Pagina nueva 1

 

 

 

 

PROLOGO.

Observo el océano. No se por que, pero siempre ha tenido un efecto hipnótico en mi. Su movimiento me calma, y sus sonidos me traen recuerdos que siempre consiguen hacerme sonreír. Hace años que no me pierdo en sus aguas, recuerdo lo mucho que me gustaba hacer surf. En realidad, todo lo relacionado con el agua me encantaba.

Ahora mi cuerpo me impide volver a sus aguas, incluso caminar por la arena es toda una aventura. Alguien pensaría que esto me deprime, pero no. A mis 82 años he conseguido acostumbrarme a estos cambios con la edad. He tenido, y tengo, una vida plena, y no me quejo en absoluto.

Mi esposa me llama desde la casa, la saludo con la mano. Se que le preocupa que coja una pulmonía aquí fuera, aunque es verano mi chaqueta verde viene conmigo a todas partes. No es que las noches sean frías en esta época, si tuviese cuarenta años menos me estaría asando de calor, pero a día de hoy toda temperatura inferior a 35 grados me hace estornudar. Es lo que tiene ser tan viejo.

Voy renqueando por la arena con dificultad, apoyando mi bastón, que es casi tan viejo como yo, con cuidado. A medida que me acerco a nuestra casa me llegan las risas de las niñas. Mis nietas preferidas ya han llegado. Tengo cuatro hijos, nueve nietos y otro en camino. Y ser abuelo es sin duda la experiencia más maravillosa de mi vida. Cuando cruzo la puerta, Tania y Pat se me echan encima y están a punto de tirarme al suelo. Son dos criaturas adorables, como su madre, que las observa desde la cocina.

-                                                                           Niñas, cuidado o haréis caer al abuelo – dice la más pequeña de mis hijas con una sonrisa. Es increíble que mi pequeña ya este rozando los cuarenta.

-                                                                           Si mami! – contestan mis pequeñas a coro mientras me liberan del abrazo.

Tania y Pat tienen 9 y 12 años, son tan rubias y tan hermosas que nadie queda indiferente cuando las mira. Son la viva imagen de su abuela, y me siento orgulloso. Me siguen hasta el salón y, mientras maniobro para sentarme en mi vieja mecedora, me cuentan como pasarán las vacaciones. Cuando ya me he acomodado, se sientan sobre la alfombra, yo oculto una sonrisa. Se muy bien lo que van a pedirme.

-                                                                           Abuelo, cuéntanos esa historia otra vez. – dice Pat.

-                                                                           Oh, ¿esa historia tan aburrida? – pregunto pícaramente.

-                                                                           ¡No es aburrida! – protesta Tania. – Anda cuéntanosla.

Finjo que me lo estoy pensando, pero en realidad me muero por volver a contarles esa historia. Cada fin de semana me la piden, y cada fin de semana estoy deseando que vengan para poder contarla. Es una historia tan vieja como yo pero, ¿acaso no son esas las mejores?

Me llamo Nicholas Gene Carter.

Y esta es la historia del amor de mi vida.

 

 

CAP 1.

Estábamos a finales del 2005, por aquel entonces los chicos y yo nos tomamos unas semanas de descanso tras la intensa gira. Yo salía con una chica increíblemente rica y, como descubrí más tarde, increíblemente tonta. Se llamaba Paris, me volvía loco. Pero aún así me la lleve de vacaciones conmigo y ella se llevó a su repelente chihuahua.

Creo que ese fue el primer gran error de mi vida.

Elegimos pasar las vacaciones en España. Yo había estado allí hacia poco, pero entre concierto y concierto me había quedado con las ganas de ver algo más de ese increíble país. Así que hicimos una reserva en el Arts de Barcelona decididos a pasar las mejores vacaciones de nuestra vida.

La primera tarde la pasamos como dos turistas más: recorriendo tiendas y visitando las ramblas. La verdad es que me alegró ver que Paris, con su modelito de Versace, llamaba más la atención que yo. No me malinterpretéis, adoraba y aún adoro, a mis fans, es solo que de vez en cuando me gustaba volver a ser un chico normal.

Después decidimos ir a cenar a un restaurante típico. Al principio estaba un poco mosqueado: Paris se empeño en que el chihuahua también venia a cenar, pero en el restaurante no nos pusieron pegas (por supuesto después de que mi novia repitiese que era una Hilton unas ocho veces, claro), así que decidí relajarme, al fin y al cabo ¿quien era yo para privar al pobre perro de una cena de primera?. La verdad es que había disfrutado mucho del día y la noche se presentaba bastante bien. El dueño del restaurante nos habló de un club, que no quedaba demasiado lejos en coche y que podía gustarnos. Volvimos al hotel (Paris no podía llevar el mismo vestido más de tres horas seguidas) y allí comenzó la tercera discusión en las últimas 24 horas.

-                                                                           Mira, pase que el perro viniese al restaurante, pero ¿al club? ¡ni hablar! – dije enfadado.

-                                                                           ¡Nick estas hiriendo los sentimientos de mi pobre chuchi! 

Paris gritaba como una posesa, algo que siempre se le ha dado muy bien.

                                         No podemos dejarle solito en un hotel que no conoce. – y añadió mirando al pobre perro. - ¿verdad que no quieres que papi y mami te dejen solito?

El chihuahua ladró como dándole la razón.

Media hora después nos fuimos hacia el club en el coche que habíamos alquilado esa misma mañana. Por supuesto el perro vino con nosotros, con la condición de que fuese, en palabras de Paris, un “perrito educado”.

 

Solo nos faltaba un kilómetro para llegar al club, que estaba en una localidad cercana, cuando el chucho decidió dejar de ser educado: empezó a mearse sobre el carísimo vestido Dolce & Gabbana de Paris.

-                                                                           ¿Pero que...? ¡¡¡AAAAHHHHHHHH!!!!!!!!!!!

Paris apartó al perro de un manotazo, el chihuahua se lanzo sobre mi (todo esto sin dejar de mear, claro) y yo intente apartarlo, pero me mordió.

