Franz Kafka

Índice

Prometeo.
Chacales Y Árabes.
El Buitre.
El Escudo De La Ciudad.
Una Confusión Cotidiana.
Una Cruza.

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Prometeo.

De Prometeo informan cuatro leyendas. Según la primera, fue amarrado al
Cáucaso por haber revelado a los hombres los secretos divinos, y los dioses
mandaron águilas a devorar su hígado, perpetuamente renovado.
Según la segunda, Prometeo, aguijoneado por el dolor de los picos
desgarradores, se fue hundiendo en la roca hasta compenetrarse con ella.
Según la tercera, la traición fue olvidada en el curso de los siglos. Los
dioses lo olvidaron, las águilas lo olvidaron, él mismo lo olvidó.
Según la cuarta, se cansaron de esa historia insensata. Se cansaron los
dioses, se cansaron las águilas, la herida se cerró de cansancio.
Quedó el inexplicable peñasco.
La leyenda quiere explicar lo inexplicable.
Como nacida de una verdad, tiene que volver a lo inexplicable.

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Chacales Y Árabes.

Acampábamos en el oasis. Los viajeros dormían. Un árabe, alto y blanco, pasó
adelante; ya había alimentado a los camellos y se dirigía a acostarse.

Me tiré de espaldas sobre la hierba; quería dormir; no pude conciliar el
sueño; el aullido de un chacal a lo lejos me lo impedía; entonces me senté. Y
lo que había estado tan lejos, de pronto estuvo cerca. El gruñido de los
chacales me rodeó; ojos dorados descoloridos que se encendían y se apagaban;
cuerpos esbeltos que se movían ágilmente y en cadencia como bajo un látigo.

Un chacal se me acercó por detrás, pasó bajo mi brazo y se apretó contra mí
como si buscara mi calor, luego me encaró y dijo, sus ojos casi en los míos:

-Soy el chacal más viejo de toda la región. Me siento feliz de poder
saludarte aquí todavía. Ya casi había abandonado la esperanza, porque te
esperábamos desde la eternidad; mi madre te esperaba, y su madre, y todas las
madres hasta llegar a la madre de todos los chacales. ¡Créelo!

-Me asombra -dije olvidando alimentar el fuego cuyo humo debía
mantener lejos a los chacales-, me asombra mucho lo que dices. Sólo por
casualidad vengo del lejano Norte en un viaje muy corto. ¿Qué quieren de mí,
chacales?

Y como envalentonados por este discurso quizá demasiado amistoso, los chacales
estrecharon el círculo a mi alrededor; todos respiraban con golpes cortos y
bufaban.

-Sabemos -empezó el más viejo- que vienes del Norte; en esto
precisamente fundamos nuestra esperanza. Allá se encuentra la inteligencia que
aquí entre los árabes falta. De este frío orgullo, sabes, no brota ninguna
chispa de inteligencia. Matan a los animales, para devorarlos, y desprecian la
carroña.

-No hables tan fuerte -le dije-, los árabes están durmiendo cerca de
aquí.

-Eres en verdad un extranjero -dijo el chacal-, de lo contrario
sabrías que jamás, en toda la historia del mundo, ningún chacal ha temido a un
á rabe. ¿Por qué deberíamos tenerles miedo? ¿Acaso no es un desgracia
suficiente el vivir repudiados en medio de semejante pueblo?

-Es posible -contesté-, puede ser, pero no me permito juzgar cosas que
conozco tan poco; debe tratarse de una querella muy antigua, de algo que se
lleva en la sangre, entonces concluirá quizá solamente con sangre.

-Eres muy listo -dijo el viejo chacal; y todos empezaron a respirar
aún más rápido, jadeantes los pulmones a pesar de estar quietos; un olor
amargo que a veces sólo apretando los dientes podía tolerarse salía de sus
fauces abiertas-, eres muy listo; lo que dices se corresponde con nuestra
antigua doctrina. Tomaremos entonces la sangre de ellos, y la querella habrá
terminado.

-¡Oh! -exclamé más brutalmente de lo que hubiera querido- se
defenderán, los abatirán en masa con sus escopetas.

-Has entendido mal -dijo-, según la manera de los hombres que ni
siquiera en el lejano Norte se pierde. Nosotros no los mataremos. El Nilo no
tendría bastante agua para purificarnos. A la simple vista de sus cuerpos con
vida escapamos hacia aires más puros, al desierto, que por esta razón se ha
vuelto nuestra patria.

