Dennett Daniel C., Darwin’s Dangerous Idea:  Evolution and the Meanings of Life, Editorial Simon and Schuster, Editorial Simon and Schuster New York, 1995.

Comentado por  Manuel Maldonado

Luciernaga, Año 1, Número 2, Noviembre 1995, p.7-12.

                                         

            Daniel C. Dennett es un filósofo interesante en el sentido que Sócrates lo era.  Además, de leer este libro fulgurante, lo he visto dialogar por más de una hora en una entrevista de la serie “films for the Humanities and Sciences” titulada A Glorious Accident.  Understanding Our Place in the Cosmic Puzzle”, que incluye a otros pensadores y científicos como Oliver Sacks, Rupert Shelldrake, Stephen Toulmin, Freeman Dyson y Stephen Jay Gould.

            Dennett es sencillo, de conversación reflexiva y clara, salpicada con la ironía que le permite haberse alejado de la corbata y la ciudad para vivir en una granja y la amplitud del campo bordeado de arboledas impremeditadas.  También es profesor “distinguido” (debe ser por su trabajo) de Artes y Ciencias, y director del Centro de Estudios del Conocimiento de la Universidad de Tufos en Massachussets.

            El libro que sirve de eje a la entrevista, del que diverge Shelldrake y, en cierta manera, Sacks, se titula Consciousness Explained y merece ser comentado en un próximo número, ya que es, sin duda, una obra importante de la filosofía actual.

            Pero, veamos esta “peligrosa idea de Darwin”, y su relación con “los sentidos de la vida”.  Se trata de una obra voluminosa y fácil de leer.  El lenguaje fluye sin complicaciones semánticas ni recursos retóricos y evita la jerga de las ciencias naturales.  Se nota la intención explícita de invitar a pensar un tema complejo sin complicaciones.  Recuerda, en cierta manera, la prosa cristalina de Bertrand Russell.

            La carátula es blanca con letras grandes de plata oscura y una espléndida fotografía de Jerry Bawer del Incantatrice di serpenti de Henri Rousseau, que representa literalmente la belleza y variedad de la evolución en un ambiente con sobras de misterio.  No sin razón, se vislumbra bajo ella una encuadernación recia de un amable verde vegetal que nace de un lomo de tierra oscura y fértil con el título en letras doradas.  La relación exacta del título y su ilustración prometen al lector el encanto y los peligros de la verdad.  ¿Cómo podríamos no leerlo?

            Desde la primera página del prefacio se anuncia sin ambigüedades que el libro trata de explicar por qué es tan poderosa la idea de Darwin y por qué no constituye una amenaza sino un fundamento nuevo para las visiones de la vida que tanto atesoramos.

            Denntt sabe que existen resistencias y circulan libros que no sólo consideran la evolución como una “idea errónea” sino que también intentan probar su falsedad con los mismos hechos que la evidencian.  Por eso argumenta, con la inexorabilidad de la historia, que desde la publicación de Galileo en el 1632 de Los diálogos hemos tenido que esperar más de trescientos años para que cualquier niño y niña de escuela elemental acepte al sol como centro del sistema, sin romper en llanto ni aterrorizarse.  De igual manera, a su tiempo, la revolución de Darwin será una verdad aceptada sin ambages por cualquier persona educada del planeta aunque por ahora, a ciento treinta y seis años de El origen de las especies, todavía no comprendamos totalmente las implicaciones de su descubrimiento. 

            No me sorprende, pues, cuando algunos estudiantes de filosofía se quejan de la inconsecuencia lógica de ciertos profesores/repetidores de biología que siguen hablando de dios creador después de explicar la evolución en su sentido general y que nunca llegan al capítulo dedicado a la evolución humana por falta de tiempo, sin comprender siquiera la naturaleza biológica de éste.  La evolución cultural es más rápida que la biológica pero no tanto como quisiéramos.

            No obstante, podemos afirmar con Denté, que ningún científico discute que la teoría de la reproducción y la evolución a base de ADN constituye la médula del darwinismo contemporáneo.  De hecho se encuentra la base de todos los estudios, descubrimientos y explicaciones de los eventos planetarios de la geología y la meteorología, pasando por otros más cercanos de la agricultura y la ecología hasta los niveles microscópicos de la ingeniería genética.  La médula del darwinismo, dice Denté, “unifica toda la biología  y la historia de nuestro planeta en un solo gran discurso”.  Esto hace que si hubiera que dar un galardón a la mejor idea de los últimos tiempos no sería, según Denté, para Newton ni para Einstein sino para Darwin.

