanca y estrictos ojos verdes, apuesto como un
Neptuno joven; mi abuela, Carmen Alfaro, la recuerdo mejor, ¿la
he olvidado menos?, o tal vez invento que la vi en vida. La
presumo de mediana estatura, delgadita, morena y rígida tenaza
con enaguas que barrían el piso y un chal negro sobre los
hombros. De mis abuelos paternos no sé decir algo apane de muy
indecisos recuerdos de conversaciones con mi padre. Los imagino
rurales y candorosos, cubiertos de polvo de los caminos. Manuel
Cardoza fue mi abuelo y Maroelina Orrego mi abuela.
Mi padre fue el hijo menor de una familia numerosa. Conocí
vagamente primos hermanos del lado paterno, gente modesta. Tengo
idea muy insegura de que mi padre hizo los estudios primarios
becado por Justo Rufino Barrios, cuando en una visita a algún
pueblo de la Baja Verapaz, al dictador liberal esclavizador de
indígenas y ladrón de sus tierras, llamó su atención un niño
muy pobre. Mi madre y sus hermanas, antes de establecerse en
Antigua con los padres, vivieron parte de la infancia en Santiago
Sacatepéquez, pueblo alto y frio, de milpas y encinares.
El tronco familiar de mi padre es más antiguamente guatemalteco,
más mestizo asimismo. Cardoza (Cardoso es más general) abunda
en países de habla portuguesa. Se me dice que es judío. Estas
filiaciones son tan imprecisas que no sabría afirmar nada. Los
apellidos más corrientes, Pérez, Hernández, Reyes son judíos.
Mi madre tuvo dos hermanos que murieron muy jóvenes y ocho
hermanas. Algunas hermosas. Clase media. Mi padre leyó toda su
vida letras y obras de divulgación científica. No fue creyente;
tal vez el orden y el progreso de los positivistas lo atrajo,
luego el socialismo. Mi madre, señora de su casa, nunca asistió
a oficios religiosos ni a prácticas religiosas. Encendía una
vela, a veces rezaba y para encontrar las llaves extraviadas
ponía de cabeza a San Antonio. Las hermanas hicieron la primera
comunión; los hombres no la hicimos. Mi hermano Rafael, absorto
en la idea de lo sagrado. es ferviente católico, se confiesa y
lo demás, con miras a inventarse "pecados". Él ama a
Dios; más humilde, amo a la mujer, Su criatura.
¡Oh, Creyente, nunca he querido estar en tu floresta encantada,
en tu mágico paludismo, en tu sollozo indescifrable. He querido
estar en otras florestas de portentos, he sudado distintas
fiebres sin quejarme, en vano buscándote y buscándome. Te
envidio, Rafael, hermano mio!
En verdad, no tengo árbol genealógico. Mi árbol genealógico
es un bosque en donde mi voz es la voz de sus frondas.
3
Mis antepasados son pueblo de Guatemala y sus huesos andan,
másque reposan. en quién sabe qué humildes cementerios de las
Verapaces y Antigua. Sus huesos los rompió el Apóstol Santiago
que correilgionarios de Diaz del Castillo vieron matando indios y
el prodigioso cronista por pecador no pudo verlo; y pronto el
santo se transformaría en Señor de Esquipulas. en Virgen de
Guadalupe, oculta la espada bajo el manto azul. Los abuelos de mi
madre de jaron las alpargatas en algún pueblecillo castellano. A
mis tatara buelos paternos los veo a pie, con cargas sobre la
espalda por caminos polvorientos, entre Salamá y San Cristóbal,
por las serra rilas del Chol y Rabinal doradas de naranjas.
Según una plática con Miguel León-Portilla, si tomé, bien los
da tos, Bernal Díaz del Castillo murió en Antigua, a los 89
años, el 3 de febrero de 1584. El historiador me dio detalles,
entre ellos el número del legajo en el Archivo de Indias donde
se descubrió la fecha, el nombre del investigador y otros
pormenores que he olvi dado. Hay comprobación de que ya radicaba
en Antigua tan temprano como 1552. ¿Cómo encontraría Ja nueva
capital después de la destrucción de Ciudad Vieja, su anterior
asiento, en 1541? En mi parecer, llegó recién fundada, cuando
no era sino unas cuantas casitas, |||||AQUÍ!!!|||||| y si bien vivió m s de treinta
y dos años, la dejó en sus pri meros pasos. Conjeturo que no es
muy creíble la atribución de la casa en que vivió, sin
descartar los terremotos posteriores. En el informe de su muerte
se asienta que fue sepultado en la catedral de Antigua. En ella,
según el informe, también yace Pedro de Alvarado que nunca vió
Antigua. La tumba del cronista y la del conquistador están
perdidas. Guatemala la Antigua saliendo del cascarón me hace
pensar en la extrañeza que me causó Managua. La conocí en el
quinto aniversario de la revolución sandinista. Abracé entonces
a su plana mayor. Una ciudad invisible, inundada de varios verdes
hasta unos tan oscuros que son casi negros danzantes con aliento
de horno destapado. Me sentí como en la naciente ciudad en donde
Bernal Diaz del Castillo, tatarabuelo de Roberto, escribía uno
de los libros más sorprendentes de nuestra lengua. Bernal vivió
más años en Antigua que los por mí vividos. Este castellano
antigüeño nacido en Medina del Campo a quien expropio, rehén
de Reconquista, es el máximo escritor guatemalteco. Más que
esas sangres insondables sobre las que navego y nada puedo
conjeturar, me modelaron las vivencias, los libros, las mujeres,
los viajes, las sonatas y las sinfonías y me sacudieron óleoso
tablas y frescos o mosaicos, y sentí que mi barro era el mismo
barro del brujo en el mercado con sus hierbas, cocido con la
estación en el infierno, pulido por los esmeriles de seda y
acero de Mozart o Chopin, de Rembrandt o Vermeer.