Y todos los chacales en torno, a los cuales entre tanto se habían agregado
muchos otros venidos de más lejos, hundieron la cabeza entre las extremidades
anteriores y se la frotaron con las patas; habríase dicho que querían ocultar
una repugnancia tan terrible que yo, de buena gana, con un gran salto hubiese
huido del cerco.

-¿Qué piensan hacer entonces? -les pregunté al tiempo que quería
incorporarme, pero no pude; dos jóvenes bestias habían mordido la espalda de
mi chaqueta y de mi camisa; debí permanecer sentado.

-Llevan la cola de tus ropas -dijo el viejo chacal aclarando en tono
serio-, como prueba de respeto.

-¡Que me suelten! -grité, dirigiéndome ya al viejo, ya a los más
jóvenes.

-Te soltarán, naturalmente -dijo el viejo-, si tú lo exiges. Pero
debes esperar un ratito, porque siguiendo la costumbre han mordido muy hondo y
sólo lentamente pueden abrir las mandíbulas. Mientras tanto escucha nuestro
ruego.

-No diré que el comportamiento de ustedes me ha predispuesto a ello
-contesté.

-No nos hagas pagar nuestra torpeza -dijo, empleando en su ayuda por
primera vez el tono lastimero de su voz natural-, somos pobres animales, sólo
poseemos nuestra dentadura; para todo lo que querramos hacer, bueno o malo,
contamos únicamente con los dientes.

-¿Qué quieres entonces? -pregunté algo aplacado.

-Señor -gritó, y todos los chacales aullaron; a lo lejos me pareció
como una melodía-. Señor, tú debes poner fin a la querella que divide el
mundo. Tal cual eres, nuestros antepasados te han descrito como el que lo
logrará. Es necesario que obtengamos la paz con los árabes; un aire
respirable; el horizonte completo limpio de ellos; nunca más el lamento de los
carneros que el árabe desgüella; todos los animales deben reventar en paz; es
preciso que nosotros los vaciemos de su sangre y que limpiemos hasta sus
huesos. Limpieza, solamente limpieza queremos -y ahora todos lloraban y
sollozaban-, ¿cómo únicamente tú en el mundo puedes soportarlos, tú, de noble
corazón y dulces entrañas? Inmundicia es su blancura; inmundicia es su
negrura; y horrorosas son sus barbas; ganas da de escupir viendo las comisuras
de sus ojos; y cuando alzan los brazos en sus sobacos se abre el infierno. Por
eso, oh señor, por eso, oh querido señor, con la ayuda de tus manos
todopoderosas, con la ayuda de tus todopoderosas manos, ¡córtales el pescuezo
con esta tijera! -Y, a una sacudida de su cabeza, apareció un chacal que traía
en uno de sus colmillos una pequeña tijera de sastre cubierta de viejas
manchas de herrumbre.

-¡Ah, finalmente apareció la tijera, y ahora basta! -gritó el jefe
á rabe de nuestra caravana, que se nos había acercado contra el viento y que
ahora agitaba su gigantesco látigo. Todos escaparon rápidamente, pero a cierta
distancia se detuvieron, estrechamente acurrucados unos contra otros, tan
estrecha y rígidamente los numerosos animales, que se los veía como un
apretado redil rodeado de fuegos fatuos.

-Así que tú también, señor, has visto y oído este espectáculo -dijo el
á rabe riendo tan alegremente como la reserva de su tribu lo permitía.

-¿Sabes entonces qué quieren los animales? -pregunté.

-Naturalmente, señor -dijo-, todos lo saben; desde que existen los
á rabes esta tijera vaga por el desierto, y viajará con nosotros hasta el fin
de los tiempos. A todo europeo que pasa le es ofrecida la tijera para la gran
obra; cada europeo es precisamente el que les parece el predestinado. Estos
animales tienen una esperanza insensata; están locos, locos de verdad. Por
esta razón los queremos; son nuestros perros; más lindos que los de ustedes.
Mira, reventó un camello esta noche, he dispuesto que lo traigan aquí.

Cuatro portadores llegaron y arrojaron el pesado cadáver delante de nosotros.
Apenas tendido en el suelo, ya los chacales alzaron sus voces. Como
irresistiblemente atraído por hilos, cada uno se acercó, arrastrando el
vientre en la tierra, inseguro. Se habían olvidado de los árabes, habían
olvidado el odio; la obliteradora presencia del cadáver reciamente exudante
los hechizaba. Ya uno de ellos se colgaba del cuello y con el primer mosdisco
encontraba la arteria. Como una pequeña bomba rabiosa que quiere apagar a
cualquier precio y al mismo tiempo sin éxito un prepotente incendio, cada
músculo de su cuerpo zamarreaba y palpitaba en su puesto. Y ya todos se
apilaban en igual trabajo, formando como una montaña encima del cadáver.

