.Revista N° 301-302. Julio-Agosto, 2004.

 
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DESARROLLO GERENCIAL

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Trabajar según valores

Hoy, las empresas más maduras en cuanto a sus métodos gerenciales apegan sus operaciones a valores, de manera que para ser un trabajador de clase mundial, ya no bastan los conocimientos y las destrezas, sino que es necesario agregarle al trabajo esa otra dimensión.

Álvaro Cedeño G.
[email protected]

En sus inicios, los procesos de formulación de planes estratégicos no explicitaban la misión y la visión, como lo hacen ahora. El pensamiento estratégico era un esfuerzo por aportar racionalidad a la acción de la empresa. Es claro que se trataba el tema de la misión, pero lo denominábamos ‘clarificar lo que la empresa es ahora’. Y el tema de la visión quedaba tratado cuando se respondía a la cuestión de qué es lo que la empresa quiere llegar a ser. La formulación de la visión, tal como se le trata ahora, es un esfuerzo por poner en juego la esperanza en el diseño de planes de las compañías. Pero no concluyen ahí los procesos de pensamiento estratégico, sino que ahora se preocupan por explicitar unos cuantos valores que sean la guía ética de la acción. Eso, desde luego, le da una dimensión ulterior a los planes.

Hacer las cosas con eficiencia, esto es utilizar los recursos de la mejor manera en la empresa, en la unidad de trabajo y en el puesto de cada persona es importante para el éxito de corto plazo. Hacerlas con eficacia es importante para la sostenibilidad, no solo de la empresa, sino de los participantes. Los participantes en la empresa se desarrollan tanto personal como profesionalmente cuando se someten a determinados estándares de acción y hacen las cosas de cierta manera. Trabajando así, aumenta el capital humano de la empresa –el valor productivo de las personas que la forman– y mejora también el capital laboral personal de quienes participan en la compañía. Unos años trabajando de cualquier manera no dejan en nosotros la misma huella y el mismo enriquecimiento en conocimientos, destrezas y actitudes que unos años de trabajar condicionados por determinadas exigencias.

Las amebas y los gatos son entidades de acción. Desde luego que no ejecutan acciones racionales y deliberadas, como no las ejecutaba la vieja mano de obra de las actividades primitivas de la revolución industrial. Hoy, el trabajo se ha transformado y la mano de obra ha venido siendo sustituida por trabajadores del pensamiento, de quienes no solo se demanda que aporten a su trabajo la fuerza muscular, sino que se les convoca más y más como seres humanos completos; es decir, en su corporeidad, su inteligencia y su voluntad. Pero además, cuando las personas trabajan regidas por un conjunto de valores, se está poniendo en funcionamiento la dimensión ética del ser humano, su capacidad para sentirse atraído por lo que se considera bueno y repelido por lo que se considera malo. Bueno y malo, podrían ser considerados términos que requieren de precisión. Por eso podemos recurrir a Savater, para quien la ética, siguiendo a Aristóteles, es la disciplina que trata de cómo llevar una vida buena y feliz. Para Juan Antonio Pérez López, un tratadista sobre acción humana desaparecido prematuramente, la ética es ciencia natural: de la misma manera que la física nos dice cuánta carga no ponerle a un edificio o en la aeronáutica cuánta velocidad y sección de ala hacen que un avión se sostenga en el aire, la ética nos dice cuáles son las acciones destructivas. Desde un punto de vista social, pienso que unas prácticas construyen comunidad y otras la destruyen. La funcionalidad de las primeras las convierte en éticamente deseables. La disfuncionalidad de las segundas las hace éticamente reprobables. Por ejemplo, siendo el estado de derecho un conjunto de convenciones sobre cómo convivir civilizadamente, cualquier acción que atente contra este es disfuncional y es un atentado contra la ética.


