El
Recaudador de Impuestos
Frédéric Bastiat
Jacques Bonhomme,
Viñador
M. Lasouche, Recaudador
¿Usted ha recogido veinte toneles de vino?
Sí, a fuerza de cuidados y de sudor.
Tenga la bondad de entregarme seis y de los mejores.
¡Seis toneles de veinte! ¡Bondad del cielo! Usted me
quiere arruinar. Y, por favor, ¿a qué los destinará?
El primero será entregado a los acreedores del
Estado. Cuando se tienen deudas, es bueno al menos pagar los
intereses.
¿Y dónde ha puesto el capital?
Esto sería muy largo de contar. Una parte fue puesta
antaño en cartones de cigarros que produjeron el más bello humo del
mundo. Otra pagó hombres para que se convirtieran en lisiados en
tierra extranjera tras haberla devastado. Luego, cuando estos gastos
fueron ocasionados por causa de nuestros amigos, los enemigos, ellos
no quisieron huir sin llevarse la plata que ha sido necesario
prestar.
¿Y qué recobro hoy de ello?
La satisfacción de decir:
¡Que estoy orgulloso de ser francés cuando miro el
arco del triunfo!
Y la humillación de dejar a mis herederos una tierra
gravada con una renta perpetua. En fin, es necesario pagar lo que se
debe, cualquiera que sea el loco uso que se le haya dado. Venga un
tonel, pero ¿los otros cinco?
Es necesario uno para pagar los servicios públicos,
la lista civil, los jueces que harán restituir el surco que su
vecino quiere apropiarse, los policías que atrapan a los ladrones
mientras Usted duerme, los obreros que mantienen el camino que lleva
al pueblo, el cura que bautiza a sus niños, el intructor que los
educa y su servidor que no trabaja para nada.
Enhorabuena, servicio por servicio. No hay nada que
decir. Yo desearía tanto arreglarme directamente con mi cura y mi
maestro de escuela; pero no insisto en eso; venga el segundo tonel.
Aún estamos lejos de los seis.
¿Cree Usted que sean mucho dos toneles como su
contribución a los gastos de la armada y la marina?
¡Ay! Es poca cosa, considerando lo que me cuestan
ya, porque ellos me han arrebatado dos hijos que amé tiernamente.
Es muy necesario mantener el equilibrio de las
fuerzas europeas.
¡Ah, Dios mío! El equilibrio será el mismo si se
reduce en todas partes las fuerzas en la mitad o en tres cuartos.
Conservaríamos nuestros niños y nuestras rentas. No sería necesario
más que entenderse.
Sí, pero no nos entendemos.
Es lo que me asombra. Pues, en fin, cada uno sufre.
Tú lo has querido, Jacques Bonhomme.
Usted bromea, señor recaudador; ¿es que tengo voz y
voto en el asunto?
¿A quién ha nombrado como diputado?
A un bravo general de la armada, que será mariscal
dentro de poco si Dios le presta vida.
¿Y de qué vive el bravo general?
De mis toneles, por lo que imagino.
¿Y qué sucedería si el votara por la reducción de la
armada y de su contribución?
En lugar de ser nombrado mariscal, sería puesto en
retiro.
Comprende ahora que ha sido Usted mismo...
Pasemos al quinto tonel, le pido.
Ese va para Argelia.
¡Para Argelia! ¡Y se asegura que todos los
musulmanes son fóbicos al vino, los bárbaros! Yo mismo me he
preguntado a menudo si ellos ignoran el Médoc porque son incrédulos
o, lo que es más probable, si ellos son incrédulos porque ignoran el
Médoc. Por otra parte, ¿qué servicios me brindan ellos a cambio de
esta ambrosía que me ha costado tanto trabajo?
Ninguno; tampoco esto es destinado a los musulmanes,
sino a los buenos cristianos que pasan todos los días en Berberia.
¿Y qué van a hacer que pueda serme útil?
Realizar razzias y sufrirlas, matar y ser muertos,
adquirir disentería y regresar a ser tratados, abrir puertos, abrir
rutas, construir pueblos y poblarlos de malteses, italianos,
españoles y suizos que viven de sus toneles y de otros toneles que
vendré a pedirle todavía.
¡Misericordia! Yo le niego rotundamente mi tonel. Se
enviaría a Bicêtre a un viñador que hiciera tales locuras. Abrir
rutas en el Atlas, ¡por Dios! ¡Cuando no puedo salir de mi casa!
¡Abrir puertos en Berberia cuando la Garona se llena de arena todos
los días! ¡Arrebatarme a los niños que amo para ir a atormentarlos a
las Kabilas! ¡Me hacen pagar las mansiones, semillas y caballos que
se entregan a los griegos y a los malteses cuando hay tantos pobres
alrededor de nosotros!
¡Los pobres! Justamente, se deshace el país de este
sobrante.
¡Mil gracias! Haciéndoles perseguir en Argelia el
capital que les haría vivir aquí.
Y además Ustedes ponen las bases de un gran imperio,
Ustedes llevan la civilización a Africa y condecoran a su patria con
una gloria inmortal.
Usted es poeta, señor recaudador, pero yo soy
viñador y yo me niego.