Fue solo un instante, ni siquiera me di cuenta de que había soltado el volante mientras expulsaba al animal al asiento de atrás. Cuando volví a mirar a la carretera, ya era tarde.

Había invadido el carril contrario. El coche que venia hacia nosotros dio un volantazo para evitarnos. Yo hice lo mismo.

No chocamos, pero cuando mire por el retrovisor pude ver que el coche había golpeado los guarda raíles y se alejaba dando vueltas de campana.

Frené de golpe, me apeé y corrí hasta el otro coche mientras oía las protestas de Paris. El coche había quedado de lado, olía a humo y a neumático quemado. Cuando estuve lo suficientemente cerca, la vi.

La chica había quedado en una posición extraña, pero respiraba aunque parecía inconsciente. Abrí la puerta con esfuerzo mientras le gritaba a Paris que llamase a una ambulancia por el móvil. “Maldito perro” pensé, e intenté llegar hasta la chica, pero lo máximo que conseguí fue coger su mano. Temblaba.

-                                                                           Tranquila – le dije en mi pésimo español– Todo va a salir bien.

La joven abrió los ojos durante un segundo.

Y me miró.

Creo que nunca he vuelto a ver unos ojos como los suyos. En menos de lo que dura un parpadeo volvió a perder la conciencia, y yo no pude más que quedarme, aferrando su mano, esperando a la ambulancia.

 

 “Maldito gilipollas!!” pensé mientras daba un volantazo para esquivar al imbécil que había invadido mi carril.

Se suponía que ese día yo no trabajaba, pero mi compañera me había cambiado el turno y me tocó servir cafés hasta tarde. Trabajaba en esa cafetería para pagarme los estudios y aunque cerraban mucho más tarde que otros locales similares, me gustaba lo que hacia. El único inconveniente eran los días como ese, en los que me tocaba hacer caja y terminaba a las tantas. Siempre había algún idiota que hacia el payaso por la carretera a esas horas en las que casi no había tráfico, pero el de esa noche se llevaba la palma. Conseguí esquivar el coche y me di cuenta de que había estado aguantando la respiración. Me permití felicitarme mentalmente a mi misma por haber realizado la maniobra con éxito y sonreí.

Pero no me duró mucho.

No logre recuperar el control del coche a tiempo y golpeé el guarda raíles. El coche empezó a dar vueltas conmigo dentro. En algún momento, y a pesar de que llevaba el cinturón de seguridad, mi cabeza golpeó algo. Todo se oscureció. Luego oí una voz diciendo algo que no entendí. Sonaba muy lejana.

Abrí los ojos.

Lo último que vi fueron dos ojos azules. En ese momento pensé que era un ángel. Luego me perdí de nuevo en la oscuridad.

 

 

CÁP. 2.

Fue una noche larga. Mientras la ambulancia se llevaba a la joven, la policía nos hizo un sin fin de preguntas a Paris y a mi. Creo que al principio el policía no se tragó mi versión, pero tras comprobar que la prueba del alcohol daba negativo, y escuchar las quejas de Paris, acabó creyéndome. Yo diría que hasta se compadeció de mí. Nos dejaron volver al hotel con la condición de que deberíamos declarar ante el juez unos días después. O al menos eso entendí.

Lo primero que hice al llegar a nuestra suite fue buscar en la guía de teléfonos. Quería averiguar a qué hospital se habían llevado a la chica, pero tenía al mundo en contra: mi español era pésimo, la mujer del otro lado del teléfono no tenía ni idea de inglés, y por si fuera poco, Paris seguía gritando y lamentándose por su estropeado vestido. Me estaba poniendo de los nervios.

-                                                                           ¿Quieres hacer el favor de callarte? No oigo lo que me dicen – le espeté intentando entender lo que decían al otro lado del teléfono.

-                                                                           ¿Que me calle? ¡ja! Mi vestido esta hecho una mierda y es culpa tuya!

-                                                                           ¿Culpa mía? ¡¿Culpa mía?! ¿De quien es el perro, eh? ¿Y de quien fue la genial idea de llevarlo al club?

-                                                                           ¿Y quien se quedó media hora esperando a la ambulancia? Si hubiésemos vuelto inmediatamente me lo habrían solucionado en el servicio de tintorería del hotel.

-                                                                           ¡Oh, discúlpeme su real majestad! Mira que había llegado a pensar que socorrer a una chica inconsciente era más importante que un vestido sucio. – dije con sarcasmo.

-                                                                           La ambulancia habría llegado igual. ¿Y si nos hubiese pillado la prensa? Tú no lo entiendes, no tienes que guardar una imagen.

-                                                                           ¿ah no?

-                                                                           No, las petardas de tus fans te quieren igual.

-                                                                           Paris no te consiento que hables así de mis...

-                                                                           ¡¡Hablo como me da la gana Nicholas!! – oops... ¿Me había llamado Nicholas? Bien, eso significaba que iba a cortar conmigo... ¿que era? ¿la cuarta vez en un mes? ¿o tal vez la quinta? Era tan difícil llevar la cuenta...

-                                                                           OK, ¿pido yo otra habitación o la pides tú? – dije recobrando la calma.

-                                                                           Yo lo haré.

 

Quince minutos después, Paris, el perro y la mitad de su equipaje (trasladarlo todo en una noche hubiese sido imposible) se alojaban a la otra punta del pasillo, y yo tenia una encantadora suite para mi solito. No es que la ruptura con Paris no me afectara, me afectó muchísimo...las tres primeras veces. Cuando ya has roto y te has reconciliado con la misma persona veinte veces, pierde la emoción.

Así que llamé a recepción y pregunté si alguien podía hacer de intérprete para mí. Una preciosa morena subió a mi suite y en menos de cinco minutos ya había averiguado en que hospital estaba la chica, el número de habitación, las horas de visita, su estado general y hasta su nombre. Tuve la tentación de buscar “eficacia” en el diccionario por ver si salía su foto.

