Luna y abismo.
El resplandor del sol que se oculta tras los cerros da matices naranjas al
cielo. La tarde muere, tarde de octubre, lluviosa, todo el día llovió
y ahora veo como el sol muere lentamente, acobardado, en el filo de la azotea.
Siento como el viento me despeina y veo como la braza del cigarro que sostengo
en mi mano crece con el él. La tarde muere junto a mi cigarro, lo veo
descender más de cinco pisos para finalmente estrellarse en la banqueta.
Y pienso en mi futuro, que así terminaré, despedazado el cráneo,
y mi corazón apagado como la braza del cigarro.
Amor, me dejaste y no puedo soportar eso.
No te recrimino nada, es mi decisión, pero tú conoces mi temperamento
y sabías que no podría soportar que me abandonaras. Eras el
puntal que sostenía mi vida, y de un momento a otro desapareces, yo
no puedo sostenerme en la nada, y lo sabes muy bien.
No hay estrellas, la noche sigue nublada.
No hay nada que me recuerde a ti
pero todo me recuerda a ti.
Las nubes han abierto un hueco a la luna, y el abismo que yace a mis pies
crece. ¡No tengo miedo!, me repito, pero mis piernas tiemblan y mi piel
se estremece. Necesito el valor para dar ese paso.
No puedo vivir sin ti.
No entiendo porqué me dejaste.
Te he llorado y ahora rio de nervios. Un paso, nada más, levanto mi
pie derecho y se sostiene en la nada, es la última luna que miro, y
ella se esconde entre las nubes.
Nunca volveré a verte, amor; como nunca volveré a ver la luz,
amor.
Ya no habrá más futuro y mi pasado muere conmigo.
Un rayo de luna se abre camino entre las nubes e ilumina el abismo.
Yo digo: Luna, me despides de todos.