EL FENOMENO DE LOS PIOJOS. UN SENTIMIENTO QUE NO QUIERE PARAR.
Algo
está pasando en el aire. Las canciones suenan y suenan en las radios, los
videos se repiten por televisión, las remeras que circulan por la ciudad en
cada pecho orgulloso y las banderas que cuelgan de los alambrados cada domingo
en las canchas de fútbol, dejan constancia. Todo deja constancia.
La
imagen de esa cabecita de piojo, suburbano, rockero y del palo, se multiplica
cada día en el inconsciente colectivo de una inmensa masa de pibes que no
resisten el encanto ni la emoción de pertenecer. Porque aquí, pertenecer sí que
tiene sus privilegios. Una banda de rock venida de El Palomar, al oeste del
Gran Buenos Aires, está produciendo un verdadero fenómeno de popularidad que
parece no tener techo a la vista, gracias, pura y exclusivamente, a su
consecuencia ideológica y musical para con ellos mismos. La palabrita
credibilidad, una cuestión de confianza entre público y artista que hoy cotiza
tan alto en el mercado de acciones del rocanrol de los 90, les pertenece. Así
de simple. Cada show de la banda, sea donde sea, se transforma en una
gigantesca celebración colectiva en donde no hay prejuicios ni barreras que separen
a los participantes, arriba y abajo del escenario. Un generalizado clima de
incontrolable alegría, estado de ánimo difícil de hallar en estos tiempos,
circula, se renueva y explota con cada canción.
Los
Piojos están resultando el emergente más impactante, original y masivo que el
rock argentino, nacional y popular, haya producido en esta década. En sólo tres
discos, de dispares resultados técnico-sonoros como Chac-Tu-Chac (1992), Ay Ay
Ay (1994) y Tercer Arco (1996) pero de indudable valor sentimental-musical, la
banda ha evolucionado en todos los sentidos hasta este presente de inmensa
popularidad, donde todos, hasta Mateyko, quiere tener a Los Piojos; todos,
hasta los que nunca subieron a un tren o jugaron al fútbol, quieren sonar y
escribir las canciones como Los Piojos y todos soñarían, hasta los que se
jactan de no interesarse en eso, en vender como Los Piojos -cifras: 100.000
copias de Tercer Arco colocadas en sólo 8 meses-.
Semejante
fenómeno de crecimiento espontáneo que sorprende a quienes no sabían de su
existencia hasta hoy, se explica por una conjunción de factores que bien vale
reseñar. Los Piojos son una banda de amigos y conocidos de Caseros y El Palomar
que surgió a principios de los 90 como, apenas, una más entre todas las bandas
que se formaron a partir de su fanatismo por los Rolling Stones. Hubo shows o
intentos de ello que se hicieron según los dictados de la mitología rockera que
rigen a esa congregación. "Era un bardo", sintetizó alguna vez Andrés
Ciro y todos saben a qué se está refiriendo. Sin embargo, en esos recitales de
tiempo corto, público escaso y delirio desatado, la banda empezó lentamente a
dejar de tener el color de bandera de Mick, Keith y Cía. para empezar a tomar
su propia forma. Pero no se quedaron ahí. Desde ese instinto básico de rock and
roll stone, comenzaron a evolucionar hacia la búsqueda de un sonido y un estilo
que hoy es único. Esa particular cruza de sonidos e influencias que hoy estalla
en "El farolito" o "Verano del 92" -con una coloratura
inconfundiblemente candombera que impulsa el ritmo- no es una maniobra
oportunista en la búsqueda de captar un público ávido de novedades y cansado de
la "ultima maravilla alternativa" vía MTV. Ellos también están en MTV
y no es pecado. Es el concreto resultado de quienes, sin muchas justificaciones
teóricas, responden al llamado de su sangre, a la tradición musical del lugar
en que nacieron y al gusto popular por la celebración que cultiva su público.
