Como si de
la novela de Alejandro Dumas se tratara, cuatro
jugadores dejaron su sello el domingo pasado en el Carlos
Tartiere. Cuatro mosqueteros que fueron fundamentales en la
victoria y en el juego del equipo. Mosqueteros que más que
nunca pusieron de moda el famoso grito de «Todos para uno y
uno para todos».
Soriano estuvo magnífico como defensor y creador en
el centro del campo. Manejo su espada cual Athos,
blandiendo sus largas piernas ante cualquier embestida del
enemigo en ataque. Impuso su experiencia en las batallas
libradas en la categoría, y demostró que su concurso llega a
ser imprescindible. Del cuarteto es quizás el que mas
desapercibido pasa, pero es tan necesario como el que más.
Iban Espadas luchó y peleó como Portos,
combatiendo por conquistar cada centímetro de terreno enemigo,
saliendo en apoyo constante de sus compañeros de batalla. Si
alguien le necesitaba y no sabía a quién pasar la pelota,
aparecía a su lado para darle un apoyo o una pared que le
librara del defensor, dejándole en posición cómoda para
terminar la jugada. Su aparición en el capítulo de Oviedo, fue
como un soplo de aire fresco.
Galletti con su elegancia parecía un Aramis
cualquiera. Su rapidez en el manejo de la espada dejó
boquiabiertos a sus enemigos. Durante todo el partido libró
una dura pelea por conseguir batir la puerta enemiga y al
final con un certero espadazo abrió una brecha que supuso el
dos a cero definitivo. Machaca tanto a su adversario por la
banda que si no consigue derrotarlo por habilidad, al final lo
hace por cansancio. Un rival al que no me gustaría enfrentarme
en un duelo.
Y, cómo no, el favorito y el héroe del cuento,
D’Artagnan - Cani, el espadachín, que con su habilidad
abre las defensas contrarias, con su fantasía es capaz de
crear goles tan asombrosos como el marcado el domingo pasado.
Es la esencia misma de lo que debe ser un verdadero héroe de
cuento. Cuando menos te lo esperas te sorprende con un juego
de pies, con una escena en la que lucha con cuatro contrarios
y sale indemne del desafío, consiguiendo además al final un
lance que hace que el balón acabe dentro de la portería. Todos
sus compañeros esperan que haga algo mágico, y al final lo
hace.
Ojalá que las aventuras de estos cuatro mosqueteros acaben
bien. Que en sus duelos dominicales saquen a relucir su clase
con el balón en los pies, y que nosotros como
lectores-espectadores de sus hazañas, vibremos con cada
embate. Es necesario que el epílogo acabe con un ascenso.
Lástima que el final de este cuento no esté todavía escrito.
JESUS SOLANA