Amistad
y Verdad |
| Algunos clásicos
situaban la base de la amistad en la verdad. No es posible construir la
amistad sobre la mentira. Los amigos se conocen a fondo entre sí,
sino difícilmente se les podría considerar amigos. La quintaesencia de la amistad consiste en que varias almas vengan a fundirse en una sola. La disparidad de gustos y costumbres no tiene porqué ir disipando la amistad, aunque la concurrencia de éstos la pueda robustecer. Lo que se suelen denominar “Meeting Points” lugares de encuentro, tales como el deporte u otras aficiones, favorecen el trato y por tanto la amistad. Entre dos amigos pueden existir gustos comunes, aficiones compartidas u otras cosas que unan, pero lo que realmente une a los amigos es el afecto y éste se basa en la verdad. No se quiere lo que no se conoce. Cuanto más se conoce el bien, más inclinado se está a amarlo. Cuanto más se conoce la virtud del amigo, más afecto se despierta hacia él, también crece la admiración y aumenta el aprecio de esas virtudes. No existe amistad verdadera cuando no se está dispuesto a que a uno le digan la verdad y cuando el otro está dispuesto a mentir. El dicho popular “quien dice las verdades pierde las amistades” tiene bastantes visos de ser cierto, sin embargo no siempre tiene porqué cumplirse aunque Terencio (en Andria) dijera “Obsequium parit amicos, veritas odium”, (“la complacencia produce amigos, la verdad enemigos”). El que te digan la verdad no tiene porqué generar odio hacia la persona que te la muestra, salvo que uno no esté dispuesto a aceptarla por falta de seriedad intelectual o de valentía. La complacencia más que generar amigos, generaría aprovechados, acoplados, advenedizos, amigachos, pero no amigos de verdad. Que te digan la verdad siempre es positivo. Lo más positivo siempre es la realidad. Lo más fundamental es conocer la verdad sobre uno mismo. Por tanto si te dicen la verdad, para corregirte en algo que tienes que cambiar y lo hacen para ayudarte, no por otro interés, lo que debe brotar es el agradecimiento. Aunque podría darse el caso contrario, que la verdad sobre uno mismo se te presente como arma arrojadiza pues no le faltaba razón a Catón cuando afirmaba que algunos deben más a sus crueles enemigos que a los amigos demasiado indulgentes; aquellos dicen la verdad muchas veces, éstos nunca. En este caso la verdad no se dice con intención de ayudar sino de herir. Aunque el daño o la ayuda se quedaría del lado de la intención de quien dice la verdad, pues el sujeto de quien se predica, no debería quedar dañado de la verdad sobre uno mismo, siempre que la acepte y se muestre con discreción ante quien tenga necesidad de conocerla. No toda verdad debe ser proclamada, eso sería indiscreción y por tanto perjuicio probable. Cada verdad ha de aparecer ante las personas adecuadas y en el momento oportuno, cuando uno esté preparado para entenderla y aceptarla. La persona que habitualmente no es veraz, bien porque miente o porque practica la simulación, es menos propensa a tener amigos que la persona sincera, noble, leal. Quizás a corto plazo triunfe más la aparente simpatía o el desparpajo, pero a la larga lo que resplandece es la verdad: las virtudes de la persona íntegra acaban por despertar el afecto, aunque al principio nos pareciera tímida, escasamente dotada o de poca talla. A la hora de fiarnos de alguien acudiremos a ella. Puedo confiar porque es veraz. Donde no hay verdad no cabe la confianza. José Luis Ruiz de Alba Robledo |