¿Cómo escribiría una autobiografía cuando no atribuyo
impotencia alguna a la importancia y menos a mi vidita y no tengo
nadaque decir del mar rojo o blanco o amarillo o negro en donde
la memoria se hunde en mitologías, igual que la imaginación de
todos?
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Leyendo Reveries over Chíldhood and Youth de W. B. Yeats observo
cómo traza la memoria de sus ancestros, hasta principios del
xvi; cómo un Butler tenía en una copa de plata, con el escudo
de la familia y las iniciales de los nuevos esposos, un papel
amarillento con las ramazones del origen historiadas, y cómo un
visitante, en un descuido, tomó el viejo papel y encendió la
pipa en el comedor guardo la única joya genealógica: es una
jarrita
de alfareros antigüeños, con el nombre de mi abuela materna:
Carmen A. de Aragón, arcilla de los caminos, alpargata y
probable sangre kekchí de las Verapaces o cakchiquel de los
alrededores de Guatemala la Antigua.
Este mundo de fantasmas de tatarabuelos y mil veces atrás de
ellos que me engendraron, es imposible aun imaginarlo pero estoy
seguro de contar con antepasados tartesios, mayas, y de alguien
que todavía cuelga de la rama del árbol genealógico. Y este
mundo de fantasmas de los tatarabiznietos a los cuales los míos
engendraron, es imposible aun imaginarlo; estoy seguro de que
cuentan con orígenes babilónicos y no han olvidado todavía al
tatarabuelo con la cola prensil, aun cuando ahora en Saturno
pasen los fines de semana.
Los bosques de los volcanes bajaban el valle, por ello, entonces,
llovía como nunca después, y el diluvio batía, con genésica
furia, la tierra lujuriosa. Veo a Diaz del Castillo, lector de
Amadis de Gaula, como Carlos V, sembrando naranjas, reclamando
más tierras y esclavos, sentado a la mesa, con la taza de
chocolate. Mi viejo amigo Bernal recuerda que de lo alto del gran
teocalli contempló a Tenochtitlan, tan real maravillosa que
sueño le pareció, real sueño encantado, que bulle para siempre
en sus páginas.
Todos se conocen en la aldea metida en chismes, en intrigas de
pueblo recién nacido, en el cual viven hombres que participaron
en la Conquista y hombres recién asentados, a quienes se les
considera advenedizos, indeseables por ventajosos. Las iglesias,
los conventos y las casonas de los señores, paulatinamente las
levantan los indios con sus hombros.
Antigua fue la metrópoli monumental del Antiguo Reyno de
Goathemala o de la Capitanía General de Guatemala, que gobernó
a Centroamérica durante 230 años; tuvo fronteras con el
Virreinato de la Nueva Granada y el de la Nueva España, al cual
pertenecía. Ahí nacieron los primeros mestizos, ahí
prosperaron las familias criollas, entre repiques de campanas y
safaris contra los dueños verdaderos
Vuelvo. ¡Si pudiera! Antigua ha ejercido en mi fascinación
morbosa, claustrofobia me ha causado y sentimiento de soledad
abismal y llameante, como toda soledad Antigua más en ruinas con
el terremóto del 4 de febrero de 1976. Así quedaría con el
terremoto de Santa Marta en 1773 cuando sólo México y Lima la
superaban. Hoy es una de las ciudades pequeñas más bellas del
continente. La casa familiar fue puesta en los cimientos, casa
que recuerda dichas y sinsabores. Aun mi pasado inmediato a mi
regreso en 1944 ha desaparecido. Entonces, recorrí el país
varias veces y me cargué de cielo y ventura, de dolor y
paisajes.
Mi padre murió en 1937; mi madre, en 1949. Tuve nuevos amigos
que perdí asesinados. Qué pueblo tan golpeado. Difícil y
diría casi absurdo hablar de salud, de educación, de cultura,
aun de alfabetizar cuando más de la mitad de Guatemala padece
hambre verdadera.
Aquello jamás ha podido transmutárseme en costumbre y las
aristas de su relieve se elevan cada día, y estoy enfermo de su
memoria, y sufro fiebre en estas incisiones en mi ayer. Con lo
que me proveí tengo lo bastante para cruzar desiertos. Es
inexpugnable el tiempo de la infancia, que no nos deja un residuo
sino una mina, un lirio y un dragón.
Fuente: Fragmento tomado
de el libro "El Río Novelas de Caballería".
Tierra Firma, Fondo de Cultura Ecomómica México. D.F.