Miré el reloj, aun tenia tiempo de dormir unas cuatro horas antes de que comenzase el tiempo de visitas del hospital. Me dejé caer sobre la enorme cama y dormí pensando en si a la joven del accidente le gustarían las rosas.

 

 

CÁP. 3.

Llegué al hospital con media hora de adelanto, algo bastante raro en mí, pues siempre llego tarde a todos los sitios, y me dispuse a esperar. Sin embargo la suerte estaba de mi lado: yo estaba sentado en la sala de espera, con mi enorme ramo de rosas sobre la silla de al lado, cuando mi intuición me dijo que la enfermera que acababa de pasar por delante de mi era una de mis fans.

No sé cómo lo supe.

Quizás fue por que cuando me vio puso los ojos como platos.

O tal vez por que la bandeja que llevaba llena de tubitos se le cayó al suelo. No sé, tal vez fue por que al agacharse a recogerlos casi se golpea la cabeza por no dejar de mirarme.

O por que cuando me acerqué a ayudarla tartamudeó más de la cuenta al darme las gracias.

Sea como fuere, la cuestión es que mi intuición acertó. Era una fan. Y después de un par de autógrafos me coló en la habitación. Gajes del oficio, alguna ventaja iba a tener el ser famoso, ¿no?

 

Desperté con un tremendo dolor de cabeza. ¿Dónde estaba?

Miré a mi izquierda y fui echando un vistazo a mi alrededor: una mesilla blanca, una ventana cerrada, pared blanca, pared blanca, ¡que cuadro tan horrible!, sábanas con el logotipo de la seguridad social, uy, me da a mi que esto va a se un hospital... ¡anda! ¿Y este?

A mi derecha había un chico. Tenía el pelo rubio y los ojos azules. Sonreía. ¡Me sonreía a mi! Entonces reparé en las rosas: una preciosa docena de rosas junto a mi cama. Volví a mirar al chico, esos ojos... ¿donde había visto yo esos ojos? El tema era que el rubio me resultaba muy familiar. Miré de nuevo las rosas, ¿las habría traído él? ¿o serian de Albert?. Tanta pregunta empezaba a marearme, así que cerré los ojos.

- ¿Te encuentras bien? – le oí decir con un acento raro –  ¿Quieres que llame a alguien?

Abrí un ojo con esfuerzo y le mire. El pobre no pudo evitar reírse.

-                                                                           Mmmm....si, estoy bien, solo un poco mareada. – vale, el rubio hacia verdaderos esfuerzos por entender lo que yo le había dicho.

Por un momento pensé que iba a sacarse un mini diccionario de bolsillo y a buscar como un loco el significado de la palabra “mareo”. Así que fui una buena chica y se lo repetí en inglés. ¡Que carita de alivio puso el pobre!

-                                                                           Me alegro de que tú domines el inglés mejor que yo el español.

-                                                                           Si, bueno... – sonreí. – no quiero parecer maleducada pero, ¿que haces aquí? ¿nos conocemos? La verdad es que tu cara me suena bastante, pero ahora no caigo.

-                                                                           En realidad no nos han presentado. Me llamo Nick.

-                                                                           Encantada, yo soy Elisa. Bueno, ya me has contestado a una pregunta pero, si no nos conocemos ¿cómo vienes a visitarme al hospital?

-                                                                           Yo no quería molestar... – dijo empezando a levantarse.

-                                                                           Si no es por eso, es solo que me pica la curiosidad. – volvió a sonreír de nuevo, y yo me sentí aliviada. No había querido ofenderle.

-                                                                           En realidad es culpa mía que estés aquí, bueno...no. La culpa es del chihuahua de mi novia.

Empecé a reír a carcajadas imaginándomelo del brazo de un chihuahua gigante, pero tuve que parar en seco cuando un dolor sordo se apoderó de mis costillas y la cabeza empezó a darme vueltas de nuevo.

-                                                                           ¿Estas bien? – dijo bastante preocupado.

-                                                                           Si, eso creo...Un consejo no te rías nunca si tienes más de dos costillas rotas. – le dije.

-                                                                           En tu caso son tres costillas, la pierna derecha y...

-                                                                           Y un buen golpe en la cabeza. Oye, te sabes mi ficha mejor que la enfermera. – ahora le tocó a él reír.

-                                                                           Llamé anoche para saber como estabas y me lo dijeron.

-                                                                           Vaya, gracias. Volviendo al tema, decías que por culpa del chihuahua de tu novia estaba yo aquí.... ¿tiene pedigrí?- dije aguantando las ganas de reírme.

-                                                                           Jajaja! Si, podría decirse que si. – estaba llorando de la risa.

-                                                                           Mmm....me refería tu novia.

-                                                                           ¡Yo también!

-                                                                           Bueno, ahora en serio, explícame lo que pasó, ¿quieres? Por que yo solo recuerdo que un idiota se metió en mi carril y... – dejé de hablar por que la expresión de su cara cambió radicalmente. – Un momento ¿eras tú?

 

Ok, ya esta, ya lo sabia, ¿y ahora que? ¿Cómo se lo explicaba? Me sentí bastante estúpido. Elisa me miraba sorprendida. Y yo decidí contarle mi versión del accidente.

-                                                                           ¿Me estas diciendo que voy a pasarme una semana mínimo en el hospital por culpa de un chihuahua?

-                                                                           Eso creo. Lo siento.

Pasaron unos minutos antes de que me contestara. Supongo que se lo tomó bastante bien.

-                                                                           De acuerdo, pero que sepas que ni tu novia ni tu perro me caen muy bien en este momento.

-                                                                           ¿Y yo? – pregunté.

-                                                                           Bueno, eso depende, ¿esas rosas son para mí? – dijo con una chispa de picardía en los ojos. Sonreí.

-                                                                           Claro.

-                                                                           En ese caso, estas perdonado. Además, creo que ya se de qué te conozco.

-                                                                           ¿Ah si? – yo esperaba que me dijera que me conocía por los BSB, pero una vez más me sorprendió.

-                                                                           Ajá. Tus ojos fueron lo último que vi antes de perder la conciencia, ¿verdad? – dijo triunfante. Yo me quedé de piedra. – Sabía que tu cara me sonaba.

