Ivonne Acosta, Las controversias
históricas del siglo XX:
una invitación al debate. Editorial LEA, San Juan, 1995
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Año 2 número 4 marzo-abril 1996, págs 17-20.
Las
controversias históricas del siglo XX, libro editado por la compañera y
amiga Dra. Ivonne Acosta, es una de esas obras esperadas por los lectores que
han decidido asomarse al mundo de la historia con una mirada más inquisitiva y
menos reverente. El libro recoge el
ciclo de tertulias sabatinas auspiciadas por la Sección de Historia del Ateneo Puertorriqueño durante los años 1992 y 1993,
encuentros que tanta polémica despertaron entre algunos sectores cuando se
hicieron públicos.
Detrás de una aparente disparidad y
polifonía, vibra un pensamiento común y retador: la historia es una disciplina que mira
su propio discurso y está dispuesta a revisarse porque en ello radica su
vitalidad. Estas controversias giran
alrededor de los más diversos polos, mostrándonos de paso una imagen de un
siglo veinte que va descubriendo su obvia senilidad.
Las propuestas de identidad nacional
desde el momento de la entrada triunfal de Fomento Industrial a la realidad
puertorriqueña hasta la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento,
con todo lo que ello puede significar en términos del futuro político de Puerto
Rico y de los modelos de interpretación del pasado puertorriqueño, se convierte
en el eje del texto de la Dra. Silvia Álvarez Curbelo. La autora sugiere, siguiendo los
planteamientos de Carlos Gil, una sorprendente interpretación del emblema del
Instituto de Cultura Puertorriqueña con todos sus contenidos, como traducción
de las aspiraciones de los tecnócratas de legitimar un proceso histórico
irreversible: aquella
industrialización de los años cuarenta.
Juicio modelo el que hace la autora sobre el documental que presenta a
Puerto Rico en el Pabellón de Sevilla: una chaplinesca imagen de mi país, a
pesar de la salsa y el rap, se me dibuja al rememorar
el análisis propuesto por la Dra. Curbelo.
Aarón Gamaliel
Ramos pasa juicio sobre las formulaciones de la tentativa anexionista desde
1898 hasta el presente, demostrándonos que el discurso anexionista ha tenido
que caminar al ritmo de los intereses estadounidenses para poder sobrevivir
dentro del contexto puertorriqueño. El
estudio de Ramos tiene particular relevancia en este fin de siglo momento en
que el anexionismo, tras renunciar al modelo de la “estadidad jíbara”, trata de
inventar su propia imagen en el momento del neoliberalismo y la
destrucción del “estado providencia”. Todo parece indicar que, en la medida en que
la jibaridad pierde su capacidad par explicar las
nuevas formas de la personalidad puertorriqueña, el anexionismo tendrá que
revisarse nuevamente para mantenerse a flote en un ambiente político ciertamente
más complejo.
Fernando Picó reevalúa un mito
heroico, dejando demostrado que también los historiadores ven en ciertos
aspectos del pasado solamente lo que desean ver, y que las fronteras entre el
realismo mágico y el realismo histórico son muy frágiles. Su revisión de la figura de José Maldonado, “Aguila Blanca” a veces, “Aguila
Azul” en otras, documenta el largo expediente criminal de un joven que, si bien
luchó contra los españoles por la independencia de Cuba al filo de la invasión
del 98, tras la misma se hizo “súbdito de los Estados Unidos” y el 25 de julio
de aquel año se encontraba en Nueva Cork anhelando acompañar a los invasores en
su agresión a Puerto Rico.
Amalia Asina
Orozco pasa juicio sobre el 1943, año clave en la definición de los destinos
del movimiento independentista puertorriqueño.
Consolida la represión del nacionalismo en 1937; afirmada, en principio,
la alternativa del Partido Popular Democrático en 1938; y revitalizada la
estructura del Congreso Pro-Independencia como un mecanismo de afirmación
nacional; el país se hallaba en un momento de suprema definición en la medida
en que populismo e independentismo se distanciaban para elaborar unas
explicaciones distintas del problema de la conciencia nacional. Amalia Alsina ha
hecho un estudio que invita a la revisión de los juicios que habíamos hecho
sobre aquélla decisiva década.
Nilsa
Rivera Colón presenta una documentada historia de la alianza como instrumento
político dentro del siglo XX puertorriqueño.
A pesar de las resistencias de los partidos, porque agua y aceite no
mezclan, el aliancismo parece haber estado con
nosotros desde 1914. La necesidad de buscar aliados políticos a
veces nos parece un juego político que refleja el lenguaje del momento de las
grandes guerras. La maduración del
arreglo de 1924, recuérdese que hablamos de los “alegres veintes”, aparece
ahora como un asunto del interés de los sectores de poder de los Estados Unidos
para los cuales la participación socialista o la radicalidad de las
aspiraciones programáticas, podían ser la diferencia entre respaldar u oponerse
a la táctica. Interesante por demás, a
veces subyuga tanto como el texto escrito, es la muestra de caricaturas de la
alianza como instrumento político dentro del siglo XX puertorriqueño. A pesar de las resistencias de los partidos,
porque agua y aceite no mezclan, el aliancismo parece
haber estado con nosotros desde 1914. La
necesidad de buscar aliados políticos a veces nos parece un juego político que
refleja el lenguaje del momento de las grandes guerras. La maduración del arreglo de 1924, recuérdese
que hablamos de los “alegres veinte”, aparece ahora como un asunto del interés
de los sectores de poder de los Estados Unidos para los cuales la participación
socialista o la radicalidad de las aspiraciones programáticas, podían ser la
diferencia entre respaldar u oponerse a la táctica. Interesantemente por demás, a veces subyuga
tanto como el texto escrito, es la muestra de caricaturas de la época que permite
reconstruir algunos aspectos de la opinión de ciertos sectores interesados en
la política colonial.
Por último, Ivonne Acosta revisa la
práctica de mantener carpetas a ciudadanos por razones de ideología. Documenta la historiadora la persecución
política desde 1936 hasta el presente. Como
quien dice, estamos en la tierra del choteo, Caribe de burundanga y “ese
fue”. Valiosa por demás es la exposición
de la experiencia bajo la Ley 53 (1950-57), momentos en que la Guerra Fría
justificaba estos y otros atrevimientos; y la exposición en torno a la
COINTELPRO o FBI Jíbaro (1959-71). Todo
ello, como los caminos de Roma, conducen hasta el fenómeno
de las carpetas. Después de leer a
Ivonne un lector sensible puede preguntarse, ¿quién dijo que yo era subversivo?
Este libro ofrece una radical visión
de los nuevos modos de ver algo que creemos nuevos tiempos. Si el historiador en tanto que ser humano,
porque lo es por encima de todo, evoluciona con la historia, entonces la
anatomía del discurso es un laboratorio impredecible que debemos intentar
descifrar. Asumir la historia como la
asume Silvia Álvarez Curbelo cuando se apropia de lo
contemporáneo con ese apasionado nerviosismo que la caracteriza; asumirla con
la pausa sedante de Fernando Picó cuando desmenuza un problema para dejarnos
otros problemas, que ese es el fin de la disciplina y no otro; o asumirla con la afanosa precisión de Ivonne Acosta que nos
invita a preguntarnos de otras maneras aquel mitológico quiénes somos; todo
ello me dice una sola cosa. Tenemos
disciplina para buen rato. Y que se
cuiden los mitos y los embelecos porque aquí venimos los historiadores.