EL
EDIFICIO DE LA ESQUINA DE Cochabamba y Defensa no figura en guías turísticas ni
forma parte de ningún recorrido de interés por los barrios de Buenos Aires. a
unos pocos metros del traqueteo de los autos que viajan sobre la autopista, el
lugar sólo representa algo para el caminante memorioso que recuerda algunas
trasnoches de 1991 y 1995. En el subsuelo del ese edificio funcionaba un local
de nombre Arpegios que fue, en aquellas calurosas (adentro) y frías (afuera)
madrugadas, el hogar de Los Piojos. Allí tocaron un día después de que a Miki
Rodríguez, el bajista y habilidoso volante izquierdo de la banda, le pegaron un
balazo –que milagrosamente le atravesó parte del rostro sin hacerle más daño-
cuando lo quisieron robar en Ciudad Jardín. Allí también nació el corito que
acompaña hasta hoy el inicial riff de armónica que anticipa "Tan
sólo", primer emblema de militancia piojosa ahora reconvertido en hit
radial. Prendían bengalas ahí adentro, en ese lugar en donde se amontonaban de
a mil personas por noche y en donde, sin saberlo, estaba escribiéndose un
poquito de historia. Andrés Ciro impuso sus coreografía sencillas pero
efectivas –manitas para arriba, manitas para los costados- durante el intenso
clima rioplatense de "Ay Ay Ay". en esa misma canción la gente se
hizo lugar para exigir "vamos los piojos", sobre un mínimo arpegio de
guitarra. En ese pequeño escenario, al que se llegaba por un húmedo pasillo
todo garabateado con inscripciones, mensajes y súplicas, apareció la cucaracha
gigante que baila mambo en "Fumigator". Ahí, en Arpegios, nació la
leyenda de Los Piojos: una banda de amigos de la secundaria y el barrio –aunque
el término se refiera a una difusa zona del Oeste que incluye Palomar, Ciudad
Jardín, Caseros, Martín Coronado- que se procuraban algún trabajo para bancar
otros gustos, planeaban vacaciones imposibles y se divertían jugando a ser los
Rolling Stones en una diminuta sala de ensayo. Ahora la banda de amigos de la
secundaria convive (¿carga?) con el éxito, desde la cresta de una ola que los
meedios especializados coincidieron en bautizar rock chabón, futbolero o
barrial: llenan estadios, venden miles de discos, habitan remeras y todo tiene
sabor a triunfo.
Un
intento de explicación más o menos certera del ascenso y establecimiento de Los
Piojos como institución rockera de una época y un lugar (ya lo son) guarda
directa relación con la cultura popular que los jóvenes vivieron y construyeron
en la década pasada, y que promete continuarse en ésta. Este rock de estadios,
banderas y bengalas, confusamente rebelde pero honesto, que ha recuperado una
mínima noción política (el Che, ahí, juega un papel a veces menospreciado pero
indudable), se presenta como un desprendimiento de cierta tradición musical de
rock y blues urbanos. Una tradición que arrancó con Manal, siguió con La Pesada
del Rock and Roll y Pappos Blues, se cruzó en el camino con los Rolling Stones
y AC/DC, probó el gusto del néctar exótico de los Redondos y hasta se arrimó,
tarde, a la estética del desorden todo terreno que propuso un italiano de
nombre Luca Prodan. En ese cruce entramado de canciones que rebotan en la
cabeza por años y se hacen carné de identidad barrial, de imágenes idealizadas
que derivaron en una mística que terminó por construirse a sí misma –en los
parabrisas de un colectivo, en un póster, en un cassette copiado de otro
cassette-, de códigos callejeroso que nadie escribió pero que todos saben y
respetan, de largos regresos en tren o colectivo a la madrugada y de un vacío
de representación que claramente afloró después de los días hiperinflacionarios
(nadie te va a slvar, vayamos todos para adelante), reside el origen del
fenómeno popular que, dentro del rock argentino, estalló en la última década
del siglo XX.
Este
rock ha dejado de avergonzarse pro exhibir los colores patrios en una remera,
una bandera o un gorro. Por que la mayoría de los chicos ahora identifican el
celeste y blanco con la Selección Nacional y con Maradona –recuérdese que en
los 90, su década más volátil, el astro volvió a jugar en el país después de
once años- y no con ninguna dictadura militar ni con personajes nefastos de
años anteiores. Ya no hay servicio militar, tampoco. Ya ni se canta
"Aurora" en los colegios antes de empezar el día de clases. Entonces,
el orgullo nacional –que no surge de una clara idea del destino venturoso para
la <nación y mucho menos de un estado de bienestar social general- somatiza
desde ciertos emblemas populares que le son más afines, simples y fácilmente
emotivos. Los Piojos compusieron la canción que refleja ese sentimiento.
Maradona, que enlos 80 se había subido al escenario de Pimpinela, María Martha
Serra Lima y Ricardo Montaner, terminó por descubrir q por dónde venía la cosa.
Durante el primer fin de semana de junio de 19999, los tres –el público, Diego,
Los Piojos- vivieron su primera comunión (en uno de los mejores shows de los
90, según ROLLING STONE).
Durante
este tiempo, la banda sintonizó como nadie - los Redondos son un caso aparte -
con la sensación térmica de esta nueva militancia. Desde una poesía simple pero
no tosca, poblada de pequeñas imágenes suburbanas y personajes cotidiano,
hicieron algunas de las canciones que acompañan la vida de estos años: una vida
de grises, blancos y negros cuidadosamente desordenados dentro de una realidad
hostil, de la cual hay que escaparse por un rato y volver, más temprano que
tarde, para seguir sobreviviendo. En la confluencia de una tradición
tanguerocandombera que aún se respira en Buenos Aires y que ha resurgido con
fuerza en estos años, más la cosa tropical incorporada en el paisaje de los
suburbios, junto con la raíz madres rockera (lo mencionado: Manal, los Stones,
los Redondos, Luca), se encuentra a el atractivo fundamental de la música de
Los Piojos. Una forma especial de rocanrol urgente, percusivo y eléctrico a la
vez, gobernado por el ritmo, que maneja sus propios tiempos dentro del formato
canción y que puede convertirse, si la circunstancia los exige (lo que casi
siempre sucede en los conciertos) en una larga cabalgata de guitarras y
tambores. Dos mundos unidos en un revoltijo sonoro en el que se habla de
mujeres, drogas, trenes, atardeceres, soledades y alegrías. Un vaivén sonoro
que se corresponde con el mismo fluir de la vida moderna. De aquí para allá,
como las manitas que se muieven cuando Andrés Ciro lo pide. Tan simple como
eso.