Cuando Jordi Ferrón aterrizó en el Real Zaragoza,
llegaba al club una de las referencias principales de la
selección española que consiguió la plata en los Juegos de
Sydney. Antes de la cita olímpica, el catalán había completado
una campaña espectacular en el Rayo, soñando incluso durante
la primera parte de la Liga con alcanzar plaza de Champions.
Ferrón era el futuro, una especie rara en el fútbol moderno
que era capaz de desbordar en banda, servir buenos centros y
sumar un buen número de goles por temporada.
El fichaje de Miguel Ángel «Corona» se catalogó desde
cualquier atalaya como una buena operación de la secretaría
técnica zaragocista, que le había arrebatado al Madrid la joya
más brillante de su cantera. Motor de todos y cada uno de los
combinados nacionales inferiores, Corona era fútbol,
imaginación, el centrocampista genial que daría espectáculo y
pases imposibles.
Luciano Galletti cruzó el charco casi de la mano de
Saviola. Nadie dudó en afirmar que si el Barça fichaba al
futbolista argentino con más futuro, el Zaragoza se hacía con
los servicios del «número dos». Los mil millones de pesetas
que el club aragonés pagó por él, convirtieron al «Huesito» en
el segundo fichaje más caro de la historia zaragocista por
detrás de Drulic. Galletti venía para hacer las mismas
«gambetas» en distinto lugar. Del José Luis Hirch a La
Romareda sin escala en el regate.
Ninguno ha respondido a las expectativas, más quizá porque
no les hayan dejado que por no haber podido. Cuando llegó
Ferrón, su máximo valedor, Lillo, ya había sido despedido. El
fútbol alegre de Corona no encontró nunca lugar en el ideario
rocoso de Costa o Rojo. Y Galletti, poco a poco, vio la pasada
temporada que sus minutos de gloria eran cada vez más escasos.
Ahora, la sensación de que todos son el futuro vuelve a estar
intacta. La pena es que su proyección lleva, al menos, un año
con el freno de mano.
PEDRO BELLIDO