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¿Debe el estado subvencionar las artes?

F. Bastiat

A favor del sistema de subvenciones, puede decirse que las artes extienden, elevan y poetizan el alma de una nación, que la arrancan de las preocupaciones materiales, le dan el sentido de lo bello, y actúan favorablemente en sus maneras, sus costumbres, sus hábitos e incluso su industria. Podemos preguntarnos dónde estaría la música en Francia, sin el Teatro-Italiano y el Conservatorio; el arte dramático, sin el Teatro-Francés; la pintura y la escultura, sin nuestras colecciones y museos.

Se puede ir aún más lejos y preguntarse si, sin la centralización y en consecuencia la subvención de las bellas artes, ese gusto exquisito se hubiera desarrollado, que es el noble patrimonio del trabajo francés e impone sus frutos al universo entero. En presencia de tales resultados, ¿no sería una gran imprudencia renunciar a esta módica cotización de todos los ciudadanos que en definitiva, hace, en medio de Europa, su superioridad y su gloria?

A estas razones y a bastantes otras, de las que yo no pongo en duda su fuerza, podemos oponer otras no menos poderosas. Hay, para empezar, podríamos decir, una cuestión de justicia distributiva. El derecho del legislador, ¿puede reducir el salario del artesano para constituir un beneficio extra para el artista? El Sr. Lamartine decía: « Si suprimís la subvención de un teatro, ¿dónde os pararéis en esta vía?, ¿no seréis lógicamente llevados a suprimir vuestras Facultades, vuestros museos, vuestros Institutos, vuestras Bibliotecas? » Podría respondérsele: « Si usted quiere subvencionar todo lo que es bueno y útil, ¿dónde se parará usted en esa vía? ¿no será usted lógicamente llevado a constituir una lista civil de la agricultura, la industria, el comercio, la beneficencia, la instrucción? » De hecho, ¿es cierto que las subvenciones favorecen el progreso del arte? Es ésta una cuestión lejos de estar resuelta, y vemos con nuestros propios ojos que los teatros que prosperan son los que viven de su propio funcionamiento. En fin, elevándose a más altas consideraciones, puede observarse que las necesidades y los deseos nacen los unos de los otros, y se elevan hacia cimas cada vez más puras, a medida que la riqueza del público permite satisfacerlas; que el gobierno no tiene por qué inmiscuirse en esta correspondencia, ya que, en un estado dado de la riqueza actual, no sabría estimular, mediante impuestos, las industrias del lujo sin afectar a las de primera necesidad, interviniendo así en la marcha normal de la civilización. Puede observarse que los desplazamientos artificiales de necesidades, gustos, trabajo y población, ponen a los pueblos en una situación precaria y peligrosa, que no tiene una base sólida.

He ahí algunas de la razones que alegan los adversarios de la intervención del Estado, en lo que concierne el orden en el que los ciudadanos creen deber satisfacer sus necesidades y deseos, y en consecuencia dirigir su actividad. Yo soy, lo confieso, de los que piensan que la elección, el impulso debe venir de abajo, y no de arriba, de los ciudadanos, no del legislador; y la doctrina contraria me parece conducir a la eliminación de la libertad y de la dignidad humanas.

Pero, por una deducción tan falsa como injusta, ¿saben de qué se acusa a los economistas? De, cuando rehusamos la subvención, rechazar la cosa misma que se subvenciona, de ser enemigos de todo tipo de actividad, porque queremos que esas actividades sean, por una parte, libres, y por otra, que ellas busquen en sí mismas su recompensa. Así, ¿que pedimos al Estado que no intervenga, vía los impuestos, en materia religiosa? somos ateos; ¿que pedimos que el Estado no intervenga, vía impuestos, en la educación? odiamos las Luces; ¿que decimos que el Estado no debe dar, por los impuestos, un valor ficticio al suelo, o a una industria dada? somos enemigos de la propiedad y del trabajo; ¿que pensamos que el estado no debe subvencionar a los artistas? somos unos bárbaros que juzgamos las artes inútiles.

Protesto aquí con todas mis fuerzas contra estas deducciones.

Lejos de pensar que deberíamos reducir la religión, la educación, la propiedad, el trabajo y las artes cuando pedimos que el Estado proteja el libre desarrollo de todos estos órdenes de la actividad humana, sin subvencionar unos a expensas de otros, creemos por contra que todas las fuerzas vivas de la sociedad se desarrollarán armoniosamente bajo la influencia de la libertad, que ninguna de ellas será, como lo vemos hoy en día, una fuente de problemas, de abusos, de tiranía y de desorden.

Nuestros adversarios creen que una actividad que no sea subvencionada ni reglamentada es una actividad condenada. Nosotros creemos lo contrario. Su fe es en el legislador, no en la humanidad. La nuestra es en la humanidad, no en el legislador.

Fragmento del ensayo Lo que se ve y lo que no se ve, de Frédéric Bastiat (1801-1850)

 


Actualizado: 18/10/2005

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