Poemas en...
N.Y., 1972
Como una racha oscura de cólera y de odio
caminaba al encuentro de la ciudad
los ruidos
penetraban la noche acorralada
entre muros sombríos
un hombre atormentado
inventaba el sonido de la bestia más pura
intentando una fuga
una fugaz salida
entre vagos destellos caímos en la zanja
una madre cayó levantando en el hijo
la vocación del rayo
por senderos de fiebre y columnas de sangre
como un ángel de furia el guerrillero avanza
abiendo a machetazos
entendiendo
la verdadera ruta de la aurora
Piedra encontrada
Olas remotas que rugen en la arena,
corriente misteriosa que en la playa
avanzas como un toro enfurecido
o a veces como un perro fatigado
lames humildemente la pisada,
¿de qué fondo devienes y me entregas
el ánfora de arcilla, el pedernal,
la piedra por el tiempo trabajada?
¿Este guijarro extraño y reluciente
que mi mano sostiene
es alfabeto o signo caprichoso
que el hombre inmemorial lanzó a la playa;
esas marcas y círculos son letras
o simplemente ornato y distracción
de un pueblo sumergido en tus entrañas?
Qué mensaje me traes, di qué me ocultas
en tu cántico de espuma milenaria?
[Guajana en Internet]
Canto de insurreccción
A los caídos,
los que se levantan
y llevan como un yugo,
la vida, a sus espaldas.
...(Un octubre de plomo en sacrificio
el aire de mi mano está pidiendo)...
(Edwin Reyes)
El aire de violencia que ejecuta mi mano
no tiene fin ni forma.
Lo recibió mi padre, en limpio,
de manos del abuelo.
(Dícese, que lo usaba
para esplayarlo en maldiciones
y romperle costillas al criado).
Esto es un cuento viejo, que va de Adán al padre,
al hijo que proyecto.
Esta pólvora -amago del demonio-
terminará últimamente
en polvo de zaguán o en el rincón de un cuarto.
¡Diablos! ya el brazo no soporta
y estalla en histerismos.
Lo ven los hermanos míos,
de mi mundo en rectángulo:
Juan, Andrés, Edwin, Manuel
y Jaime turbulento,
que murallón de espanto;
¡cuánto siglo con el ala maldita
y la moneda falsa que nos tiró el judío,
cubriéndonos los ojos,
postrándonos el alma.
Y nosotros... ¿Dónde andamos?:
¿Cumpliendo la misión determinada?,
¿buscando el pan, la redención del pobre
en libros y tabernas?...
¡Oh, hermanos!
-espigas predilectas de la tierra,-
oigan, escuchen mi vigilia:
en la estancia de zinc, adormecido
por la lluvia,
imaginando...
gota a gota, golpe a golpe
va emergiendo mi sueño:
Una columna de seres semejantes
se mueve con sigilo.
¡Ni se miran!; no quieren que perciban
su desgracia.
De imprevisto, alguien cae...
se abalanzan y arremeten contra el bulto
arrinconado.
Allí está. Aún. Siempre.
Todos cruzan la espalda.
Creía que importaba su tránsito
en la calle. Pensaba.
No; nada importa.
Hay que andar, pisar sobre los cuerpos
tibios aún del amor proyectado,
y luego... caer...,
sí, nosotros, pensando que importamos;
y al devolver los ojos...
ver una fila moviéndose adelante.
De espalda al último caído.
¡Ciertamente la vida no nos quiere!
Andamos por esquinas y callejas
siguiéndole la huella a la verdad,
y la encontramos violentada
en los rituales de la iglesia.
Inútil es golpear, patalear nuestra pena...
Nada, nadie oye.
(Esto se puede repetir hasta el cansancio).
Los dioses y los ídolos yacen en el desván,
y los viejos avaros guardan las catedrales,
¡Maldito el verso manso de los falsos profetas!
¡Que brote el verso duro,
para manos callosas y herederas del hambre!
Verso de la palabra áspera como la misma tierra:
levantando estampidas de amor y sacrificio.
Compañeros del barro,
¡hagamos una hoguera, arrasemos el odio
y esa bestia del mal
creadora de injusticias;
es en su mecanismo, su cálculo de alma
que tiene que atacar.
En su ventosa madre, que chupa y descompone
la raíz de tu orgullo: tu palabra.
¡Que ondee libremente
en la cumbre más alta,
una rosa sublime de pétalos iguales,
arraigada por siempre al tallo terrenal!
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