Ventajas del trabajo por valores

El ser humano, como ser social, tiene responsabilidades con otros. No solamente con otros cercanos, como su familia inmediata, sino con otros menos cercanos, como la comunidad y desde luego, tiene responsabilidades con la nación. El cumplimiento de esas responsabilidades por parte de todos es lo que produce una nación donde vale la pena trabajar y vivir. Pero estos bienes comunitarios –una buena nación, una buena empresa– siempre presentan la tentación que plantean los bienes comunes. Los economistas han aclarado muy bien por qué se están extinguiendo las ballenas y no se están extinguiendo las vacas. Las ballenas son de todos –no son de nadie– y las vacas en cambio sí tienen dueños que velan porque no se extingan. Los peces del Golfo de Nicoya son de todos, de ahí que quien primero llegue, trate de pescar lo más que pueda, independientemente de si eso perjudica a la población total de peces. Siempre que algo dependa de la contribución de muchos, existirá la tentación de que alguien se salga con la suya. El delincuente, que viola la ley en su beneficio inmediato, exigirá a la hora de ser juzgado que se le juzgue de acuerdo con la ley. El vecino que no contribuye con el pago del guarda del vecindario disfruta del servicio, pero le está faltando a la comunidad. A eso lo denominan el “efecto polizón”, el que viaja sin pagar el pasaje.

El trabajo según valores nos mejora desde un punto de vista personal. Le da a la acción un sentido no solo humano, sino también espiritual, lo cual no es lo mismo que religioso. Cuando producimos un objeto técnicamente valioso, estamos siendo eficaces. Si lo producimos con la inquietud de que satisfaga necesidades importantes, nuestro trabajo adquiere una dimensión adicional, porque está expresando la conciencia de que formamos parte de una comunidad de personas interdependientes y de que estamos haciendo nuestra parte en ella. Esa forma de trabajar también nos mejora desde el punto de vista profesional. Hoy las empresas más maduras, en cuanto a sus métodos gerenciales, apegan sus operaciones a valores, de manera que para ser un trabajador de clase mundial ya no bastan los conocimientos y las destrezas, sino que es necesario agregarle al trabajo esa otra dimensión. 

En los adultos, el trabajo es fuente de autoestima. El trabajo hecho con esmero, con resultados objetivamente excelentes, da pie para que el trabajador se acredite a sí mismo ese mérito. El trabajo puede ser visto como un simple intercambio de esfuerzos y remuneraciones. O puede ser visto como una misión personal que cada uno se asigna en función de la contribución amplia, compleja que quiere dar a la comunidad en la cual vive. Cuanto mayor sea la sensibilidad con la que cada uno percibe esta misión, mayor movilización de la autoestima hay en su cumplimiento.

Los sociobiólogos afirman que los seres vivos no solamente queremos sobrevivir, sino que queremos transmitir nuestro mensaje genético. Pienso que los seres humanos también queremos transmitir nuestro mensaje moral. Por eso educamos. Por eso los padres se esmeran en transmitirles a sus hijos lo que les parece bueno. Postulo que una necesidad básica en el ser humano es influir, hacer el mundo un poco semejante a nosotros, impregnar en el entorno algunas de las cosas que consideramos útiles, buenas, funcionales. Esa capacidad de influir puede estar relacionada o no con el ejercicio de posiciones de poder. El maestro recordado, el ciudadano ejemplar, el amigo admirado influyeron en nosotros sin que tuvieran poder. Don Ricardo Jiménez, don José Figueres, el Dr. Calderón Guardia siguen influyendo en la política costarricense. Para muchos, don Amadeo Quirós, don Elías Quirós y don Jorge Manuel Dengo siguen siendo fuentes de inspiración de trabajo diligente, sensato, idealista. El trabajo que se ejecuta apegándose a valores tiene una probabilidad mayor de influencia.

El futuro del planeta, el futuro de la humanidad dependen de que seamos capaces de someter a la técnica, a la productividad, a restricciones de naturaleza superior. Vamos a sobrevivir si somos capaces de desarrollar la sensibilidad necesaria para establecer restricciones morales ahí, donde no hay restricciones técnicas, si establecemos como regla que no es lícito hacer todo lo que es técnicamente posible. Lo mismo que si en el trabajo individual y en la acción de las empresas incorporamos valores que mejoren el bien común. Esto –suena quijotesco– en tanto que trata de alcanzar una estrella muy lejana. Y desde luego, está sujeto a las reconvenciones de Sancho, quien estará de acuerdo con iniciar el empeño, pero solo después de que a la sombra de esos abetos nos comamos estas morcillas y las bajemos con buen vino.
 

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