"Una banda no le salva la vida a nadie"

Los Piojos ganaron respeto por creibles pero ellos no se la creen

La casa-sala de ensayo que el grupo ocupa en Ciudad Jardín (El Palomar) se inunda -aún antes de que lleguen las tartas, las bebidas y las obligatorias charlas del domingo futbolero- con comentarios sobre la muerte de "Sopapita", el gangster de Villa Casros asesinado semanas atrás y enterrado en ritual mefioso. "Uno de nuestros plomos lo conocía de la cancha, cuando iba a ver a Estudiantes de Buenos Aires". El quinteto se encuentra cocinando el que será su tercer disco con el ex GIT Alfredo Toth justamente allí, en el cercano oeste del Gran Buenos Aires.

Además de dos discos con nombres onomatopéyicos -Chactuchac (1192) y Ay Ay Ay (1994)-, ya van más de 500 shows en la carrera que desde 1988 los llevó de meros puristas del rhythm´n blues a convertirse en una de las bandas con más personalidad y credibilidad del panorama local. Su cantante y cara visible, Andrés Ciro, puede dar fe de un comienzo adolescente, cuando se era Stone o no se era. "En esa época, para comprarte un disco de los Rolling Stones tenías que irte al centro, revolver mucho las bateas y desembolsar un buen toco". Con el correr de los años, las precarias versiones del "Jumpin Jack Flash" rolinga que duraban media hora ("Era la única canción que sabíamos tocar", confiesan) quedaron bien atrás, a tal punto que sus bien amados Los Redonditos de Ricota los eligieron revelación del año en 1990.

Un año más tarde, con apenas un demo en su haber, fueron selecionados entre docenas de postulantes para tocar en un fetival antirracista en Francia. "La realidad del Primer Mundo nos shockeó. Allá a los autos solo les faltaba volar. Cuando volvimos, camino de vuelta de Ezeiza por la Ricchieri esquivando baches, escuchábamos decir al presidente por la radio: ´El año que viene vamos a estar entre los cinco primeros países del mundo´. No lo podíamos creer...". El contraste quedaría evidenciado en el tema "Los mocosos": "En la tierra del ruido y la prostitución y las calles mugrientas con mercados hambrientos que perforan la estación como largas culebras/ los mocosos se trepan y se van hacia el sol en los trenes de piedra".

Ubicada en la calle Libertad, la sala de ensayo de Los Piojos está a cinco cuadras de dos líneas de ferrocarril: la tranquila Gral. Urquiza y la Gral. San Martín, más propensa a tener "mocosos" entre sus pasajeros. En la calle Libertad no hay ni un ruido, ni hambre ni prostitución, pero quizás esa situación de vivir lo suficientemente cerca de uno y otro andén provocó que, en el rock de Los Piojos, las historias de jubilados postergados y gatillos fáciles suenen más realistas y menos mágicas que en ninguna otra boca. En sus recitales, íntimos e interactivos, todos cantan como si fuera un retrato vivo de un fogón sureño. En el accidentado recital por Walter Bulacio en Parque Rivadavia, la banda pareció aspirar el violento foco que se estaba desarrollando en el otro extremo del predio y devolverlo en intensidad y emotividad musical.

En la pared de la cocina hay una foto autografiada de Diego Armando Maradona, protagonista del tema inédito "Maradó". Una amiga de la banda, maestra jardinera de las hijas del gran diez, le entregó a Maradona una copia del casete y este, embelezado, devolvió la gentileza que hoy cuelga con orgullo de una chinche en la pared. El grupo no viaja a ningún lugar si no es con una pelota. Las hinchadas de Gimnasia y Esgrima de La Plata, Vélez Sarsfield, Huracán y Lanús portan banderas con el logo de Los Piojos y parecen emular a la banda en eso de ser de abajo y codearse con los grandes. "Es que en realidad tenemos la banda como excusa para jugar al fútbol", ironiza Tavo, ex jugador de las inferiores de Defensores de Belgrano.

Quizá lo que separa por varios cuerpos a Los Piojos del resto de los grupos rocanroleros y beligerantes sean los aires de tango y las letras de amor: "Si dijéramos que el día es al careta/ si dijéramos que en la noche está el tango... Te diría que estás muerta mi amor/ por eso te estoy amando" ("Te diría"). Jaime Roos, en una noche oculta del año pasado, recibió entre copas a la plana mayor de Los Piojos. "Ustedes tienen mucho de Buenos Aires", les dijo el cantautor uruguayo mientras se les derretían los ojos, "esa cosa rioplatense y callejera, medio tanguera, que no veo en otros grupos que imitan el rock anglosajón o latino. A mí me gustan las bandas de cada lugar que suenan como el lugar", sentenció en otra prueba de amor correspondido entre los jóvenes piojos y sus ídolos.