En aquel momento el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra. Los
chacales alzaron la cabeza, a medias entre la borrachera y el
desfallecimiento, vieron a los árabes ante ellos, sintieron el látigo en el
hocico, dieron un salto atrás y corrieron un trecho a reculones. Pero la
sangre del camello formaba ya un charco, humeaba a lo alto, en muchos lugares
el cuerpo estaba desgarrado. No pudieron resistir; otra vez estuvieron allí;
otra vez el jefe alzó el látigo; yo retuve su brazo.

-Tienes razón, señor -dijo-, dejémoslos en su oficio; por otra parte
es tiempo de partir. Ya los has visto. Prodigiosos animales, ¿no es cierto?
¡ Y cómo nos odian!

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El Buitre.

Erase un buitre que me picoteaba los pies. Ya había desgarrado las botas y las
medias y ahora me picoteaba los pies. Siempre tiraba un picotazo, volaba en
círculos inquietos alrededor y luego proseguía la obra. Pasó un señor, nos miró
un rato y me preguntó por qué toleraba yo al buitre.
-Estoy indefenso -le dije-, vino y empezó a picotearme, yo lo quise espantar
y hasta pensé torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y
quería saltarme a la cara. Preferí sacrificar los pies; ahora están casi hechos
pedazos.
-No se deje atormentar -dijo el señor-, un tiro y el buitre se acabó.
-Le parece? -pregunté-, quiere encargarse usted del asunto?
-Encantado -dijo el señor-; no tengo más que ir a casa a buscar el fusil,
puede usted esperar media hora más?
-No sé -le respondí, y por un instante me quedé rígido de dolor; después añadí
-: por favor, pruebe de todos modos.
-Bueno -dijo el señor-, voy a apurarme.
El buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado errar
la mirada entre el señor y yo. Ahora vi que había comprendido todo: voló un
poco, retrocedió para lograr el ímpetu necesario y como un atleta que arroja
la jabalina encajó el pico en mi boca, profundamente.
Al caer de espaldas sentí como una liberación; que en mi sangre, que colmaba
todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre irrepara-
blemente se ahogaba.

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El Escudo De La Ciudad.

En un principio el orden no faltó en las disposiciones para construir la Torre
de Babel; un orden excesivo, quizá. Se pensó demasiado en guías, intérpretes,
alojamientos para obreros y vías de comunicación, como si se dispusiera de
siglos. En esos tiempos la opinión general era que no se podía construir con
demasiada lentitud; un poco más y hubieran desistido de todo hasta de echar
los cimientos. La gente razonaba de esta manera: los esencial de la empresa es
el pensamiento de construir una torre que llegue al cielo. Lo demás es del
todo secundario. Ese pensamiento, una vez comprendida su grandeza, es
inolvidable: mientras haya hombres en la tierra, habrá también el fuerte deseo
de terminar la torre. Por consiguiente no debe preocuparnos el porvenir. Al
contrario: el saber de los hombres adelanta, la arquitectura ha progresado y
seguirá progresando; de aquí a cien años el trabajo para el que precisamos un
año se hará tal vez en pocos meses, y más resistente y mejor. Entonces, ¿a qué
agotarnos ahora? Eso tendría sentido si cupiera la esperanza de que la torre
quedara terminada en el espacio de una generación. Esa esperanza era
imposible. Lo verosímil era que la nueva generación, con sus conocimientos
superiores condenara el trabajo de la generación anterior y demoliera todo lo
adelantado, para recomenzar. Tales pensamientos paralizaron las energías, y se
pensó menos en construir la torre que en construir una ciudad para los
obreros. Cada nacionalidad quería el mejor barrio, y esto dio lugar a disputas
que culminaban en peleas sangrientas. Esas peleas no tenían fin; algunos
dirigentes opinaban que demoraría muchísimo la construcción de la torre y
otros que más valía aguardar a que se restableciera la paz. Pero no sólo en
pelear pasaban el tiempo; en las treguas embellecían la ciudad, lo que
provocaba nuevas envidias y nuevas peleas. Así pasó el espacio de la primera
generación, pero ninguna de las siguientes fue distinta; sólo aumentó la
destreza técnica y con ella el ansia guerrera. Aunque la segunda o tercera
generación reconoció la insensatez de una torre que llegara hasta el cielo, ya
estaban demasiado comprometidos para abandonar los trabajos y la ciudad.

