LOS PIOJOS. NUEVA YORK, LA FAMA Y LA GILADA

Exponentes argentinos de algo que podría denominarse como "rock de las clases trabajadoras", Los Piojos vuelven a abrir la boca. Después de un largo silencio mediático autoimpuesto "para no saturar a la gente". La banda de El Palomar estuvo en Nueva York masterizando Azul, su nuevo disco. Desde la ciudad de los rascacielos, los chicos se quejan de ciertos periodistas y saludan a su gente, "la gente piojosa".

Cinco habitantes de El Palomar, Buenos Aires, Argentina, miran por una ventana desde la que se puede ver el Barrio Chino de New York, azotado por un diluvio que no es universal pero se le parece. Están sentados frente a un grabador que a partir del momento en que la lluvia congela sus planes antropológicos, como dicen describirlos, registra cada una de las palabras que le dan forma a una de las contadas entrevistas con que piensan reaparecer ante los medios tras un período de silencio que les late necesario.

"No pretendemos negar el suceso", dice Andrés Ciro Martínez con la aprobación gestual de sus compañeros en Los Piojos, los guitarristas Gustavo Kupinski y Piti Fernández, el baterista Daniel Buira, y el bajista Micki Rodríguez. "Ocurre que ante la saturación, optamos por no seguir saturando", sintetiza el cantante.

La saturación de la que hablan con lujo de detalles tiene que ver con la masiva respuesta que recibió Tercer Arco, álbum que en los términos del mercado discográfico, está a punto de convertirse en triple disco de platino por la venta de más de 160 mil copias, una cifra que, por peso propio, les guste o no, pone al grupo en boca de todos. De ahí a la enumeración de los pro y los contra de ser exitosos hay un sólo paso.

En el primer grupo, el de los pro, hay elementos que saltan a la vista, pero el líder prefiere humanizar esos ejemplos, en lugar de remarcar la estadía en New York con el objetivo primordial de masterizar el nuevo disco y la intención secundaria de ampliar sus horizontes culturales. Para Martínez -mate en mano izquierda, factura en la derecha-, es más cálido recordarse firmando un autógrafo en la gorra de un cocinero de un restaurante porteño que reconocer que (por la actual estatura del grupo), lo de terminar un álbum en Estados Unidos estaba cantado.

"Te cambia la cabeza", sostiene. Pero no se refiere al hecho de ponerle el moño a Azul -cuarto disco, con fecha de salida para principios de Mayo- en la gran hamburguesería del norte. Martínez está ahora tratando de elaborar en público lo bueno de ese reconocimiento que primero "es medio hinchapelotas pero al que después te acostumbras". En definitiva se enamora de la palabra reconocimiento, porque para él, como para sus amigos del barrio, no es más que "un reconocimiento a nuestros 10 años batallando". Con eso, dicen, es suficiente.

La cosa en cambio es muy distinta en el momento de enumerar los detallecitos que conforman el lado oscuro de la fama. En ese sentido, no saben por dónde empezar, porque todos pueden aportar un dato diferente. La prensa, se quejan, ha comenzado a tratarlos como se trata a los famosos: haciéndose eco de sus actividades pero desvirtuando el foco. Los revendedores de todo los han convertido en artículos de merchandising, pero sin participación en las ganancias. Los grupos de cumbia se han apropiado de sus hits ("El farolito", "Verano del 92") y los han abochornado en masa. "Ni aunque pagaran, por Dios, ni aunque pagaran los derechos podríamos estar contentos... lo que han hecho con nuestros temas es horrible" grafica el cantante.

Si a eso se le suman la apreciable cantidad de casetes piratas que circularon antes de la salida del famoso tercer disco, la escasa crítica puntualmente musical y las variables aproximaciones periodísticas al fenómeno barrial constituido por Los Piojos, para el grupo es cartón lleno, pero sin premio.