            Aún así, la mención de Darwinismo siempre suscita suspicacias y sospechas porque “la Revolución de Darwin es científica y filosófica de manera tal que ninguna de las dos se entiende por separado.” Los científicos pueden pensar, algunas veces, que la filosofía es una especie de conocimiento parasitario que vive a costa de los descubrimientos objetivos que alejan a la ciencia de las confusiones que se dedican a resolver los filósofos.  Pero la verdad es que no existe tal cosa como la ciencia ausente de filosofía, sino sólo la ciencia que no han examinado y desconoce su contenido y base filosófica.

            Darwin, precisamente, responde con su “selección natural” a la pregunta filosófica por excelencia, la de ¿por qué?   Esta pregunta es tan importante y compleja que la historia del conocimiento humano muestra como se soslaya derivando sutilmente a la pregunta ¿cómo? Que ha dado origen a todas las cosmogonías y cosmologías, desde el Génesis hasta el Big Bang.  Todas ellas evitan la pregunta de por qué hay universo y se concentran en decirnos como se hizo o llegó a ser.

            Pero. Según Denté, la contribución fundamental de Darwin consiste en mostrar un nuevo sentido a la gran pregunta del por qué.  La idea de Darwin abre un camino claro, coherente y versátil, para resolver los problemas originados por la pregunta.  Por eso, “el proyecto central de este libro es exponer y clarificar gradualmente esta nueva forma de pensar(…) ya que la idea de la evolución por selección natural unifica, de un plumazo, el ámbito de la vida, el sentido y la finalidad, con el espacio y el tiempo, la causa y efecto, el mecanismo y las leyes física.  Pero no se trata simplemente de una idea científica hermosa.  Se trata de una idea peligrosa”.  Porque significa ante todo la destrucción del mito.  Pero no hay remedio, el mito no tiene futuro con los animales humanos porque siempre queremos saber por qué.

            Este libro es, por lo tanto, “para los que piensan que el único sentido de la vida que debemos atesorar es el que pueda resistir incólume nuestra mejor investigación crítica.  A los que no piensen así se les aconseja que cierren el libro y se alejen discretamente”.

            Para los que no pueden resistir el afán de la búsqueda propia de nuestra naturaleza y comienzan a leer fascinados por el Incantatrice di serpenti, el plan es el siguiente:

             La primera parte sitúa la Revolución Darviniana en el panorama general de la realidad, para mostrar como transforma la visión del mundo de aquéllos que conocen sus detalles.

            El primer capítulo expone los antecedentes de las ideas filosóficas dominantes antes de Darwin.  El segundo introduce la idea central de Darwin con la nueva vestimenta de la evolución como proceso algorítmico y aclara los malentendidos más sobresalientes.  El capítulo tercero muestra cómo la idea de la evolución subvierte la forma de pensar tradicional expuesta en el primero, mientras los capítulos cuatro y cinco exploran algunas de las perspectivas más inquietantes que emergen del pensamiento de Darwin.

            La segunda parte examina los desafíos presentados por la biología misma a la idea de Darwin para desmontar que no sólo sobrevive intacta a las distintas controversias sino que se fortalece con ellas.

            En el capítulo siete se muestra que el llamado diseño de la naturaleza es resultado de la unión del azar y la necesidad en trillones de lugares al mismo tiempo y trillones de niveles diferentes.  Podría decirse que “el árbol de la vida” se creó a sí mismo, no en un instante milagroso, sino despacio y muy lentamente en billones de años.

            La tercera parte titulada “Mente, significado, matemáticas y moral”, muestra qué sucede cuando extendemos el pensamiento de Darwin a la especie llamada Homo sapiens.  Darwin sabía que este era un punto delicado y difícil de aceptar y por eso lo anunció con gentileza y, aún hoy, más de cien años después, hay quienes tratan de cavar un foso inextricable entre los “seres” humanos y la aterradoras consecuencias implícitas, según ellos, en el darwinismo.  Pero precisamente esta tercera parte demuestra que tales planteamientos son erróneos en cuanto a los hechos que citan y a la estrategia con la que combaten, porque la peligrosa idea de Darwin no sólo tiene que ver  con nosotros directamente sino que su aplicación a los asuntos humanos de la mente, el lenguaje, el conocimiento y la ética, entre otros, hace que se entiendan de manera insospechada por el pensamiento tradicional, y, al reestructurarlos, apunta a sus solución.