"La apertura se dio naturalmente", dice Ciro sobre la evolución musical del grupo, "en mi casa de chico se escuchaba jazz y Piti se copa con Atahualpa Yupanqui o duardo Falú". Si de un candombe rockero se pasa a un reggae rotundo es porque "lo único que hacemos conscientemente es no buscar la pureza de los géneros", arriesga Ciro. "Hay que tener en claro que una banda no le salva la vida a nadie. Podés estar comprometido, pero no me copan los grupos que putean contra todo porque limitan el pensamiento y atentan contra la poesía". Una vez puestos sobre las íes los puntos básicos que diferencian a un grupo de principios rocanroleros con uno de identidad punk, Ciro se detiene, toma aire y termina: "Te pueden pegar más los Rolling Stones, que cantan en inglés y no aportan nada, que un cantor que habla sobre las injusticias. Si vas a un geriátrico, la gente baila Luis Miguel. Y eso los llena".

La murga

Los vecinos de El Palomar saben que, si ese fin de semana Los Piojos no anuncian un show, probablemente su siesta se interrumpa al compás de una batucada. Los responsables de semejante batifundio no son otros que Daniel Buira, Micky Rodríguez y Piti Fernández, que capitanean una murga de 22 integrantes llamada La Chiruda. Sus apariciones suelen realizarse en plazas, sin previo aviso. "La gente escucha el ruido y de a poco se empieza a prender. Te incentiva mucho que gente que no tiene nada que hacer se cope en venir a vernos en vez de entubarse en un shopping", explica Daniel. Pero la murga no es el único proyecto paralelo del quinteto: todos los jueves a las 20:30 en Liberarte, Andrés Ciro y Micky Rodríguez protagonizan la obra teatral El tubo. Como en la música de Los Piojos, la interpretación enriquece el guión, con bastantes fans del grupo como testigos.

CIRO

La pieza más importante del equipo de Los Piojos, Andrés Ciro es letrista, compositor, cantante, sex symbol y portavoz de las ideas de la banda. Sus estudios de teatro en la adolescencia fortalecieron el semblante personal que desarrolla en el escenario. "Una de las cosas que más me gusta de ser músico es que no me tengo que levantar tempano y además tengo tiempo para jugar con Katja", argumenta. Katja es su hija de un año. "Su nacimiento me cambió la visión pesimista que yo tenía de las cosas".

TAVO

Hijo de un pianista de Amelita Baltar y nieto de un poeta de arrabal (José Terragno), Tavo Kupinski comenzó a rascar la guitarra a los 10 años, cuando era estrella televisiva al contestar sobre "Argentina 78" en un programa de preguntas y respuestas. Conoció a Los Piojos por una novia que vivía en Ciudad Jardín y en 1992 se incorporó a la banda. Llegó a ser socio del club de fans de Los Beatles. "Después me agarró la fiebre el blues y ahora la del tango. Soy un fanático total, colecciono discos, revistas, recortes", dice quien desde el año pasado toma clases de bandoneón.

MICKY

Considerado desde chiquito el artista de la familia ("Así me dice mi vieja"), Micky Rodríguez tuvo que pasar como cadete, fumigador, quiosquero y remisero antes de llegar a este presente en el que vive de su profesión de bajista, actúa en El tubo y participa en la murga La Chiruda. De su ocupación de remisero guarda el triste recuerdo de haber recibido el balazo inspirador del tema "Pistolas".

PITI

Su conversión rockera ocurrió a los 17 años cuando, sin haber asistido jamás a un recital y luego de presenciar el ensayo de unos amigos, Piti Fernández se compró la guitarra que aún lo acompaña creyendo que había que enchufarla en una pared. "Mi viejo es un gallego maestro mayor de obra y en casa no había la historia de escuchar música, mucho menos de tocarla". De allí a Los Piojos, cuando todavía Pablo Guerra (hoy en Los Caballeros de la Quema) y Lisa Di Cione formaban parte del staff.

DANIEL

Daniel Buira es, junto a Tavo y el sonidista Esteban, el inquilino de la casa-sala de ensayo de Ciudad Jardín. Ahora baterista, su primera relación con el rock fue ser plomo de Fabiana Cantilo. Es el único de Los Piojos que tiene pelo largo. Una vez, en un show en Ramos mejía, al no tener pie de batería ató los platillos de su instrumento al techo. "Me olvidé de atarlos al piso también. No podía tocar, parecían platillos voladores".

 

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