 

CÁP. 4.

Pasé gran parte de la mañana en el hospital. La verdad es que lo pase estupendamente con Elisa, hablamos un poco de todo y nos reímos mucho, aunque creo que esto último la dejó bastante dolorida.  Regresé al hotel con una sonrisa en los labios y con la promesa de que iría a verla al día siguiente, pero al entrar en mi habitación la sonrisa se me borró de golpe: el pequeño chihuahua de Paris salió a recibirme.

-                                                                           ¿Qué haces aquí? – le pregunté al animal mientras lo cogía para apartarlo de la puerta.

Fue entonces cuando vi la cama y a ella. Paris estaba recostada sobre mi cama con un conjunto de lencería que llamó mi atención.

-                                                                           ¿No crees que a eso le falta un poco de tela? – dije sin poder ocultar el deseo en mi voz.

-                                                                           Quería que te quedara claro que quiero hacer las paces contigo. – respondió con picardía.

Durante toda nuestra relación esos momentos han sido una constante. Creo que nos gustaba tanto discutir solo por la emoción que suponía el reconciliarse de nuevo. Dejé al perro en el suelo y me acerque hasta la cama, Paris me hizo una seña para que me sentara a su lado y accedí.  Ni falta hace decir que en toda la tarde no abandonamos la suite, ¿para que estaba el servicio de habitaciones si no?

 

A la mañana siguiente, dejé a Paris de compras y yo volví al hospital.

- ¡Hola!

A Elisa se le iluminó la cara nada más verme.

- Hola pequeña, ¿que tal pasaste la noche? – pregunte sentándome cerca.

- Mmm...deja que recuerde, ah si! Salí a cenar con Hugh Grant, y luego me fui de fiesta por ahí hasta las tantas, y después...

-  Deja que lo adivine, ¿te aburriste como una ostra, verdad? – bromeé

- Pues si – dijo resignada.- ¿Y tú?

- No estuvo mal – respondí con una sonrisa. – Tengo una sorpresita para ti.

- ¿Para mi? ¿Y qué es?

Le guiñé un ojo y salí de la habitación. Cuando volví, su cara era un poema.

-                                                                           ¿Una silla de ruedas? Pero para que.... – entonces lo entendió. - ¿Vas a sacarme de aquí? ¡oh mi salvador! – dijo entre risas.

-                                                                           Más o menos. Te voy a llevar al jardín.

Me acerqué a ella y pase un brazo por su cintura, el otro bajo sus piernas. Cuando la levanté soltó un gemido, le había echo daño en las costillas.

-                                                                           Lo siento, ¿estas bien? – dije dejándola en la cama de nuevo.

-                                                                           Uff, si, eso creo.

-                                                                           ¿Lo intento de nuevo o prefieres dejarlo?

-                                                                           ¡Ni loca! Yo no aguanto un día más entre estas cuatro paredes!

Volví a cogerla en brazos y esta vez conseguí dejarla en la silla. Estaba un poco pálida, pero me sonrió.

-                                                                           ¿Nos vamos?

 

Nick me llevó al jardín, en realidad yo ni siquiera sabia que el hospital tenia uno pero lo agradecí. Nunca me ha gustado estar encerrada y cuando sentí el sol en la cara y el suave airecito que corría por allí sentí un gran alivio. El jardín era bastante pequeño, pero tenía unos cuantos árboles grandes que daban sombra y una pequeña fuente con peces de colores. Había varios niños con el pijama del hospital sentados en los bancos con sus padres, leyendo cuentos o charlando.

-                                                                           ¿Te parece que nos sentemos a la sombra de aquel sauce? – dijo Nick a mi espalda.

Siempre me gustaron los sauces. Así que le dije que si y nos acercamos al enorme árbol. Yo me quedé en mi silla y Nick se sentó en el suelo junto a mí. Estuvimos hablando un buen rato, hasta que algo llamó su atención. Sin decirme una palabra, se levantó y empezó a empujar mi silla.

-                                                                           adonde vamos?

-                                                                           Mira allí.

Un par de niños en silla de ruedas hacían carreras dando vueltas al jardín.

-                                                                           Ah no, de eso nada. Nick, no! – me di la vuelta para mirarle y vi que en su cara se había dibujado una sonrisa traviesa.

 

 

Siempre había querido hacer una carrera de esas, solo que no se me había presentado la oportunidad. Hacia mucho tiempo que no me reía tanto. Dimos vueltas y vueltas compitiendo con los niños hasta marearnos. Elisa no paraba de reír. Cuando más tarde la dejé en su habitación, tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes.

Creo que, aunque yo entonces no lo supe,  ese fue el momento exacto en el que me enamoré.

 

CÁP.5

Desperté con una sonrisa en la cara, había estado soñando con las carreras del día anterior. ¿Que tenia ese Nick que me hacia sentirme tan bien? No lo sabia, pero se había convertido en un gran amigo.

¿Amigo?

Un momento ¿cuanto hacia que le conocía? ¿tres días? ¿y ya le consideraba mi amigo? Volví a recordar la visita al jardín y...

-                                                                           Ey! Si sigues sonriendo así pensare que te has enamorado de otro.

-                                                                           ¡Albert!

Mi sonriente novio se acercó hasta mí y me besó.

-                                                                           El mismo. Nena perdona por no haber venido antes, he estado muy liado con el trabajo y...

-                                                                           Tranquilo, ya se que los horarios de visita te van fatal.

Albert era mi novio desde hacia un año y medio. Días antes le había llamado para contarle lo del accidente, pero no había podido venir a visitarme.  Últimamente no nos veíamos mucho por culpa de su trabajo: esperaba un ascenso en la empresa y hacia todo lo posible por conseguirlo. Tantas horas extra habían relegado nuestra relación a un segundo plano: llamadas de teléfono y escasas citas los fines de semana. Yo intentaba entenderlo, pero era duro.

-                                                                           ¿De qué reunión te has escapado? – bromeé.