En todas las leyendas y cantos de esa ciudad está el anhelo de un día
vaticinado en el que cinco golpes sucesivos de un puño gigantesco aniquilarán
la ciudad. Por esa razón está el puño en el escudo de armas.

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Una Confusión Cotidiana.

Un incidente cotidiano, del que resulta una confusión cotidiana. A tiene que
concertar un negocio importante con B en H. Se traslada a H para una entrevista
preliminar, pone diez minutos en ir y diez en volver, y se jacta en su casa de
esa velocidad. Al otro día vuelve a H, esta vez para cerrar el acuerdo. Como
probablemente eso le exigirá muchas horas, A sale muy temprano.
Aunque las circunstancias (a lo menos en opinión de A) son precisamente la de
la víspera, tarda diez horas esta vez en llegar a H. Llega al atardecer,
rendido. Le comunican que B, inquieto por su demora, ha partido hace poco para
el pueblo de A y que deben haberse cruzado en el camino. Le aconsejan que
espere. A, sin embargo, impaciente por el negocio, se va inmediatamente y
vuelve a su casa.
Esta vez, sin poner mayor atención, hace el viaje en un momento. En su casa le
dicen que B llegó muy temprano, inmediatamente después de la salida de A, y
hasta se cruzó con A en el umbral y quiso recordarle el negocio, pero que A le
respondió que no tenía tiempo y que debía salir en seguida.
A pesar de esa incomprensible conducta, B entró en la casa a esperar su vuelta.
Ya había preguntado muchas veces si no había regresado aún, pero seguía
esperándolo siempre en el cuarto de A.
Feliz de hablar con B y de explicarle todo lo sucedido, A corre escaleras
arriba. Casi al llegar, tropieza, se tuerce un tendón y, a punto de perder el
sentido, incapaz de gritar, gimiendo en la oscuridad, oye a B -tal vez muy
lejos ya, tal vez a su lado- que baja la escalera furioso y que se pierde para
siempre.

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Una Cruza.

Tengo un animal curioso mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mi
padre. En mi poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que
gato. Ahora es mitad y mitad. Del gato tiene la cabeza y las uñas, del cordero
el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que son huraños y chispeantes, la
piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par saltarines y
furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana se hace un ovillo y
ronronea; en el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos
y quiere atacar a los corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la
canaleta del tejado. No sabe maullar y abomina a los ratones. Horas y horas
pasa al acecho ante el gallinero, pero jamás ha cometido un asesinato.

Lo alimento a leche; es lo que le sienta mejor. A grandes tragos sorbe la
leche entre sus dientes de animal de presa. Naturalmente, es un gran
espectáculo para los niños. La hora de visita es los domingos por la mañana.
Me siento con el animal en las rodillas y me rodean todos los niños de la
vecindad.

Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas, que no puede
contestar ningún ser humano. Por qué hay un solo animal así, por qué soy yo el
poseedor y no otro, si antes ha habido un animal semejante y qué sucederá
después de su muerte, si no se siente solo, por qué no tiene hijos, como se
llama, etcétera.

No me tomo el trabajo de contestar: me limito a exhibir mi propiedad, sin
mayores explicaciones. A veces las criaturas traen gatos; una vez llegaron a
traer dos corderos. Contra sus esperanzas, no se produjeron escenas de
reconocimiento. Los animales se miraron con mansedumbre desde sus ojos
animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho divino.

En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso de perseguir.
Acurrucado contra mí es como se siente mejor. Se apega a la familia que lo ha
criado. Esa fidelidad no es extraordinaria: es el recto instinto de un animal,
que aunque tiene en la tierra innumerables lazos políticos, no tiene un solo
consanguíneo, y para quien es sagrado el apoyo que ha encontrado en nosotros.

A veces tengo que reírme cuando resuella a mi alrededor, se me enreda entre
las piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le bastara ser gato y
cordero quiere también ser perro. Una vez -eso le acontece a cualquiera- yo no
veía modo de salir de dificultades económicas, ya estaba por acabar con todo.
Con esa idea me hamacaba en el sillón de mi cuarto, con el animal en las
rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas que goteaban en sus
grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías? ¿Tiene este gato de alma de cordero el
orgullo de un hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la pena
cuidar este legado.

Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque son muy
distintas. Por eso le queda chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya
las patas delanteras contra mi hombro y me acerca el hocico al oído. Es como
si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y me mira deferente para observar
el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si lo hubiera
entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y brinca alrededor.

Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención para este animal, pero él
es una herencia y debo negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe
el aliento, aunque a veces me mira con razonables ojos humanos, que me
instigan al acto razonable.

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