Picó, Fernando, El día menos pensado: historia de los presidiarios en Puerto
Rico (1795-1993), Edición Huracán, Río Piedras, 1994.
Comentado por Leonardo López
Revista Luciérnaga, Año 2, número 1, enero-febrero 1996, págs.
11-13.
El concepto de la cárcel (de
un encierro forzado como castigo a un delito) es algo que la sociedad toma por
sentado como una acción adecuada y justa.
No siempre, sin embargo, fue así.
Las prisiones han sido el método más favorecido de castigo solo desde
finales del siglo XVIII. Antes había
otras modalidades: el
destierro, los trabajos forzados, la obligación de luchar en las guerras de un
señor o de una nación y hasta la mutilación corporal y/o muerte.
Este libro del historiador
Fernando Picó, intenta exponer lo que son las cárceles en Puerto Rico desde una
doble perspectiva. No sólo hace una
historia de la institución carcelaria en nuestra isla sino que también indaga
sobre “lo que significa ser un preso en nuestro país”. Ese doble enfoque resulta iluminador para el
especialista quien puede aquí datos históricos sobre los inicios, el desarrollo
y las características del sistema carcelario en Puerto Rico.
También lo es para el lector
consciente de uno de los mayores problemas de nuestro país: la criminalidad. Las maneras en que se trata de resolver ese
problema incluyen, en primer lugar, el encierro del delincuente o
trasgresor. ¿Es eficaz ese método? Si nos dejamos llevar por las estadísticas de
la criminalidad, siempre en aumento, se hace evidente que no lo es en absoluto.
¿Por qué?
Picó inicia su obra
caracterizando el desarrollo de la historiografía puertorriqueña en este siglo,
los tópicos más explorados y los que faltan por explorar. Entre ellos, el sector de los marginados, una
de cuyas formas es la encarcelación.
Luego hace la historia de las cárceles en Puerto Rico desde el siglo
XVI, cuando ese no era el sistema punitivo más utilizado. De hecho una de las acepciones originales de
la palabra presidiario se refiere al que trabaja en un presidio o
fortificación, castigo que era frecuente cuando la construcción de una ciudad murada era una prioridad en Puerto Rico.
A lo largo del siglo XIX
(específicamente bajo el gobernador Pezuela) hubo un
cambio de signo en el concepto del castigo carcelario y se empezó a ver la
reclusión misma como una sanción y también como una oportunidad de rehabilitar
al delincuente. Al final de ese siglo
hubo asimismo un cambio en los números de los presidiarios con un aumento
notable de presos debido en parte (como explica el autor) a la inestabilidad
causada por cambios sociales importantes que “susciten resistencias que son
adjudicadas como crímenes por la autoridad”.
El historiador traza el
perfil cambiante del presidiario puertorriqueño desde el momento de principios
de siglo XIX en que el grueso de la población carcelaria lo formaban disidentes
de la política peninsular enviados aquí a cumplir condenas. Luego fueron los esclavos los que formaron
mayoría seguidos sucesivamente por los jornaleros, los militares y los chinos,
traídos desde Cuba por haber cometido allí algún delito contra los capataces
que los supervisaban en su trabajo de la Carretera Central o contra los
mayordomos de las plantaciones cañeras.
Según cada sector social se veía sujeto a condiciones de vida onerosa o
arriesgadas, se suscitaban rebeldías que constituían “crímenes”.
En nuestro siglo los
presidiarios adquirieron un perfil diferente.
Hubo quienes fueron castigados por delitos electorales, quienes
desafiaron la Prohibición y también mujeres.
Hoy día el preso en Puerto Rico tiene la cara mayoritaria de un joven
común y corriente. Según las
estadísticas que cita Picó, uno de cada 80 hombres entre las edades de 18 y 45
años está preso. Hay algo que marcha mal
en país que no puede darle apoyo familiar, escolar, social y laboral a una
porción tan alta de ciudadanos.
El sistema carcelario al que se enfrentan
tampoco hace mucho por ellos. El
concepto de “purgar” la pena con tiempo de encierro contabilizado es uno que
merece revisión. Las consecuencias del
encierro también merecen mayor estudio: sobre todo la infantilización del
preso, o sea, transformación en un ser totalmente dependiente.
Picó
describe y analiza todas las circunstancias de la vida en la cárcel: la comida,
el vestido, los apodos, el horario, el cuidado de la salud, las resistencias y
fuegos. Describe la idealización de la
figura del presidiario a través de héroes populares como la “Palomilla” y
“Correa Cotto” (en los años 50) o “Toño Bicicleta” a finales de los 60 y principios de los
80. También incluye consideraciones
sobre las relaciones del preso con su familia y aquí con el personal de
corrección además las “solidaridades y conflictos entre los “presidiarios”
patentes en grupos como la Asociación de Confinados, en torno a la cual se
suscitaron tantos actos de violencia a principios de los años 80.
Finalmente,
el historiador sugiere que el sistema carcelario puertorriqueño refleja una
mentalidad de encierro, un afán aislador que se nota en otras manifestaciones
culturales (la más reciente es el cierre de las urbanizaciones). La mentalidad de dependencia que crea ese
afán de aislamiento y encierro es sumamente nocivo
para la sociedad. La cárcel de
hoy-concluye Picó-ni disuade del crimen, ni rehabilita al criminal e impone un
castigo “cruel e inhumano”. El sistema,
indica el historiador, es parte del problema y no de la solución.