Considere que, dentro de unos mil años, Usted
recuperará sus anticipos centuplicados. Es lo que dicen aquellos que
dirigen la empresa.
Mientras tanto, ellos me piden primero, para adornar
los gastos, solo una pieza de vino, después dos, después tres ¡y
heme aquí gravado por un tonel! Persisto en mi rechazo.
Es demasiado tarde. Su apoderado ha estipulado para
Usted la concesión de un tonel o cuatro piezas enteras. Es muy
cierto. ¡Maldita debilidad! Me parece que dándole mi poder he
cometido una imprudencia, porque ¿qué hay de común entre un general
de la armada y un viñador?
Usted ve bien que hay alguna cosa en común entre
Ustedes, que no es más que el vino que Usted recoge y que él se
entrega a sí mismo en su nombre.
Búrlese de mí, lo merezco, señor recaudador. Pero
sea razonable, ¡vamos!, déjeme al menos el sexto tonel. He aquí el
interés de las deudas pagado, la lista civil abastecida, los
servicios públicos asegurados, la guerra en África perpetuada. ¿Qué
más quiere?
No regatee conmigo. Faltó decir sus intenciones al
señor general. Mientras tanto, él ha dispuesto de su vendimia.
¡Maldito guardia bonapartista! Pero, en fin, ¿qué quiere hacer de
este pobre tonel, la flor de mi bodega? Tenga, guste de este vino.
¡Cuán blando es, fuerte, acuerpado, aterciopelado, escogido!...
¡Excelente! ¡Delicioso! Hará bien al negocio de M.D...,
el fabricante de paños.
¿De M.D..., el fabricante? ¿Qué quiere Usted decir?
Que él sacará buen partido.
¿Cómo? ¿Qué pasa? ¡Diablos, si le comprendo!
¿No sabe Usted que M. D... ha fundado una soberbia
empresa, muy útil al país, la que, hecho balance, deja cada año una
pérdida considerable?
Lo compadezco de todo corazón. ¿Pero qué puedo yo
hacer?
La Cámara ha comprendido que, si esto continuara
así, M. D... estaría en la alternativa o de operar mejor o de cerrar
su fábrica.
¿Pero qué relación hay entre las torcidas
especulaciones de M. D... y mi tonel?
La Cámara ha pensado que si ella entregara a M. D...
un poco del vino tomado de su sótano, algunos hectolitros de trigo
tomados de sus vecinos, algo en supresión de los salarios de los
obreros, sus pérdidas se cambiarían en beneficios.
La receta es infalible tanto como ingeniosa. ¡Pero,
qué! Es terriblemente inicua. ¡Qué! M. D... cubrirá las pérdidas
tomando mi vino?
No es precisamente el vino, sino el precio. Es lo
que se llama subsidio de incentivo. ¡Pero Usted está totalmente
asombrado! ¿No ve Usted el gran servicio que brinda a la patria?
¿Quiere decir Usted a M. D...?
A la patria. M. D... asegura que su industria
prospera gracias a este arreglo y así, dice él, que el país se
enriquece. Es lo que él repitió estos días en la Cámara de la que es
parte.
¡Es una superchería insigne! ¡Qué! ¡Un patán hará
una tonta empresa, disipará sus capitales y él me arrebata bastante
vino o trigo para reparar sus pérdidas y reservarse los beneficios,
viéndose esto como una ganancia general!
Su apoderado lo ha juzgado así; a Usted no le resta
más que entregarme los seis toneles de vino y de vender lo mejor
posible los catorce toneles de vino que le dejo.
Es mi trabajo.
Es que, verá Usted, sería bien enojoso que Usted no
lo tirase a un gran precio.
Le avisaré
Porque hay muchas cosas a las que este precio debe
hacer frente.
Lo sé, señor, lo sé.
Primero, si Usted compra hierro para renovar sus
layas y sus arados, una ley decide que Usted le pagará al herrero
dos veces lo que vale.
Pero esto es la Selva Negra.
Después, si Usted tiene necesidad de aceite, de
carne, de tela, de hulla, de lana, de azúcar, cada uno, por ley, le
costará el doble de su valor.
¡Pero es horrible, horroroso, abominable!
¿Para qué estas quejas? Usted mismo, por su
apoderado...
Déjeme en paz con mi poder. Lo he entregado
extrañamente. Pero no lo tomará más y me haré representar por un
buen y franco campesino.
¡Bah! Renombrará al bravo general.
¿Yo? ¿Renombraré al general para distribuir mi vino
a los africanos y a los fabricantes?
Usted lo renombrará, le dije.
Esto es un poco excesivo. No lo renombreré si no lo
quiero.
Pero Usted querrá y lo renombrará.
Que él venga a desafiarme. Encontrará con quién
hablar. Lo veremos. Adiós. Me llevo sus seis toneles de vino y voy a
hacer la repartición como el general lo ha decidido[1].
Notas:
[1] Ver en el 1º tomo la carta a M. Larnac y en el
tomo V las Incompatibilidades parlamentarias (Nota del editor de la
edición original).
Frédéric Bastiat (1801-1850), Sofismas
Económicos, X, 1848. Traducido del francés por Alex Montero.
Tomado de la página en Internet del
Movimiento Libertario de
Costa Rica