-                                                                           Jejeje, la verdad es que, ahora que lo dices tengo una con el jefe dentro de diez minutos. Estoy seguro deque me va a dar el ascenso.

-                                                                           Oh...que bien – dije algo decepcionada. Ilusa de mí había creído que iba a pasar la mañana conmigo. – entonces, ¿te vas ya?

-                                                                           Si cariño. Oye, de verdad que te lo compensaré, cielo.

Albert se acercó y me besó. Justo en mitad del beso escuché un carraspeo.

 

 

-                                                                           Ejem – dije.

Esa mañana, cuando llegué al hospital no pensaba encontrar a nadie en la habitación de Elisa. Ella me había dicho que no tenía familia en Barcelona y que sus amigas trabajaban a esas horas. Nunca mencionó a un amigo, ni mucho menos a uno con derecho a roce.

Dios, como me dolió ese beso.

Ooops... ¿celos? no, claro que no. ¿Por que iba a tener celos? Acababa de dejar a Paris dormida y medio desnuda en mi cama, ¿por que iba a importarme que Elisa tuviese novio y que no me lo hubiese dicho? O ¿por que iba a ponerme furioso que él la besara así delante de mí?

Intenté apartar esos pensamientos de mi cabeza y me fijé más en el chico. Era moreno, de mi estatura e iba vestido como un ejecutivo: traje chaqueta, corbata...

Me estaba asfixiando solo de verlo.

-                                                                           Hola! Tu debes ser Nick, verdad?

El chico me tendía la mano sonriente. Por un momento tuve unas ganas enormes de darle un puñetazo, pero el momento de “psicópata asesino” pasó y acabé dándole la mano.

-                                                                           Si – dije.

-                                                                           Yo soy Albert, Elisa me ha hablado mucho de ti.

-                                                                           ¿A si? – dije arqueando una ceja “a mi de ti no”. – Oye, esto...no quería interrumpir...

-                                                                           No Nick, tranquilo – Elisa sonreía desde la cama – Albert ya se iba.

-                                                                           Si, tengo trabajo. – afirmó sonriente.

¿Trabajo? ¿Tu novia esta en el hospital por que casi se mata con el coche y tú tienes trabajo? Hombre, un poquito de por favor, ¿no?

-                                                                           Bueno, os dejo, - dijo Albert mientras se marchaba -  ¿Cuídamela bien, eh?

Si claro, encima recochineo. Le sonreí, aunque por dentro lo estaba poniendo verde, y me senté en la silla junto a la cama.

-                                                                           Veo que hoy estas mucho mejor – No fue mi intención, pero mi voz sonó molesta.

-                                                                           Bueno, la verdad es que si. ¿te ocurre algo?

-                                                                           ¿A mi? No. No me habías dicho que tenías novio.

-                                                                           Tú nunca preguntaste. – dijo ella.

-                                                                           Cierto.

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. La verdad es que yo no tenía ningún derecho a meterme en su vida pero... ¿por que me había dolido tanto? No tenia ni idea. Lo cierto es que me sentí bastante mal y creo que ella también.

 

 

¿Que demonios le pasa a este? Pensé

Se había mosqueado por que yo tenia novio, eso quedaba claro, pero la pregunta era, ¿por que? El tenía novia, ¿no? La chihuahua esa. Entonces, ¿que más le daba?

Decidí no darle más vueltas, de todas formas parecía algo arrepentido por haber metido las narices. La verdad es que estaba bastante mono, con los ojitos tristes y la cabeza gacha, con mechones de pelo rubio tapándole el rostro, esos labios carnosos....eh, eh, eh!!! ¿Que me pasaba? Resolví cambiar de tema radicalmente.

-                                                                           ¿Te apetece un paseo por el jardín? – ja! Lo conseguí, se le iluminó la cara inmediatamente.

-                                                                           Claro! – sonrió.

 

CÁP. 6.

Aquella tarde acompañé a Paris de compras, pero estuve totalmente ausente. No dejaba de pensar en Elisa, en lo mucho que me había molestado que tuviese novio y en lo bien que me sentía a su lado.

-                                                                           Nick, ¿me estas escuchando?

-                                                                           Oh, perdona Paris, estaba lejos ¿decías?

-                                                                           Decía que Donatella esta aquí y quiere que cenemos hoy con ella. Dentro de dos días presentará en Madrid su nueva colección, ¿iremos verdad cari?

Ahí tenía mi oportunidad.

-                                                                           Claro que iremos a Madrid. Pero yo no tengo muchas ganas de ir a la cena de esta noche – Paris empezó a ponerme morritos – ya sabes lo mucho que me aburre hablar de ropa...hagamos una cosa, yo me quedo en el hotel y paso a recogerte cuando acabéis de cenar, ok?

Me costó bastante convencerla, pero al final accedió.

Horas después, cuando Paris se alejaba del hotel en su taxi, llamé al servicio de habitaciones y pedí todo lo necesario. Solo iba a necesitar un poco de suerte.

Y la tuve.

Al llegar al hospital descubrí que la enfermera de guardia era la misma que me coló en la habitación el primer día. No me fue demasiado difícil convencerla para que nos echara una mano.

 

 

 

Estaba sentada en la cama viendo un capitulo de C.S.I, que parecía ser la única serie lo bastante entretenida para no dormirse, cuando entró la enfermera casi corriendo.

Parecía bastante nerviosa, tenía las mejillas acaloradas y no podía parar de sonreír. Cualquiera hubiese pensado que acababa de tocarle la lotería.

-                                                                           ¿Que pasa? – pregunte con curiosidad.

-                                                                           No puedo decírtelo – dijo mientras apagaba la tele.

-                                                                           Ey! Espera! Grissom estaba a punto de...oh da igual, olvídalo. – ya me había quedado sin saber quien era el asesino.

-                                                                           Te aseguro que esto es mucho mejor que el CSI. – dijo mientras sacaba un pañuelo negro de su bata.

-                                                                           ¿Que vas a hacer con...? – no terminé la pregunta por que me vendó los ojos. Ahora si que me picaba la curiosidad.