Por otra parte, las canciones que provocan semejante locura -basta con presenciar
un show de la banda para comprobarlo- no sepultan su intención poética en
beneficio del ritmo pegadizo por el ritmo pegadizo mismo. Las historias son
simples, de personajes que viven, sueñan, duermen, hacen el amor, se
entristecen y piensan en un futuro mejor. Que no se contentan con este mundo
que les ha tocado vivir, pero que tienen ánimo para entonar, a viva voz,
aquello de "lo mal que se vive, lo bien que se está". Los personajes
de las canciones de Los Piojos no quieren usar la última palabra de moda, ni
piensan qué vacía es su existencia desde el último piso de un rascacielos.
Tampoco ven la vida pasar detrás de los vidrios polarizados de un auto que
circula ajeno a la calle, por la calle. Los personajes de las canciones de Los
Piojos viajan en tren y se sienten libres cuando están "mirando la vía
pasar", tienen tiempo de entristecerse por un amor perdido y suplicar por
un reencuentro en el medio de un tango de ahora, pero tango al fin, hasta tiene
tiempo para entregarse a bailar y olvidar un presente oscuro que, quién sabe,
cómo se solucionará mañana. Cada radiografía de pibe común, con alegrías y
tristezas a cuestas, se transforma en una canción para cantar y representar en
cada show en vivo.
Hoy en
día, la banda atraviesa, junto con el dulce momento de la masividad mediática,
un momento difícil por esa misma locura generada alrededor. La pregunta clave
es ¿cómo aguantar este momento de exposición pública presionante sin caer en la
banalización ni en el incumplimiento para con ese cheque en blanco que la gente
les dio? Los Piojos están en eso, dando pasos lentamente, desensillando hasta
que aclare y hasta que los últimos parroquianos abandonen, borrachos pero
felices, el salón al compás de, por ejemplo, "Todo pasa". Mientras
detuvieron sus actuaciones en Buenos Aires hasta nuevo aviso y se dedican a
pasear por el interior del país, provocando un atisbo del fenómeno nómade de
bandas que han patentado de una vez y para siempre Los Redonditos de Ricota,
ellos ya están pensando en el futuro. En estos casos, el mejor antídoto suele
ser la música misma. Tal vez haya un nuevo disco para fines de año, esa es la
intención, aún cuando Tercer Arco no para de salir de las disquerías envuelto
en papel de regalo. Pero vale la pena detenerse un momento aquí. El encanto que
hace irresistible este disco, el más vendido del rock argentino en el último
lustro, se asienta en la definitiva concreción de todo lo amenazado en los
anteriores y en su resultado, las canciones. El definitivo encuentro entre las
pasiones populares del rock and roll urbano, el candombe, la murga, el tango y
rhythm and blues está presente. Y hay para todos los gustos. El pulso rítmico
típicamente piojoso, patentado allá lejos en la versión eléctrica del tango
"Yira yira" -del primer disco- se agiganta y emerge victorioso en una
oda tribunera llamada simplemente "Maradó", porque así se canta en
las canchas y porque así quedó grabado en la gente. No hace falta mencionar
para quién está cantado. Los versos rezan "Dicen que escapó este mozo, del
sueño de los sin jeta, que a los poderosos reta y ataca a los más villanos, sin
más armas en la mano que un diez en la camiseta", abren el paréntesis
exacto para que estalle la música. Y de ahí, directo al corazón. Lo mismo con
el irresistible ritmo de "El farolito", la canción del verano pasado,
una pesada herencia para el futuro que la banda misma trata de atenuar en sus
efectos negativos al no tocarla en vivo. Ni qué hablar del tono decididamente
rioplatense pero rockero de "Verano del 92", hoy heavy rotation en
MTV con su llanamiento generalizado para el personaje que puede hacer sonreír y
pasarla bien. Los versos oscuros y desencantados de un tango, sí, un tango como
"Gris" habla de sentimiento y dulzura, aún en las malas. Lo mismo, en
la increíble candidez de las melodías que sostienen hermosas historias
suburbanas como "Al atardecer" y "Todo pasa". Con eso, no
hay quién pueda resistirse. Los Piojos están viviendo su momento y la gente los
acompaña en la celebración. Al fin y al cabo, un triunfo de todos.