"Hay un poder real de la prensa", dice Andrés apuntando al hecho de que para la gente común, si sale algo en los diarios sobre la banda, de inmediato es asumido como la única verdad. "Aunque lo que estén diciendo es que te picas con detergente", colorea. Acto seguido, sus compañeros le recuerdan que en una radio que prefieren no identificar, lo dieron por muerto, generando alrededor del chiste una incómoda cadena de paranoia. Gustavo se recuerda desesperado, tratando de corroborar la "noticia" por teléfono sin encontrar ninguna respuesta. "Yo andaría por ahí, caminando muy tranquilo", dice Andrés con cara de odio. Tampoco saben por qué no se entendió que intentaran hacer beneficiencia, combatiendo el merchandising paralelo, con la venta de remeras cuyas ganacias fueron a parar a asilos, como el "Hogar de la Madre 3 veces admirable", de La Plata, que recibió dinero tras un show ene sa ciudad y en el microestadio de Racing el año pasado.

Daniel espera su turno y dispara: "la gente no es boluda, la gente piojosa sabe que todo esto es gilada y que la gilada no nos cabe". Por eso, retoman, "no queríamos ni hablar... no hasta que no tuviéramos algo para decir". Ahora sí, consideran, tienen un motivo. Acaban de completar el último tramo de trabajo y, redondeando un embalaje de tres meses a full, han terminado el cuarto disco de Los Piojos a la altura de su primera década de existencia.

Daniel y Micki hablan de la tristeza y la alegría que se asocian a este parto musical y sus compañeros conceden, mitad en broma, mitad en serio, que la única diferencia esta vez radicó en que la sala de maternidad estaba copada por fotógrafos, casi como si se tratara del primer hijo de un famoso. Pero las ironías del destino, aseguran, no implican condicionamientos. "Hemos grabado un disco que es el mejor que podríamos haber hecho en este momento", suelta Andrés, y luego se extiende. Remarca su orgullo por haber mantenido la línea rockera bailable con un sonido tendenciosamente rioplatense -aunque esta vez el costado murguero de la banda pierde espacio en manos de experimentaciones bluseras, reinterpretaciones del sonido jazzero a la dixieland y hasta un vals de cuerdas pinkfloydianas- y reconoce haber descartado la posibilidad de doblarse a sí mismos repitiendo la fórmula de "El farolito". Aún así, no llegan al extremo de Attaque77, que le tomó fobia a su clásico "Hacelo por mí" y lo eliminó de la lista de temas a tocar en vivo. Para Los Piojos, "El farolito" es eun orgullo que ostentan sin pudor y que hasta da para una segunda parte modelo 98, en la que afilan los colmillos y se la dedican a "la prensa soberbia", el líder dixit. El tema se llama "Uoh Pa Pa Pa" y dice que "son como tres, son como seis/ hablan pavadas nomás/ son como diez, son como cien/ los que ya vimos pasar...".

Amén de esta respuesta oficial, musicalizada, en Azul, el nuevo disco, el grupo incluye otras 15 canciones que aún disparando en varias direcciones, conforman lo que sus responsables consideran el trabajo más compacto de los realizados hasta ahora. Compacto y no conceptual, aclara Micky. También acuático, agrega Andrés, quien desde sus letras siempre dice estar refiriéndose al agua. Según Piti, la idea de un sonido propio, definitivo, es la que impulsa el juego de colores. El azul, entonces, tiene que ver con el blues, pero enfocado desde la tristeza del arrabal tanguero, y no como reproducción del lamento de los algodoneros norteamericanos de principios de siglo. Al fin y al cabo, el tango, para Gustavo -un obsesivo coleccionista del género- se filtra en los espacios musicales de la banda y termina reflejándose en las canciones que escribe Andrés.

Lo gracioso es que el título del álbum y a partir de ahí la ecuación color/música para explicar la historia discográfica de la banda, nace en las costas brasileñas, con un montón de "m&m" desperdigadas sobre una mesa. Después de mirarlas una y otra vez, Andrés notó que faltaba uno de los colores primarios, por caso el azul, y sintió que esa suerte de eslabón perdido en una tarde de no hacer nada junto al mar, debpia convertirse en el punto de partida a la hora de discutir el título del nuevo disco.

A la vez, el azul, para Los Piojos cierra un ciclo de impulsos primarios. El álbum debut, Chactuchac o el equivalente a "cero difusión" en palabras de sus integrantes, es negro por donde lo miren, con el recuerdo siempre altivo de haber empeñado los próximos dos discos para poder pagar los honorarios de técnicos y estudio. Ay Ay Ay, el segundo trabajo de la banda, es rojo pasión, rojo sangre, cuentas todavía en rojo y el comienzo de la relación artística con Alfredo Toth y el ingeniero Adrián Bilbao como símbolo de la evolución. Tercer arco es amarillo, pero de todos ellos, sólo Andrés lo relaciona con la salida del sol para Los Piojos. Para los demás, es sólo casualidad.

