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BIENESTAR, CALIDAD DE VIDA…



Bienestar, calidad de vida, elevar el nivel de vida… son expresiones que revelan aspiraciones permanentes del ser humano. ¿Son aspiraciones ilimitadas? ¿Hasta dónde puede llegar un cristiano en su tendencia hacia un estado de bienestar?

El siguiente texto sugiere posibilidades y limitaciones al respecto.



¿QUÉ NIVEL DE VIDA PUEDE PERMITIRSE UN CRISTIANO?

Siendo tanto lo que nos jugamos, parece necesario dar alguna

luz sobre una cuestión candente: ¿qué nivel de vida puede

permitirse el cristiano? Debo confesar que abordo este tema

sin demasiadas esperanzas. Mucho me temo que se han de

cumplir los temores de Quevedo: «Estoy viendo que lo han

de leer los unos para los otros y ninguno para sí». A pesar

de ello no puedo omitirlo.

El nivel de vida de los cristianos debe ser lo que, siguiendo

a Péguy, vamos a llamar pobreza decorosa. Péguy distinguía,

en efecto, entre la pobreza –que es purgatorio– y la miseria

que es infierno–. La pobreza sería el estado en el que se

dispondría de lo necesario para vivir, sin lujos, pero con

decoro. Es una especie de purgatorio, que le hace al hombre

comprender sus límites y le abre al amor y atención de los

demás. La miseria es, por el contrario, un verdadero infierno,

en que se vive en auténtica desesperación por el mañana y

del que es urgente librar al hombre.

Aquí podemos encontrar resonancias, sin duda, del libro

de los Proverbios: No me des pobreza ni riqueza; dame sólo

el alimento necesario. No sea que, saciado, reniegue de ti, o

que siendo pobre me dé al robo y profane el nombre de mi Dios

(Prov 30,8-9). Pues bien, intentemos concretar algo más,

aunque, como es lógico, sólo podemos aportar ciertas pistas

para el discernimiento personal o comunitario, pero en

absoluto respuestas ya elaboradas.

Existen en primer lugar los bienes necesarios para la vida,

aquellos sin los cuales sería imposible subsistir (comida,

vivienda, vestido...). Sobre dichos bienes tenemos un derecho

absoluto y no debemos privarnos de ellos.

Pero la vida, para ser verdaderamente humana, tiene también

otro tipo de necesidades: cultura, ocio, etc. Esas necesidades

sufren variaciones importantes según los grados de civilización

y las condiciones personales de cada uno. Santo

Tomás decía que «el ciego precisa un lazarillo»; Paderewski

añadía Mounier– «tiene derecho al piano de lujo que será

el único capaz de dar valor a su interpretación»; un profesor

necesita libros, etc. Pues bien, estos bienes, que la tradición

cristiana ha llamado necesarios para la condición, en

principio son también legítimos, pero sobre ellos no tenemos

ya un derecho absoluto y debemos estar dispuestos a moderar

su posesión de acuerdo con el espíritu cristiano de austeridad.

La previsión con respecto al futuro, por ejemplo, debe estar

muy limitada por la confianza en la providencia. Especialmente,

en tiempos de penuria y escasez todos debemos

reducir nuestro nivel de vida.

Por último, hay que considerar bienes superfluos todos aquellos

que no sean necesarios para la vida ni para la condición.

Sobre ellos no tenemos el menor derecho. De acuerdo con la

tradición de la Iglesia, cualquier bien superfluo pertenece a

los necesitados.

Resumiendo: El cristiano debe aspirar a tener todos los bienes

necesarios para la vida y algunos –pero no todos– de los

bienes necesarios para la condición. Nada más. Renuncia de

antemano a todos los bienes superfluos e incluso a algunos

bienes necesarios para la condición porque se niega a sí

mismo el derecho a ser rico mientras haya tantos pobres y

tan pobres.

Pongamos algunos ejemplos. La comida es un bien necesario

para la vida. Pero no cualquier comida. No es necesario

para la vida comer mariscos. Hacerlo con motivo de una

celebración puede ser «necesario para la condición». Comerlos

habitualmente entraría ya en los bienes superfluos. Tener un

coche no es necesario para la vida, aunque quizá sí «para la

condición». Pero no cualquier coche. Un coche más lujoso,

mayor de lo necesario, es ya un bien superfluo. Y así

sucesivamente.

Por lo que se refiere tanto a los bienes «necesarios para la

vida» como a los bienes «superfluos», el discernimiento es

relativamente fácil: debemos aspirar a poseer los primeros y

no tenemos derecho a ninguno de los segundos. El discernimiento

más difícil tiene lugar en los bienes necesarios para

la condición, puesto que debemos poseer algunos, pero

no todos. Precisamente por eso es necesario analizar el

problema globalmente, viendo a cuántos de ellos he renunciado

de antemano, porque de uno en uno todos podrían ser

legítimos.



LUIS GONZÁLEZ-CARVAJAL, Con los pobres, contra la pobreza, Paulinas, Madrid



Cuestiones para el diálogo

crio1.¿Qué impresión te produce la lectura de este texto?

                ¿Te parece muy radical o estás de acuerdo con su contenido? ¿Cambiarías o matizarías algo?

2. Siguiendo las indicaciones del texto, piensa de qué bienes tendrías que desprenderte.

3. Busca algún testimonio que exprese más o menos lo mismo que lo que acabamos de leer.




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