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DESARROLLO
GERENCIAL
Trabajar según valores
Hoy, las
empresas más maduras en cuanto a sus métodos gerenciales apegan sus
operaciones a valores, de manera que para ser un trabajador de clase
mundial, ya no bastan los conocimientos y las destrezas, sino que es
necesario agregarle al trabajo esa otra dimensión.
Álvaro Cedeño G. [email protected]
En sus inicios, los procesos de formulación de
planes estratégicos no explicitaban la misión y la visión, como lo hacen
ahora. El pensamiento estratégico era un esfuerzo por aportar racionalidad
a la acción de la empresa. Es claro que se trataba el tema de la misión,
pero lo denominábamos ‘clarificar lo que la empresa es ahora’. Y el tema
de la visión quedaba tratado cuando se respondía a la cuestión de qué es
lo que la empresa quiere llegar a ser. La formulación de la visión, tal
como se le trata ahora, es un esfuerzo por poner en juego la esperanza en
el diseño de planes de las compañías. Pero no concluyen ahí los procesos
de pensamiento estratégico, sino que ahora se preocupan por explicitar
unos cuantos valores que sean la guía ética de la acción. Eso, desde
luego, le da una dimensión ulterior a los planes.
Hacer las cosas con eficiencia, esto es
utilizar los recursos de la mejor manera en la empresa, en la unidad de
trabajo y en el puesto de cada persona es importante para el éxito de
corto plazo. Hacerlas con eficacia es importante para la sostenibilidad,
no solo de la empresa, sino de los participantes. Los participantes en la
empresa se desarrollan tanto personal como profesionalmente cuando se
someten a determinados estándares de acción y hacen las cosas de cierta
manera. Trabajando así, aumenta el capital humano de la empresa –el valor
productivo de las personas que la forman– y mejora también el capital
laboral personal de quienes participan en la compañía. Unos años
trabajando de cualquier manera no dejan en nosotros la misma huella y el
mismo enriquecimiento en conocimientos, destrezas y actitudes que unos
años de trabajar condicionados por determinadas exigencias.
Las
amebas y los gatos son entidades de acción. Desde luego que no ejecutan
acciones racionales y deliberadas, como no las ejecutaba la vieja mano de
obra de las actividades primitivas de la revolución industrial. Hoy, el
trabajo se ha transformado y la mano de obra ha venido siendo sustituida
por trabajadores del pensamiento, de quienes no solo se demanda que
aporten a su trabajo la fuerza muscular, sino que se les convoca más y más
como seres humanos completos; es decir, en su corporeidad, su inteligencia
y su voluntad. Pero además, cuando las personas trabajan regidas por un
conjunto de valores, se está poniendo en funcionamiento la dimensión ética
del ser humano, su capacidad para sentirse atraído por lo que se considera
bueno y repelido por lo que se considera malo. Bueno y malo, podrían ser
considerados términos que requieren de precisión. Por eso podemos recurrir
a Savater, para quien la ética, siguiendo a Aristóteles, es la disciplina
que trata de cómo llevar una vida buena y feliz. Para Juan Antonio Pérez
López, un tratadista sobre acción humana desaparecido prematuramente, la
ética es ciencia natural: de la misma manera que la física nos dice cuánta
carga no ponerle a un edificio o en la aeronáutica cuánta velocidad y
sección de ala hacen que un avión se sostenga en el aire, la ética nos
dice cuáles son las acciones destructivas. Desde un punto de vista social,
pienso que unas prácticas construyen comunidad y otras la destruyen. La
funcionalidad de las primeras las convierte en éticamente deseables. La
disfuncionalidad de las segundas las hace éticamente reprobables. Por
ejemplo, siendo el estado de derecho un conjunto de convenciones sobre
cómo convivir civilizadamente, cualquier acción que atente contra este es
disfuncional y es un atentado contra la ética.
Ventajas del
trabajo por valores
El ser humano, como ser social, tiene
responsabilidades con otros. No solamente con otros cercanos, como su
familia inmediata, sino con otros menos cercanos, como la comunidad y
desde luego, tiene responsabilidades con la nación. El cumplimiento de
esas responsabilidades por parte de todos es lo que produce una nación
donde vale la pena trabajar y vivir. Pero estos bienes comunitarios –una
buena nación, una buena empresa– siempre presentan la tentación que
plantean los bienes comunes. Los economistas han aclarado muy bien por qué
se están extinguiendo las ballenas y no se están extinguiendo las vacas.
