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Hace tiempo, el nombre de Tinduf era desconocido para mí. Tinduf
es una triste ciudad en el suroeste de Argelia, asentada en el inmenso
desierto como una gota de agua en medio del océano. Desde que
conozco a los saharauis, Tinduf se convierte en un lugar cercano, conocido,
hasta el punto de oír su nombre me pone contenta.
Porque para ir hasta ellos tienes que ir a Tinduf.....
Llegamos la tarde del sábado 15 de febrero después de
¿dormir?, bien, mejor dicho descansar en Argel, pues cuando voy
a los campamentos, hay dentro de mi un mecanismo que hace que el sueño
me abandone, supongo que soy consciente que el tiempo es infinito para
los saharauis, pero no para mí, por eso devoro el tiempo que
estoy con ellos sin dar tregua al sueño.
Al aterrizar por cuarta vez ya, pierdes los miedos de la primera y te
sitúas en el camino de la aduana con una confianza que sólo
se da gracias a la alegría de saber en donde te encuentras. Es
allí donde desde algún rincón de la terminal, surge
una voz desconocida pero familiar al mismo tiempo que pronuncia el saludo
que tantas ganas teníamos de oír: Salam Alekom, alekom
as salam, yek le bes, yek el jer, yek slama, hamdula, mashallah, y así
hasta el final. Aún nos queda camino pero ¡hemos llegado!.
Dajla me espera a 140 Km.de tortuoso camino .Pero primero iremos a Rabuni,
donde somos recibidos los extranjeros, a dejar el material que hemos
traído. Después nos pondremos en camino hacia el Aaiun
junto con Ahmed, Nuenna y sus hijos Lab y Abdu. No los había
visto nunca, pero al conocerlos, supe que los recordaría el resto
de mi vida. Ellos son la familia de mis amigas, y al ver como se abrazaban
al reencontrarse no pude dejar de pensar en como sería el reencuentro
con los míos. Y al llegar a la casa de Ahmed en BuCraa lo supe:
los ojos de la amiga que espera, los brazos que se abren y cierran alrededor,
te hacen sentir que estás con los tuyos. Aicha no dijo nada,
yo no pude hablar, pero después de diez meses, mi amiga estaba
conmigo.
Después de hacer el trabajo que tenia encomendado en el Aaiun,
dejaría a las viajeras con los suyos y nos fuimos a Dajla en
un Land Rover que parecía sacado de la película "Mad
Max", pero un vehículo al fin y al cabo. Como me diría
Brahim días más tarde cuando yo intentaba infructuosamente
encajar la puerta de su coche en el chasis:"La puerta no se cerrará
más, es un coche en el Sahara".
Cuando se va a Dajla es importante ir cerca de otro vehículo
y así lo hicimos. Los saharauis saben que en este recorrido pueden
surgir mil imprevistos, más no fuimos nosotros quienes los tuvimos,
sino el otro coche con el cual acordamos ir juntos: pinchó y
no llevaba rueda de recambio. Y fue allí, en la llamada Ard ef
Gamar o Tierra de la Luna en donde nosotros dejamos de tener rueda de
recambio. Me encomendé a Allah para no pinchar. Y no pasó.
Empiezo a sentir cómo la arena me va penetrando por todos los
rincones, me sorprendo a mi misma contestando a una pregunta de Aicha
con un afirmativo "EHE", empiezo a reconocer lugares recordados,
queridos, conocidos y cuando parece que el cuerpo no puede con más
desierto se aparece delante de nosotros un farolillo rojo en medio de
la oscuridad: es el control de Dajla; detrás, las primeras casas
y corrales de Chrefia, Argub y después Umdraiga, mas allá
Bojador, Gleibat Fula para acabar en AinBeida y Bin Nzaran.
Será en Gleibat donde bajaré del coche para abrazar a
Abida. "Bienvenida hija", me dirá, lo mismo que a su
hija Aicha. Quisieras parar el tiempo para darte cuenta de quien te
abraza y a quien abrazas. Están todos los que vi la última
vez, además de Buzeid, quien no me abraza ni me dice nada. Buzeid
tiene tres meses y me sonríe. Y será entonces cuando Tueitu
(Fatimetu) me cogerá de la mano y ya no la dejará. Será
una noche de luna llena en Dajla, muy llena.