Lo que no es casual, a esta altura, es la convocatoria de la dupla técnica que produjo, incluyendo el flamante Azul, tres de los cuatro discos del grupo. Además de músico talentoso y experimentado, Alfredo Toth es para Los Piojos el productor ideal porque no le saca el cuerpo al trabajo. En el nuevo disco, lo suyo fue ocuparse de la producción, armado y estructuras de temas sobre la base de nuevas ideas establecidas por la banda, que previeron la inclusión de cuerdas, vientos y coros arregladas por el "Pollo" Raffo.

En los ratos libres, esta vez no hizo falta que Toth refrescara alguna de sus muchas anécdotas con Los Gatos o Charly garcía, tópico de jugosas charlas en anteriores grabaciones, porque Los Piojos tuvieron su propio momento histórico en plena grabación en los estudios Del Cielito. El día que no olvidarán quedó inmortalizado en una foto que los asoció junto a buena parte de Los Gatos, con Toth, Oscar Moro y Ciro Fogliatta, quien pasaba por el país acompañando a Andrés Calamaro y se acercó a la banda para aportar unos teclados. A Gustavo todavía le causa gracia que Moro, antes del flash, llamara a Alfredo Toth "el benjamín del conjunto" y que por ende le sugiriera ubicarse en el medio.

Esto lo cuentan mientras tratan de convencerse de que, ante la lluvia de primavera neoyorquina, la sesión de fotos debe esperar. No queda otra que calentar la pava e iniciar una segunda ronda en ese mate calabaza que ostenta el escudo de Independiente y por esa sencilla razón está siempre cerca de Daniel. El fútbol se filtra como código, como ayuda memoria, pero la banda se sabe en el extranjero. Y lo disfruta sin pudores, sin temer que el público -y el tipo de pensamiento que supuestamente representan-, se sienta traicionado.

"Como músicos, venir a Estados Unidos era algo que teníamos que hacer. La música de este país, el blues, el jazz, siempre nos pegó" dice el baterista con el acuerdo global. Al respecto Andrés aporta la teoría de que "en un punto, Estados Unidos es un enemigo, cuando políticamente no nos deja crecer, pero eso no tiene nada que ver con la música". Luego se lamenta porque quedó afuera un tema llamado "San Jauretche" desde el que proponía leer al autor que en su revisión de la historia habla de los próceres que entregaron la patria, para concluir con un "que me soben la garcha" como impulsiva respuesta a la pregunta de si ellos, Los Piojos, el símbolo del barrio, no podrían ser vistos como "cipayos" por trabajar en Estados Unidos. Pensar lo contrario, se entusiasma Andrés, sería como pretender ir a la guerra con lanzas. Dicen los chinos, según dice Andrés: "si no te conocés vos y tampoco y tu enemigo, vas a perder. Si te conocés vos y no a tu enemigo tenés posibilidades. Si te conocés vos y conocés a tu enemigo, entonces podés ganar".

De todos modos, Gustavo resume con un "New York vale la pena", aunque les duela saber que se perdieron a los Rolling Stones y Bob Dylan en Buenos Aires y que deberán conformarse con ver vía satélite el séptimo Boca-River en que el único que festeja es Andrés, boquense acostumbrado a discutir amablemente con los riverplatenses de la banda, Tavo, Micki y Piti.

La pasión es el código que los unifica. Por eso a Los Piojos lo que menos les preocupa es el potencial destino del disco que acaban de hacer, naufragio incluído. "¿Naufragar?" repite Andrés, "tu cuerpo sabe mantenerse a flote, y si estás en armonía se hace difícil naufragar". El cantante no se imagina algo catastrófico, pero cree necesario aclarar que las ventas de Tercer Arco fueron "extraordinarias". De ahí que no sepa si eso se va a repetir con Azul. Lo que sabe, y le consta es que "es un disco con peso y que un montón de gente está en la misma frecuencia que nosotros. Con eso nos alcanza"

 

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