            Al final de la tercer parte podemos apreciar todo lo que hemos ganado al abandonar el pensamiento pre-darwiniano por el de Darwin, sus usos y abusos, de manera que todo lo que consideramos y debe ser importante, adquiere aún mayor relevancia y comprensión en la Revolución Darwiniana.  Asía, “Los milagros de la vida, la conciencia y la moralidad resultan ser aún mejores de lo imaginado cuando creíamos que eran inexplicables.”

            Esta última parte del libro es un desafío formidable con capítulos como “La evolución del significado”, “El origen de la moralidad” y “El rediseño de la moral”.  Además, encontramos incitaciones a la investigación de asuntos tan interesantes como que el arte promueve la evolución humana, examen que debe llevarse a cabo sin presuponer nada:  No podemos presuponer la cooperación, ni la inteligencia humana; no podemos presuponer la tradición, todo esto debe ser construido desde sus inicios…porque como la vida y cada otra cosa hermosa de la realidad, la cultura tiene sus origen darviniano.”

            Dennett se apoya en las investigaciones de Richard Dawkins que parten del principio de “que toda vida evoluciona por la formas diferentes de sobrevivir de las entidades duplicadoras”.  La evolución cultural no es análoga de la biológica, según Dawkins, no es simplemente un proceso que puede ser descrito metafóricamente en lenguaje evolutivo, sino un fenómenos que obedece las leyes de la selección natural exactamente.

            Al igual que los genes, existen unidades de trasmisión cultural, o unidad de imitación, llamadas “meme”.  La invasión cultural del cerebro humano por medio de los “memes” crea las mentes humanas, y hace que seamos los únicos animales que podamos concebir asuntos distantes y futuros así como formular distintos fines y alternativas.

            Es dudoso que podamos elaborar una ciencia rigurosa que exponga el funcionamiento de estas “unidades de imitación”, dice Dennett, pero el concepto provee una perspectiva valiosa para investigar las complejas relaciones entre la herencia cultural y genética.  Así, cuando la estructura básica de cualquier algoritmo darviniano, la de generar y probar, es pare del cerebro de un organismo individual, construye una serie de sistemas cada vez más poderosos, que culmina en el acto humano deliberado de crear hipótesis y teorías, del que surge una mente abierta al conocimiento a través de la capacidad de generar y comprender el lenguaje.

            Estos ejemplos de la exposición de Dennett, son suficientes para provocar una lectura inteligente y crítica de este libro, pero aún podemos anticipar que el capítulo catorce “La evolución del significado””, ya bosquejado en el capítulo ocho, concluye que el sentido real, la clase de significado que tienen nuestras palabras e ideas, emerge como resultado de un proceso sin sentido, del proceso algorítmico que ha creado la biosfera de la que somos parte.  Por eso un robot diseñado como una máquina para sobrevivir, debería su existencia, igual que nosotros, a un proyecto de investigación  y desarrollo con fines propios, pero esto no impediría que el robot también fuese, como nosotros, un creador autónomo de significados.

            Las ideas expuestas, dice el autor en su última página, son sólo el principio.  Se trata de una introducción en la que se han sacrificado los detalles frecuentemente con tal de conseguir una visión total del pensamiento de Darwin.

            Pero no puedo terminar este breve comentario sin referirme a la página 519 y traducir, lo mejor posible, la advertencia ética del filósofo:  “Si usted insiste en enseñar cosas falsas a sus hijos-que la tierra es plana, que el hombre no es un producto de la evolución por selección natural- debe esperar, por lo menos, que los que tenemos libertad de expresión nos sintamos libres para describir sus enseñanzas como propaganda falsa, e intentemos demostrárselo en la primera oportunidad que tengamos.  El bienestar futuro de todos nosotros en el planeta depende de la educación de nuestros descendientes”.

            La idea de Darwin de “descendencia con modificación” o evolución por selección natural explica los diferentes caminos y patrones del árbol de la vida sin perder el asombro y admiración que la acompaña.  El rechazo y repugnancia emocional a que eso suceda como un proceso algorítmico puede vencerse si observamos objetivamente cual es nuestra condición en medio de un huracán, un terremoto, un bosque incendiado y el paso del tiempo mientras leemos este libro fulgurante.    

           

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