Y tendré que esperar al día siguiente para volver a ver
a Hadija llegar de la escuela corriendo porqué ha oído
que he llegado, aún sin la melfa, aún una niña,
la pequeña de la casa, aún demasiado pequeña para
ir a Argel a estudiar, me dice Mkeyli, su madre. Y tampoco se despegará
de la mano que tengo libre en los próximos días. Días
en que compartirán conmigo lo poco que hay, lo poco que tienen,
porqué no les he dado opción a prepararse. Llegar sin
avisar es duro para ellos ¿qué van a ofrecerte? También
es duro para mí ¿así es cada día en sus
vidas?....Pero reaccionan rápido, has vuelto con ellos y eso
es lo importante; y yo me repongo un poco porque vuelvo a estar con
ellos y eso es lo que importa.
Y se acerca el momento de abrazar el trocito de mi corazón que
late a casi 3.000 Km lejos de mi. No tengo más manos para que
se pegue a ellas, pero que más da, el sabe que ese trocito de
corazón es sólo suyo. Encuentro a Banahi en casa, no ha
ido al colegio y sólo verme aparecer me dice: "estoy enfermo".
Tiene fiebre y debe pensar que ve una visión. Y entonces se acerca
y acurruca su cabeza bajo mi brazo y me pregunta: ¿cuantos días
te quedarás?. La abuela Ama no tiene nada para hacer que la fiebre
baje, y lo solucionamos rápidamente con un poquito de Paracetamol
y a la 1/2 hora está bailando el "Aserejé" como
si aún estuviéramos en la fiesta mayor del pueblo.
A partir de aquel momento el gigantesco reloj de arena empieza a correr,
a veces despacio, a veces más rápido de lo que yo quisiera,
y nos tomaremos infinidad de Tais con la infinidad de conocidos que
encontraré, y conversaremos horas y horas, sobre lo bueno, y
si yo lo deseo, sobre lo no tan bueno. Porque los saharauis son así,
te dirán siempre que "están bien", pero yo sé
que no es así, que las cosas "no están nada bien".
Sus ojos lo dicen todo, y a veces, cuando el momento es propicio y las
ganas de explicar cómo se sienten realmente pueden con su pragmatismo,
se producen momentos irrepetibles, en los que no puedes articular palabra,
y lo único que puedes hacer es escuchar y agradecer que te lo
estén diciendo a ti, como si fueras una más de ellos.
Y jugaré interminables partidas de dominó, y al "Chanchaleta"
y al Visi-Visi, y a cualquier juego ingenioso que ellos me enseñaran,
porque saben muchos juegos, porque algo han de hacer en la Hammada,
y jugar te mantiene vivo.
Y de pronto los días se diluyen como la Henna que me hicieron
en el Aaiun, tan oscura el primer día y tan anaranjada ahora.
Este viaje a la conciencia ha llegado a su fin y ellos se quedarán
aquí. ¿Hasta cuando?.
Banahi me pregunta."¿Vendrás en el mes cuatro"?.
Yo me pregunto:"¿Vendrás tú en verano?".
Nadie lo sabe, pero yo te espero. Y tengo que aprender de él
a tragarme las lágrimas, como hace él, que es un hombre
y no llora.
Pero Hadi no sabe aguantar las lágrimas, como yo, y su madre
la consuela cuando me voy. Mi desconsuelo no tiene solución porque
la despedida es la de siempre: "¿volverás pronto?".
Y volver significa que ellos aún siguen ahí.
Ahora me voy impregnada de una esencia que es la suya. Y ahora me toca
explicarlo a todo el mundo.
Dejar Dajla a la espalda cuesta. El camino a la inversa se convierte
en más tortuoso. Aicha no dice nada, no es necesario, tan sólo
me coloca su mano encima de mi hombro y me deja en mi silencio. En Rabuni
encontraré a las compañeras y allí quedarán
el fantástico Land Rover y sus tres fantásticos tripulantes,
pero Nuenna, Ahmed, Lab, Abdu y Aicha vendrán con nosotras hasta
Tinduf. Al llegar el momento de pasar el control de pasaportes nos abrazamos
todos, pero Aicha y yo lo retrasamos y nos cogemos de la mano hasta
que sólo quedo yo por pasar. Y tiene que irse .Lo que nos dijimos
no es importante, siempre quedan tantas cosas por decir.....¡Ah!
Ahora lo recuerdo. Me dijo:"No me olvides".
Cómo podría.
Mercè

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