Hace unos días navegando por internet
me encontré con este articulo que leí atentamente. Me sentí
identificada con su contenido y si, actualmente los tiempos que corren
en la enseñanza, no están para "echar las campanas
al vuelo" y alardear mucho de los conocimientos adquiridos por los
alumnos, estoy convencida de que a través de esta materia se puede
llegar a éso y a más. La Religión en el aula es brisa
para los espiritus asfixiados de materialismo, consumismo y pragmatismo.
MªDolores.
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Religión
en las aulas
por José
Ramón Ayllón
"He sido profesor de religión
católica muchos años. En esas clases y en esos años,
el profesor y sus alumnos han aprendido mucho más que religión.
Han podido comprobar, por ejemplo, que solo desde el cristianismo es posible
entender a Lutero y a Erasmo, a Miguel Ángel y a Bernini, a Felipe
II y a Enrique VIII, a Dante y a Jorge Manrique, a Lope de Vega y a Quevedo.
Gracias a la asignatura de religión han entendido aspectos fundamentales
de la historia de Europa: una larga historia que pasa por el Camino de
Santiago, por las catedrales románicas y góticas, por la
pintura barroca, por el Réquiem de Mozart, la Pasión de
Bach y el Mesías de Haendel, y también por la fundación
episcopal o papal de las universidades.
Lo más importante, sin embargo,
tal vez no sea lo que el profesor y sus alumnos han aprendido en clase.
Se diría que la religión tiene un efecto saludable sobre
la personalidad de quienes la estudian. En realidad, no podría
ser de otro modo. Porque Jesucristo, el más atractivo y exigente
de los modelos que registra la historia humana, contagia generosidad y
compasión, comprensión y amor, justicia y responsabilidad,
limpieza de pensamiento y de vida, sentido de la vida y de la muerte,
alegría y esperanza inquebrantable.
Ya sé que el cristianismo no
es una ética, pero la revolución religiosa que origina tiene,
como gran efecto secundario, una extraordinaria revolución ética.
Y esa nueva interpretación de la condición humana, unida
al orden jurídico romano y al orden mental griego, da lugar a la
civilización occidental. Jesucristo llama bienaventurados a los
pobres de espíritu, que se saben nada delante de Dios. A los mansos,
que no se dejan arrastrar por la ira y el odio. A los que lloran los pecados
propios y ajenos. A los que tienen hambre y sed de justicia, y desean
con todas sus fuerzas el triunfo del bien. A los que son compasivos y
misericordiosos. A los de corazón limpio. A los que promueven la
paz a su alrededor.
Así se resume la ética
cristiana. Cristo la presenta en toda su exigencia y radicalidad, afirmando
que exige hacerse violencia, pero señalando al mismo tiempo que
vale la pena contarse entre los esforzados que lo intentan, sencillamente
"porque ellos verán a Dios". En la historia de la humanidad,
las bienaventuranzas constituyen un cambio radical en las usuales valoraciones
humanas, al poner los bienes del espíritu muy por encima de los
bienes materiales. Sanos y enfermos, poderosos y débiles, ricos
y pobres, torpes e inteligentes, todos son valorados por Dios al margen
de esas circunstancias accidentales. Y eso tiene un enorme valor educativo,
en medio de un mundo consagrado al pragmatismo del éxito.
Este profesor también piensa
que la religión católica es profundamente razonable. Decía
Pascal que el último paso de la razón es darse cuenta de
que hay muchas cosas que la sobrepasan, y que precisamente por eso es
razonable creer. Un hombre perdido en la montaña hace bien en pedir
ayuda aunque no sepa si alguien puede oírle. Lo que está
claro es que no conseguirá ser oído si no grita. Por eso,
no es irracional en absoluto rogar a Dios en medio de un mar de dudas.
Se ha dicho que nadie con un poco de sensatez se reiría del grito
del escéptico: "Oh, Dios, si existes, salva mi alma, si tengo
alma”. Aquí vemos que, además de su indudable valor
cultural, la religión se diferencia de las demás asignaturas
al ofrecernos este plus de sentido. Por eso, discutir su presencia en
las aulas me parece tan pintoresco como discutir las matemáticas
o la lengua."
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