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DESTACADO |
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| El Zaragoza brindó diez
minutos de entusiasmo (3-1)
El
Zaragoza levanta la mirada gracias al impulso de Corona
y a tres goles en el arranque del segundo tiempo, dos de
ellos regalos de un Oviedo que ya había perdonado en la
primera mitad. El resultado es alegre y contundente,
aunque en el fondo sonara hueco. |
 Fotógrafo:
CARLOS MONCÍN/ ESTHER CASAS Galletti celebra
su gol, que abrió diez minutos decisivos sobre los que el Zaragoza
construyó su victoria.
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El Zaragoza
se entusiasmó durante diez minutos, sólo diez, e hizo
papilla al Oviedo, que se marchó preguntándose qué le
había pasado. Tuvo la culpa Corona, que le cambió la
velocidad de acción al Real Zaragoza; y también Dorronsoro,
el portero del Oviedo, al que vimos convertir su área en
un circo en esos diez minutos en que todo ocurrió: el gol
inicial de Galletti, después de una salida terrible del
guardameta; el de Aragón, un pelotazo cruzado desde la
banda izquierda que era sólo un centro, y que acabó en la
red porque el meta asturiano lo miró como si no fuera con
él; y el último de Corona, sencillo y justo, para culminar
esos minutos de pasión.
El resultado aplasta todas
las observaciones, tiene una contundencia que no se puede
discutir, pero muere en sí mismo. Es un resultado bonito y
práctico, pero si se le pone el oído encima y se dan dos
golpecitos, suena a hueco. El partido del Zaragoza sólo
enseñó contenido en ese fugaz pasaje de diez minutos, del
49 al 59 de partido, que fueron un paréntesis, nada más. Y
Corona tuvo la virtud de intuir la debilidad del Oviedo, y
en su desgarro encontró el espacio para la velocidad, para
la combinación, para ese desborde suyo con la pelota atada
al pie. No fue tanto que Corona variara la dirección del
partido como que el partido se puso exactamente para
alguien como él, que se atrevió y ganó. Este matiz no le
quita méritos: Corona estuvo magnífico. |
Indulto |
Pero
hasta llegar a ese episodio favorable pudieron ocurrir
muchas otras cosas. Porque en la primera mitad la gente
aullaba su descontento con un Zaragoza que era otra vez
ese objeto inanimado de cada partido. Con este Zaragoza a
veces uno tiene la impresión de que todos los domingos son
el mismo domingo, hace ya tiempo. Cambian los marcadores y
las circunstancias, pero el equipo está muy visto: lento,
previsible, gris, nervioso, acaso triste a veces. Parece
una sombra que repite su perfil.
Ayer, durante 45
minutos, el Oviedo le quitó el balón y el control en el
largo tramo inicial, a pesar de la jerarquía de Aragón, y
le llegó por la izquierda con un Losada amenazante, y por
el medio con David Cano, poderoso, e Idiakez, que lanzó un
libre directo formidable salvado por Láinez a un
centímetro del larguero. Era gol si no lo evitaba el meta
aragonés, y también pudieron serlo un par de remates en
ventaja de David Cano, al que se le hicieron gaseosa las
botas.
Era un Zaragoza otra vez monótono, pero
quedó indultado y con empate a cero al descanso, cuando
Flores cambió a Juanele por Corona. Nada más ponerse en el
campo, éste se animó con un disparo, pero lo que ocurrió a
continuación tuvo poco o nada que ver con él o con ninguna
otra cosa. Ocurrió que un centro a la frontal del área lo
fue a buscar Drulic, algún defensa y también Dorronsoro,
que interpretó de forma pésima su territorio. El balón
salió cabeceado hacia el corazón del área, ahí lo discutió
otra vez por alto Toledo, y lo prolongó hasta el poste
derecho. Antes de que cayera, Soriano lo tocó y Dorronsoro
terminó su cadena de favores quejándose de falta en ese
salto que también perdió. La pelota le cayó a Galletti y
el argentino la empujó. No intenten comprender. O se ve o
no hay modo de creer la jugada.
El caso es que
significó el 1-0. Luego vino el centro combado de Aragón
que se comió el voraz Dorronsoro, y el Oviedo se salió de
las bisagras, y el Zaragoza se coló por todos los lados
sujeto a Corona, apoyado por Aragón, que había bajado el
ritmo y lo volvió a elevar, y por Cani, quien siempre se
suma a la fiesta y tuvo el tercero frente a Dorronsoro,
que se lo sacó: el rechace le vino en soledad a Corona,
que dejó el balón en la red. Entre los dos tantos sólo
había pasado un minuto.
El 3-0 era tan definitivo
como arbitrario. Lo acortó Oli, de cabeza, tras un fallo
de Ferrón y otro mayor de Paco. El resto fueron asuntos
menores: Yordi no alcanzó un par de remates, pero la grada
ya estaba prendida de alegría por los goles, tanto daba si
eran consecuencias o regalos. Al menos ayudaban a levantar
la mirada a este Zaragoza, que aún es poca cosa. |
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