Velas y navaja

Siempre pienso en el destierro, el olvido, la muerte y el suicidio.
La luna camina bajo la noche sin estrellas y una luciérnaga ilumina su andar, las nubes manchan de negro la geografía. Empieza a caer la niebla, entra en mi recamara. Niebla densa, casi de humo, asfixiante.
Como tinta, la niebla se derrama en el suelo y empieza a trepar los muros cubriéndolo todo de nada, mi recamara se convierte en nada, mi recamara no existe. Aquí se despedaza el tiempo, anuncia un neón en verde atenuado por la niebla, aquí yacen carcomidos los erase una vez de los cuentos de niño; aquí mueren los recuerdos de un suicida.
Mi recamara negra invoca ecos que giran vertiginosamente en mi cabeza; llaman mi nombre, lo maldicen, lo despedazan. No puedo escapar de ellos. He tapado mis oídos con cera, pero no les importa, siguen ahí, atormentándome, rasgando mi piel.
Caigo al suelo y me acurruco en un rincón. Llorando como niño, mis sollozos se confunden con la lluvia, afuera llueve y la obscuridad crece.
Tengo velas encendidas en el ropero, pero ahora no son suficientes. La nada ganó. Son velas blancas, pero dan una luz casi imperceptible, la humedad ha apagado varias de ellas. Sólo quedan pabilos quemados y de sus puntas nacen estrellas.
Tengo una navaja en el bolsillo
y siempre pienso en el suicidio.
Tengo una navaja en el bolsillo, pero nunca la he usado; navaja que ahora late en mi bolsillo y brilla en la obscuridad, la saco y juego con ella, las velas con sus cabellos rojos apenas se reflejan, apenas se reflejan mis amarillos ojos en ella.
La navaja no me defiende de los ecos, los corta, pero estos se dividen creando el doble de ruido mezclados con gritos de dolor.
Tengo una navaja en mis manos y ahora juego con ella. Mi recamara se tiñe de rojo oxido bajo la luz de las velas y el resplandor de la navaja.

 

 

 

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