LA ECOLOGÍA


arbol
Algunos autores, pioneros del ecologismo, han acusado a la tradición judeocristiana de ser culpable de la
crisis ecológica, basándose en el mandato de dominar la tierra que aparece en Génesis 1,28. ¿Habla la Biblia
de un problema tan actual como la ecología? ¿Encontramos en la Biblia pautas para un comportamiento
responsable hacia nuestro planeta como organismo vivo?
Los siguientes textos pueden ayudarnos a entrever el talante con el que los cristianos hemos de encarar
la defensa del medio ambiente.


DESPUES DE LEER LOS TEXTOS SIGUIENTES resumir en ocho afirmaciones la
postura de un cristiano ante el medio ambiente.

El ecologismo es una exigencia de la fe cristiana
 
1.- Al principio creó Dios el cielo y la tierra... Y
vio Dios que era bueno. (Gn 1,1.25)


sol

2. Y creó Dios a los hombres a su imagen; a
imagen de Dios los creó; varón y hembra los
creó... Y los bendijo Dios diciéndoles: «Creced
y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla;
dominad sobre los peces del mar, las aves del
cielo y todos los animales que se mueven por
la tierra…». (Gn 1, 27-28)peces

3.-El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en
el huerto de Edén para que lo cultivara y lo
guardara. (Gn 2, 15)


4.-Porque amas todo cuanto existe y no aborreces
nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo,
no lo habrías creado. ¿Cómo subsistiría algo
si tú no lo quisieras? (Sab 11,24)


5.-La creación misma vive en la esperanza de ser
también ella liberada de la servidumbre de la
   corrupción y participar así en la gloriosa
libertad de los hijos de Dios. (Rom 8,22)

caballo


6.-
Nuestro planeta ofrece todo lo que el hombre
necesita, pero no todo lo que el hombre codicia.
(GANDHI
)
simbolo
7.-Afirmamos que la tierra pertenece a Dios. El
uso de la tierra y los mares por los seres
humanos debe dar tiempo a la tierra para
reponer regularmente su poder vivificador,
proteger su integridad y proporcionar espacio
para sus criaturas.
(CONSEJO MUNDIAL DE LAS IGLESIAS, Justicia y paz para la Creación, Seúl, 1990)



9.-Por aspirar a la superhumanidad, estamos a punto de acabar con
la humanidad. El hombre volador se arriesga ya en el cosmos;
aspira a determinar el sexo de sus hijos y a curarlos de enfermedades prenatales; las mujeres estériles optan por ser madres y las fértiles no; emborronamos el frío del invierno y el
calor del verano; exigimos cualquier alimento en cualquier tiempo,
indiferentes a cosechas y ciclos; nos acercamos a la velocidad de
la luz e inventamos armas que ponen en peligro nuestra
continuidad y la del mundo. Pero, a pesar de todo, no hemos
abolido ni el miedo, ni el hambre, ni la muerte, desconocemos
la paz, nos oprimen las ciudades que construimos para salvarnos
y no nos sentimos más felices que antes. (ANTONIO GALA)



8.-El carácter moral del desarrollo no puede prescindir del respeto por los seres que constituyen la naturaleza visible.
Estas realidades exigen respeto en virtud de una triple consideración:
La primera consiste en la conveniencia de tomar mayor  conciencia de que no se pueden utilizar impunemente las diversas categorías de seres, vivos o inanimados, como mejor apetezca, según las propias exigencias económicas.
La segunda se funda en la convicción de la limitación de los
recursos naturales, algunos de los cuales no son renovables.
Usarlos como si fueran inagotables, con dominio absoluto, pone seriamente en peligro su futura disponibilidad.
La tercera se refiere a las consecuencias de un cierto tipo de desarrollo sobre la calidad de vida en las zonas industrializadas.
Todos sabemos que el resultado directo o indirecto de la industrialización es, cada vez más, la contaminación del ambiente, con graves consecuencias para la salud de la población.
El dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder
absoluto, ni se puede hablar de libertad de usar y abusar, o de disponer de las cosas como mejor parezca.
La limitación impuesta por el mismo Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la prohibición de comer del fruto del
árbol, muestra claramente que, ante la naturaleza visible,flor
estamos sometidos a leyes no sólo biológicas sino también
morales, cuya transgresión no queda impune. (JUAN PABLO II,
Solicitudo rei socialis, 34)












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