En el 1963 este libro obtuvo el premio de poesía en el Certamen de Navidad del Ateneo Puertorriqueño.  Se publicó en 1969.

 

 

 

I

 

Yo llegué al instante del primer latido,

del latido bueno.

 

Y lloré aquel día cual si presintiera...

 

Fui llegando tarde,

fui llegando lento,

fui llegando largo cuando ya la noche

rendida se iba.

 

Allí fue la vida por mi niño tiempo,

yo llegué al instante del latido bueno.

 

 

III

 

Pero el niño fue creciendo,

muriéndose entre sueños.

La vida le enseñaba del dolor y del cansancio,

Se alzaron horizontes en su mundo ilimitado.

 

La ilusión fue perdiéndose del ojo,

la realidad,

la oscura realidad llegando.

 

La mirada más corta,

más ásperas las manos,

más duro el corazón,

ya aquel rostro de niño iba cambiando.

 

Era el mirar atrás y encontrarse

de frente a lo sereno,

a lo puro y tranquilo.

Era mirarse entonces y encontrar que la rabia

le latía por dentro.

Era el joven rebelde ante la vida.

Era el agrio rebelde frente al tiempo.

Era aquel casi niño casi hombre,

era aquel que en silencio,

se estaba despertando ante el misterio.

 

 

V

 

Fui un repicar constante en la esperanza,

un largo amanecer,

un buscarme en el sol la claridad abierta.

 

Pero no.

Nada puede ser joven contra el Mundo.

Nada puede tener fértil de amor el alma.

Nada puede la fuerza del que sueña.

 

El mundo se cerrraba ante mis manos,

el mundo se apretaba ante mis ojos,

yo enjugué con los dedos tanto dolor callado

que mis dedos de joven se sintieron amargos.

 

La vida se me hacía más nueva

y más compleja cada instante.

¡Fui la desesperación por estas venas!

 

 

IV

 

Qué triste es el destino de los vivos.

 

Qué malo abrir los ojos y llenarlos.

No sólo llega luz, también hay sombras.

Hay grotescos colores en el umbral del Mundo.

Hay horribles matices.

Hay ese gris intenso que marchita la vida,

¡ay ese gris intenso!

Qué triste abrir los ojos

y enfrentarse con uno.

 

 

VIII

 

Somos muchos y todos diferentes

somos la piel humana de la Tierra.

Somos hombres que todo lo inundamos,

y extraño sentimiento,

somos solos en medio de la gente.

 

 

Epílogo

 

Ahora mi puerta va a la vida.

 

Va a rodar con nosotros por el aire

que invade los pulmones que respiran.

Va a rodar con nosotros por las calles

forjándose caminos con su vida.

 

Yo me integro a la lucha

de los hombres

que en silencio dejamos la poesía,

y vamos caminando

las aceras,

cargando nuestra muerte

y nuestra vida.

 

Vuelvo a ser este hombre

sin el verso

que sólo en carne y hueso

y alma existe.

Este hombre que habla por los días

y en las noches serenas

se arroja  hasta el silencio

y lo camina.

 

Destino mi poema

a que se quede

con este hombre de llanto

que en mí habita,

destino mi poema

a que se quede

diciéndole a los hombres

de mi vida.

 

Yo me voy a moverme

entre los cuerpos

que nutren las ciudades

cada día,

me marcho por mi acera

de tristeza...

destino a que se quede

mi poema;

yo me voy a perder

en una esquina.

 

 

 

 

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