No veía absolutamente nada, pero empecé a escuchar ruidos en la habitación. Si la enfermera no hubiese estado cogiéndome la mano me habría muerto del susto. Parecía que había mucho movimiento a mí alrededor, ruidos, susurros...pero nadie contestaba a mis preguntas.

-                                                                           ¿Quien ha entrado? ¿Que están haciendo? ¿Se esta quemando algo?

Unos minutos después todo quedó en silencio a excepción de una melodía que sonaba muy cerca: Para Elisa de Beethoven.

-                                                                           No te quites la venda, vale? – dijo la enfermera mientras se marchaba de mi lado. La oí cerrar la puerta a pesar de mis protestas y me quedé bastante confusa en la cama. Tanto alboroto y me dejaban sola.

 ¿Sola?

Alguien se acercaba.

 

 

Nunca olvidaré la expresión de su cara cuando le quité la venda y vio la habitación. Definitivamente le había dado una sorpresa.

Había pagado a unos cuantos empleados del hotel para que me acompañaran al hospital. Mientras Elisa tenía los ojos vendados, la fría habitación de hospital se había transformado en un lugar realmente mágico. Habían cubierto las paredes con telas de colores y el suelo con suaves alfombras y al menos dos docenas de peluches. En cada esquina, varios jarrones llenos de rosas y varitas de incienso, daban a la habitación un toque romántico. La mesilla había desaparecido, y en su lugar había una pequeña mesa con velas y servicio para dos.

La cara de Elisa era un poema, tenia la boca abierta en forma de O y lo miraba todo como si fuese a desaparecer de un momento a otro.

-                                                                           ¿Y bien? – dije intentando ocultar mi sonrisa.

-                                                                           ...¿Que?

-                                                                           Que si te gusta.

-                                                                           Claro que me gusta!! ¡Te habrá costado un dineral! ¡Es fantástico! Un momento – se puso a mirar alrededor - ¿dónde esta la cámara oculta?

-                                                                           Vaya, eso se me ha olvidado – reí.

La ayudé a sentarse en la silla de ruedas y la guié hasta la mesa.

-                                                                           Y ahora vamos a celebrar que mañana te dan el alta.

-                                                                           ¿Cómo sabes eso? El médico me lo ha dicho esta tarde.

-                                                                           A mi me lo ha dicho la enfermera.

-                                                                           Tu y esa enfermera sois muy amigos, no? – preguntó pícaramente.

-                                                                           Jajajaja intento llevarme bien con todas mis fans, si es a eso a lo que te refieres.

-                                                                           Si, si, y sabe tu novia que te llevas taaaan bien con tus fans?

-                                                                           Por el momento ni siquiera sabe que estoy aquí – dije guiñándole un ojo – así que será mejor que olvidemos a Paris por una noche.

-                                                                           Nick no quiero que tengas problemas con ella por...

No la dejé terminar, puse un dedo sobre sus labios, aunque en realidad deseaba besarla. Ella me sonrió y comenzamos a cenar. La observe durante toda la velada: cada gesto, cada movimiento despertaban algo que nunca antes había sentido. Sus ojos brillaban a la luz de las velas y no podía evitar fijarme en su pelo, en su cuello, sus labios... Hasta que su voz me devolvió a la realidad.

-                                                                           ¿Nick? ¿Te encuentras bien?

-                                                                           Si, claro.

-                                                                           Parecía que estabas muy lejos... ¿tal vez con la enfermera? – dijo entre risas.

-                                                                           En realidad...

-                                                                           ¿si?

-                                                                           En realidad pensaba en lo preciosa que estas.

Lo conseguí. Elisa se sonrojó y un leve rubor cubrió sus mejillas. ¿He dicho ya que me encantan las chicas que se ruborizan cuando les digo algo bonito?

Fui bueno y cambié de tema. De vez en cuando, mientras hablábamos, la veía observarme, como intentando averiguar en que pensaba. Pero no volví a ponerla en un apuro.

Terminamos de cenar y yo tenía que irme. Estaba poniendo en un apuro a la pobre enfermera que se jugaba su puesto para que yo tuviese mi visita nocturna. Elisa parecía triste, le prometí llamarla desde Madrid y nos despedimos. Pero esta vez no me conformé con un beso en la mejilla.

Creo que ella se sorprendió casi tanto como yo.

La besé en los labios, un beso suave, como el aleteo de una mariposa, apenas un roce, pero el sabor de ese primer beso iba a acompañarme durante el resto de mi vida.

 

CÁP. 7.

Albert vino a recogerme para llevarme a casa. Acababan de darme el alta y él no dejaba de hablar de su ascenso, pero yo seguía en estado de shock desde la noche anterior.

Nick me había besado. Eso era un hecho. Pero, ¿por que?  No lo entendía. Lo que tampoco entendía era por que yo le había dejado hacerlo, cierto que era un chico muy guapo pero apenas le conocía, aunque pensándolo mejor, había pasado más tiempo con él en cuatro días que con mi novio en dos años.

Tal vez solo fue un beso de amigo, un beso de despedida simple y sin segundas intenciones.

Pero no, la electricidad que sentí cuando nuestros labios se tocaron no tenia nada de simple. Y si...no, no podía ser... ¿cómo iba a enamorarme de Nick? Yo quería a Albert. Estaba enamorada de Albert... ¿verdad?

-                                                                           ¿Que te parece la idea?

Me costó volver a la realidad. Había estado tan ensimismada pensando en ese beso que no me había dado cuenta de que Albert me estaba hablando.

-                                                                           ¿Que idea? – pregunté.

-                                                                           Te he dicho que si te parece bien que vayamos a cenar esta noche. Tenemos mucho que celebrar: tu alta, mi ascenso...y tengo una sorpresa para ti.

Ya empezábamos con las sorpresas, ¿por que todo el mundo se empeñaba en sorprenderme?

Fuimos a cenar a un restaurante carísimo. Era tan caro que al ver la carta casi me dio algo. Pero Albert me tranquilizó y me dijo que se lo podía permitir. Nos sentamos en una mesa con tres sillas: para él, para mí y para mis muletas. Era bastante incómodo llevarlas con un traje de noche, pero estaba harta de ir en silla de ruedas a todas partes.

