La
cuestión de los fines y los
medios
Por Antonio
Orozco-Delclós
-Pues claro que sí, hombre. Usted creía que el pie era el fin y los zapatos los medios: una vulgaridad. Hay que se creativos. Por cierto, ¿por qué lleva usted ese vendaje en la cabeza? ¿Le duele acaso la abundancia de ideas inquietantes?
-No señor, es que mi sombrerero tiene unos sombreros de exquisito formato, pero mi cabeza era demasiado grande. Por eso me limó el cráneo con mucho cuidado. Cuando me quite la venda, el sombrero me sentará de maravilla. Ahora lo entiendo todo doctor, creativamente hablando, si el fin es excelente, el medio puede ser execrable; perdón, quiero decir, que será también excelente, porque lo excelente y lo execrable en rigor son lo mismo y no existe ni lo uno ni lo otro, ¿no es así?.
LOS MEDIOS CONFIGURAN LOS FINES
Fines y medios no son valores independientes, que se puedan juzgar por separado, porque los fines de alguna manera proceden de los medios; si no, no se conseguiría ningún fin: nadie da lo que no tiene. Es absolutamente imposible que un medio injusto conduzca un fin justo; sería una tremenda contradicción. El fin alcanzado por medios injustos pierde su calidad de fin y no puede ser bueno. «La naturaleza de los fines está implicada en la naturaleza de los medios —dice J.M. Ibáñez-Langlois—. En cierto modo los medios contienen ya el fin; los procedimientos anuncian el resultado. Predicar, matar, conmover, forzar, orar, no son medios neutros que sirvan para cualquier fin: cada uno lleva implícito el resultado». La bala lleva consigo la muerte.
En ocasiones, algunos males traen bienes.
Es cierto si hablamos de males y bienes físicos. Un río salido
de madre arrasa un poblado, pero dispone la tierra para una fecundidad imprevista.
Pero aquí estamos hablando en el orden de los valores éticos:
de bienes justos o injustos. Cierto que un bien conseguido injustamente -por
ejemplo, un millón de dólares robado-, puede proporcionarme muchos
bienes materiales: un chalé de lujo, un yate fantástico, unos
réditos suculentos, etcétera. Todo eso es bueno de suyo. Ahora
bien, ¿es justo que yo disfrute de un chalé que he construido
con dinero robado? El prolongado usufructo de un dinero robado, ¿no será,
más que un bien, la prolongación e intensificación de una
formidable injusticia? ¿Podré pensar que, en estas circunstancias,
mi vida llena de cosas buenas y de limosnas generosísimas, es una vida
noble, honrada y generosa? Antes no podía ni dar una limosna a un pobre.
Pero, ¿podré decir que hice bien robando los cien millones de
dólares porque ahora gozo de la magnanimidad de Robin Hood?