De usted nadie se acuerda, señor.

Se queda solo, como está, a pesar de los ojos

de la visita de la tarde, viajero, qué sé yo,

rastreando por el viento la huella de la luz,

y no apareceSólo queda el recuerdo.

Usted personifica la paciencia, eso

que Job manejó casi hasta llegar a la ceniza. 

La alondra no lo toca, sólo al suelo.

El pez hasta ignora que existe.

Pero usted se adelgaza hasta cansarse

trepándose en el aire igual que un alarido.

No me importa si no lo logra, a veces.

¡Cuánto cuesta!  Es un poco

como buscar aliento en la ciudad de humo.

 

Alguno, algún caballero andante del espectro,

a contra 1uz, alza un pincel en ristre 

y, si lo apresa a usted, vuelve a su brillo,

como si lo hubiera resucitado al fin,

¡A quien importa! A mí,

 porque lo amo a pesar del olvido y el silencio 

de sus indispensados patetismos.

 

Queda en usted como en una savia oculta

por ese tórax, espiga de su impulso, 

tronco vuelto a vivir a golpes de pasión y de ternura,

porque ama al día, al corazón del día sobrehumano.

Yo aquí lo miro, lo admiro, sin nostalgia.

No se ilusione usted con mis alardes.

Después de todo, usted y yo vivimos

porque ya no nos queda más remedio.

 

 

 

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