La cena fue perfecta hasta que llegó la hora del postre. Albert estaba muy raro, él y el camarero no paraban de mirarse.

Ay Dios! A ver si la sorpresa va a ser que va a decirme que es gay! Pensé.

El camarero me trajo mi helado, una enorme bola de stracciatella en forma de cisne. Casi daba pena comérselo.

-                                                                           ¿Tú no comes? – le pregunté a Albert. Su helado se estaba derritiendo. Ahora era un cisne decapitado.

-                                                                           Estoy esperando. – dijo sonriendo.

-                                                                           Esperando ¿a que?

Volví a meter la cuchara en el helado y toqué algo duro. Vaya restaurante! Tan caro y van perdiendo los anillos en los postres...

Mire el anillo.

Mire a Albert.

Volví a mirar el anillo.

Albert se arrodilló a mi lado, limpió el anillo con la servilleta, y se me declaró.

He proposed to me 

He proposed with a diamond ring...

Creo que tardé más de la cuenta en responder, estaba asustada y Albert cogió mi mano.

-                          No tienes que responderme ahora, ¿sabes? Tu solo piénsalo.

Puso el anillo en mi mano, y yo hice un esfuerzo por sonreír. Nos marchamos del restaurante y nos despedimos en mi puerta con un beso. “Piénsalo” me susurró antes de marcharse.

Me cambié y me senté en el sofá libreta en mano. Dividí la hoja en dos mitades: Nick y Albert. Me sentía bastante estúpida haciendo eso, pero el lío en mi cabeza era demasiado grande como para resolverlo de otra forma. Escribí los pros de cada uno (los contras ya me los sabia) y el resultado fue que en la  columna de Albert había más de 20 ventajas, mientras que en la de Nick solo había una frase: “le quiero”

Siempre he sido una chica muy práctica: Albert iba a ser un buen marido y un buen padre. Nick era solo un capricho. Estaba segura. Además, dijo que me llamaría y en todo el día no había sonado el teléfono ni una sola vez. El tenía su vida, yo seguiría con la mía.

Así que llamé a Albert. Y le dije que si. Que me casaría con él.

Justo cuando colgué sonó el teléfono.

 


CÁP. 8. 

Paris y yo volamos a Madrid  en primera clase. Pasamos la mañana en el hotel, descansando y viendo la tele. Yo me aburría, necesitaba ver a Elisa, en solo cuatro días se había convertido en una adicción y me era imposible no pensar en ella. El problema era que no podía llamarla estando Paris delante. Cambié de canal por séptima vez en diez minutos.

-                          ¿Tienes que ver eso? – preguntó Paris mientras se pintaba las uñas. – no entiendo nada, y seguro que tú tampoco.

-                          Puede que no entienda nada, pero al menos así perfecciono mi español.

-                          Lo que tú digas.

Puede que mi español fuese un desastre pero hay una palabra que entiendo en todos los idiomas: cómic.

“El salón del cómic de Barcelona abre hoy mismo sus puertas con exposiciones de Stan Lee y otros grandes maestros del cómic”

Paris se quedó mirándome, sabía que no puedo resistirme a ese tipo de eventos (sin mencionar que estaba en Barcelona y Elisa también estaba allí).

-                          Ni hablar, Nick. Acabamos de venir de allí. Yo no vuelvo a Barcelona.

-                          No tendrías que venir conmigo. Puedo marcharme esta noche y volver mañana por la noche justo antes del desfile. Además Donatella y tu seguro que sabéis arreglároslas sin mi.

-                          Pero Nick...

-                          Vamos Paris – dije abrazándola  y poniendo carita de niño bueno. Eso siempre funcionaba. – déjame ir, pleaseeeeee...

 

Dos horas después ya tenía mi billete de avión. Salía esa noche y tenía la vuelta para la noche siguiente. Antes de subir al avión decidí llamar a Elisa.

-                          ¿Diga?

-                          Hola preciosa! ¿que tal la vuelta a casa? – pregunté.

-                          ¿Nick?

-                          Claro! ¿Un día sin verme y ya no conoces mi voz?

-                          Jejeje...no, es que no esperaba que llamaras. Es un poco tarde no?

-                          Oye, voy a coger el avión, ¿mañana podemos quedar para comer?

-                          ¿Pero tú no estabas en Madrid con tu novia?

-                          Si, pero mañana estaré en Barcelona contigo. Paso a recogerte o...

-                          No, mejor quedamos en un sitio.

-                          ¿El salón del cómic? – pregunté esperanzado.

-                          Sabía que ibas a decir eso. De acuerdo, hasta mañana.

 

 

Cuando el taxi me dejo frente al salón del cómic,  un sonriente Nick, camuflado bajo una gorra y unas gafas de sol me esperaba en la entrada. 

Paseamos por el salón (yo más que pasear cojeaba con mis muletas) y luego decidimos ir a comer al parque Güell. Nick se quedó bastante impresionado con la obra de Gaudí e hicimos un montón de fotos. 

A media tarde nos sentamos a descansar a la sombra.

- Hoy has estado muy callada Elisa.

- ¿Tu crees? – respondí sin mirarle.

- Yo creo. – bromeó. - ¿Te ha molestado que viniera?

- ¡No! Claro que no, en realidad tenía que contarte algo...

- ¿El que? – preguntó intentando encontrar mi mirada.

En lugar de responder le mostré mi mano. El anillo de compromiso emitía destellos bajo el sol. 

Por un momento Nick no reaccionó. 

Quizás no debí habérselo dicho, quizás todo ese día fue un tremendo error, el hecho era que mi compromiso no tenía vuelta atrás y yo necesitaba saber si aquel beso fue solo una excepción o si había algo más.

-                          ¿Te...te casas?

-                          Eso parece. – Dije aún sin mirarle.

-                          Enhorabuena, entonces. – su voz sonaba tranquila.

