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El mar, viejo enemigo lujurioso, acostumbrado a amar revolcado en su lecho, encrespado en el día y, a la tarde, cansado ya, extenuado de orgasmos ilusorios, te vio conmigo, cofre de lengua esclava, carne de llamas húmedas, prodigiosa criatura sobrevenida al mundo para el júbilo. |
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Te vio conmigo, mano que toca y ciega, piel en que se sonrojan claveles y esperanzas, chorro violento de soles quejumbrosos, y ya no pudo más acomodar sus líquidos, encharcarse en el sedante del crepúsculo.
Sé que levantó sus ojos hasta donde las nubes se lavaban, se adelgazaban de espumante celo y salían a repoblar un cielo sin destino.
Te vio conmigo, miró tus pies descalzos, tus muslos de caer rendido como el viento, adivinó tu vientre de caminos borrados y se quedó en sigilo esperando tu entrega rumorosa.
Después irguió sus manos efervecentes, agrias, se arrastró muchas veces por la playa, y lamía por querer alcanzar, violar tu ensimismado corazón anheloso, sólo por golpearme.
Pero no dejó más que un sabor a marina, a sal cernida en el lienzo del aire, impreso con las lenguas ancianas de su aliento.
Te vio conmigo. Se quedó envidiando.
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