Las ballenas son de todos –no son de nadie– y las vacas en cambio sí
tienen dueños que velan porque no se extingan. Los peces del Golfo de
Nicoya son de todos, de ahí que quien primero llegue, trate de pescar lo
más que pueda, independientemente de si eso perjudica a la población total
de peces. Siempre que algo dependa de la contribución de muchos, existirá
la tentación de que alguien se salga con la suya. El delincuente, que
viola la ley en su beneficio inmediato, exigirá a la hora de ser juzgado
que se le juzgue de acuerdo con la ley. El vecino que no contribuye con el
pago del guarda del vecindario disfruta del servicio, pero le está
faltando a la comunidad. A eso lo denominan el “efecto polizón”, el que
viaja sin pagar el pasaje.
El trabajo según valores nos mejora desde un punto de
vista personal. Le da a la acción un sentido no solo humano, sino también
espiritual, lo cual no es lo mismo que religioso. Cuando producimos un
objeto técnicamente valioso, estamos siendo eficaces. Si lo producimos con
la inquietud de que satisfaga necesidades importantes, nuestro trabajo
adquiere una dimensión adicional, porque está expresando la conciencia de
que formamos parte de una comunidad de personas interdependientes y de que
estamos haciendo nuestra parte en ella. Esa forma de trabajar también nos
mejora desde el punto de vista profesional. Hoy las empresas más maduras,
en cuanto a sus métodos gerenciales, apegan sus operaciones a valores, de
manera que para ser un trabajador de clase mundial ya no bastan los
conocimientos y las destrezas, sino que es necesario agregarle al trabajo
esa otra dimensión.
En los adultos, el trabajo es fuente de
autoestima. El trabajo hecho con esmero, con resultados objetivamente
excelentes, da pie para que el trabajador se acredite a sí mismo ese
mérito. El trabajo puede ser visto como un simple intercambio de esfuerzos
y remuneraciones. O puede ser visto como una misión personal que cada uno
se asigna en función de la contribución amplia, compleja que quiere dar a
la comunidad en la cual vive. Cuanto mayor sea la sensibilidad con la que
cada uno percibe esta misión, mayor movilización de la autoestima hay en
su cumplimiento.
Los sociobiólogos afirman que los seres vivos no
solamente queremos sobrevivir, sino que queremos transmitir nuestro
mensaje genético. Pienso que los seres humanos también queremos transmitir
nuestro mensaje moral. Por eso educamos. Por eso los padres se esmeran en
transmitirles a sus hijos lo que les parece bueno. Postulo que una
necesidad básica en el ser humano es influir, hacer el mundo un poco
semejante a nosotros, impregnar en el entorno algunas de las cosas que
consideramos útiles, buenas, funcionales. Esa capacidad de influir puede
estar relacionada o no con el ejercicio de posiciones de poder. El maestro
recordado, el ciudadano ejemplar, el amigo admirado influyeron en nosotros
sin que tuvieran poder. Don Ricardo Jiménez, don José Figueres, el Dr.
Calderón Guardia siguen influyendo en la política costarricense. Para
muchos, don Amadeo Quirós, don Elías Quirós y don Jorge Manuel Dengo
siguen siendo fuentes de inspiración de trabajo diligente, sensato,
idealista. El trabajo que se ejecuta apegándose a valores tiene una
probabilidad mayor de influencia.
El futuro del planeta, el futuro
de la humanidad dependen de que seamos capaces de someter a la técnica, a
la productividad, a restricciones de naturaleza superior. Vamos a
sobrevivir si somos capaces de desarrollar la sensibilidad necesaria para
establecer restricciones morales ahí, donde no hay restricciones técnicas,
si establecemos como regla que no es lícito hacer todo lo que es
técnicamente posible. Lo mismo que si en el trabajo individual y en la
acción de las empresas incorporamos valores que mejoren el bien común.
Esto –suena quijotesco– en tanto que trata de alcanzar una estrella muy
lejana. Y desde luego, está sujeto a las reconvenciones de Sancho, quien
estará de acuerdo con iniciar el empeño, pero solo después de que a la
sombra de esos abetos nos comamos estas morcillas y las bajemos con buen
vino.
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