-                          ¿Es eso lo que piensas realmente, Nick?

Por primera vez le miré a los ojos. Y lo que vi en ellos no me gustó. 

Yo había dado mi palabra y ahora era tarde para todo.

 

 

 

CÁP. 9.

La llevé a mi hotel. No nos dijimos nada, simplemente me levanté y ella me siguió. Lo había leído en mis ojos, a veces las palabras no bastaban para llenar el vacío.

Una vez en mi habitación, besé cada una de sus lágrimas. Lágrimas por mi, lágrimas por Albert, que inundaban sus mejillas hasta perderse en mis labios. Mis dedos acariciaron su boca, esa boca que tantas veces imaginé besar y que ahora iba a ser mía, solo por unas horas, pero mía.

La desnudé poco a poco, con toda la ternura de la que fui capaz, dejé su piel al descubierto y me sentí como un niño que ve el mar por primera vez. Sorpresa, admiración, ternura y deseo luchaban en mi pecho y se adueñaban de mis manos mientras cubría su desnudez con mis caricias.

La dejé en la cama, me desnudé y me acosté a su lado, sin dejar nunca de tocarla, sin dejar de observar esa belleza que me conmovía.

Y mientras volvía a besar sus labios una melodía inundó mi cabeza.

There's an angel in my bed in my arms is where she lays.

There's an angel in my bed and I pray she will always stay.

 

 

Desperté con él a mi lado. Ya había anochecido, la luna se reflejaba claramente en las ventanas. Era una luna hermosa, pero eso no bastó para sentirme menos culpable.

Me puse el albornoz del hotel y salí a la terraza. ¿Que había hecho? ¿Había arriesgado mi estabilidad con Albert por unas horas de locura? ¿Era solo eso todo lo que podía esperar de Nick?

Me sentía culpable, pero no arrepentida. Si él hubiese dicho...pero ya no importaba.

“Considéralo tu despedida de soltera” pensé.

Comenzó a llover, al principio eran finas gotas que acabaron convirtiéndose en una espesa lluvia. Y yo me quedé allí.

Creo que en el fondo esperaba que la lluvia se llevase la culpabilidad, el resentimiento, el amor...Sobretodo, el amor.

Unos brazos que ya conocía rodearon mi cintura desde atrás. No se dio cuenta de que lloraba: la lluvia borraba mis lágrimas, pero no conseguía llevarse el dolor. Los besos de Nick en mi cuello me estremecieron, cada beso era un delirio y una condena. Me sentí atrapada, el deseo, el deber, el amor...

“Solo esta noche” pensé. Solo una noche.

 

 

Me desperté y ella aun estaba a mi lado. ¿Que habíamos echo? ¿Estaba enamorado? Nada tenia sentido. Estuve observando la lluvia caer tras la ventana, pero no dije nada. Creo que sabía que yo estaba despierto.

-                                                                           Pídemelo, Nick

Susurró en mi oído.

-                                                                           Pídeme que me quede y lo haré. Dejaré a Albert, cancelaré la boda, pero tienes que pedírmelo, Nick.

 

EPÍLOGO

Aún medio siglo después sigo preguntándome por que no respondí. Me quedé allí, quieto fingiendo que dormía cuando ambos sabíamos que no. Ella se cansó de esperar mi respuesta, la oí levantarse, se vistió  y la escuche cerrar la puerta tras ella. Solo entonces susurré:

-                                                                           Quédate.

Pero ya era tarde.

 

 

Me levanto de mi mecedora, cansado pero feliz. Mi hija acaba de llevarse a mis dos nietas: es su hora de dormir. Y yo me dirijo hacia la cocina en busca de mi amada esposa. Ha puesto la radio y la música inunda la habitación. Me detengo junto a la puerta y la observo. Esta tarareando la canción mientras seca los platos, siempre le ha gustado la música. Yo me acerco sigiloso y la letra de la canción parece leerme el pensamiento.

When you hold me like this

So many memories fill my eyes

The first time we kissed

The times we nearly said good-bye

But still here we are

Tested and tried and still true

And stronger than we ever knew

 

Cuando ya estoy muy cerca, la abrazo por la espalda y ella se da la vuelta regalándome una de esas sonrisas que me reconfortan el corazón. Le tiendo mi mano, por los viejos tiempos. Me mira arqueando las cejas y yo le sonrió pícaramente. Ella acepta, y bailamos.

 Love is all

The laughter and the tears that fall

The mundane and the magical

Love is all

All is love

The careless word, the healing touch

The getting and the giving of

All is love

 

La observo mientras bailamos, dando vueltas en la cocina. A pesar de que los años también han pasado por ella, para mi sigue siendo la mujer más hermosa del mundo. Y esos ojos... ¿he dicho ya que nunca había visto unos ojos como los suyos?

There’s a me you've always known

The me that's a stranger still

the you that feels like home

and the you that never will

but still here we lie

tender and trusting and true

with everything that we've been through

 

 

Os estaréis preguntando qué ocurrió tras aquel día de lluvia. Yo volví con Paris a EEUU. Y Elisa siguió su vida con Albert. Pero el destino aun nos tenía guardada una sorpresa. Un año después volví a España, esta vez de gira con los chicos, y cosas de la vida, encontré a Elisa en el aeropuerto. Quedamos para cenar, solo como amigos, para ponernos al día de cómo nos habían ido las cosas en ese tiempo.

Y lo que descubrimos fue que yo había dejado a Paris, hacia más de seis meses que no sabía nada de ella (ni quería saberlo). Elisa por su parte también lo había dejado con Albert tiempo atrás. Poco a poco, como amigos al principio, nos dimos cuenta de lo mucho que significábamos el uno para el otro.

Llevamos casados más de 55 años. Y la sigo amando.

love is all

the laughter and the tears that fall

the mundane and the magical

love is all

all is love

the careless word, the healing touch

the getting and the giving of

all is love

 

all the glory

all the pain

all the passion

that turns into ashes

only to rise again

 

FIN

 

Hosted by www.Geocities.ws

Por AMI

Hosted by www.Geocities.ws

1