Salir de la rutina
Apoyas tu cabeza en la almohada y deseas morir; imaginas tener una pistola,
sostenerla y acercar el cañón a tu sien o apoyarla en tu paladar.
Pero aún no estás dormido del todo, cambias de posición.
Oyes el radio tocando el mismo CD. Hace más de tres meses que no lo
cambias, pero no te aburre. Te agrada ese grupo gótico, adorador de
obscuras quimeras.
Te transportas al siglo XIX, añoras haber sido contemporáneo
de Poe o de Baudelaire, caminar en las obscuras calles de Boston cerradas
por la niebla o entrar en un bar parisino mal iluminado por las lámparas
de aceite; quizá te remontarías a la vieja Irlanda de Stoker.
Odias este siglo frío, transistorizado, lleno de tecnología
y ciencia, aborreces la computadora y el internet. Mas tuviste la dicha de
conocer el mundo sin ellos, o al menos viviste el tiempo que no eran indispensables.
Eres ingeniero, y para acabarla de chingar, ingeniero en electrónica.
Trabajas todo el día con redes, computadoras, radios y telefonía
y sueñas que se acabe este mundo, que de un día para otro no
exista ciencia y tecnología. Levantarte en medio de la mas negra noche
y verla iluminada por las estrellas y no por la farola que tu vecino instaló
en su patio y, cuya luz penetra directamente a tu habitación robándote
el sueño, o mas bien tus sueños. ¿Qué si hay soluciones?,
claro que las hay, bajar la persiana por ejemplo, pero ésta también
se interpondría entre las estrellas y tu mirar, entre las nubes y tu
contemplar. ¿Qué hacer?, te preguntas mientras ves el nogal
que plantaste en medio de tu patio, queriendo que crezca rápidamente
para que tape esa luz que te vigila, que te atormenta. Cuando esto pase, quizá
tú ya no vivirás en esa casa, tal vez vivirás en un pequeño
pueblo desconocido.
Serás olvidado de tu ciudad, mas tu nunca la olvidarás, te acordarás
de las estáticas nubes de la mañana, y cuando camines en la
tarde añorarás el ocaso desértico que veías tras
la ventana. Recordarás también la lluvia de agosto y la niebla
de enero. Te olvidarás de todos.
Prendes un cigarro y continúas soñando despierto. El teléfono
suena. Lo maldices, y maldices a tu hermana que se idiotiza con la televisión
a todo volumen; el teléfono vuelve a sonar, contestas. Es Víctor
que quiere que le arregles su computadora. Aceptas, le dices que puedes a
las cuatro, cuelgas, maldices otra vez para tus adentros y maldices a Víctor
por la llamada que no debío haber hecho.
Desconectas el teléfono. Te recuestas en tu cama. Inhalas otra bocanada
de tu cigarro y exhalas el azuloso fractal que lentamente se aleja de tu boca.
Te quitas las lagañas y limpias tus lentes. Tú, queriendo salir
de la rutina y la rutina te llama otra vez. Sacas tu pistola imaginaria, la
sostienes firmemente sobre tu sien y halas el gatillo. No queda mas que sesos
y pedazos de cráneo sobre tu almohada.