Jorge Luis Borges

Índice
Borges Y Yo. Diálogo sobre un diálogo. El disco.
El Libro De Arena. El Otro. El Puñal.
Funes El Memorioso. La Otra Muerte. Los Dos Reyes Y Los Dos Laberintos.
Ulrica.

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Borges Y Yo.

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires
y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la
puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una
terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de
arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del
café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un
modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado
afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que
Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me
cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no
me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del
otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a
perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el
otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre
de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren
perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un
tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me
reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso
rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las
mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos
juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una
fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.

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Diálogo Sobre Un Diálogo.

A.- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin
encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una
dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernandez repetía
que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo
insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede
sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la
cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa
pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que
es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin
estorbo.

Z (burlón).- Pero sospecho que al final no se resolvieron.
A (ya en plena mística).- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

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El Disco.

Soy leñador. El nombre no importa. La choza en que nací y en la que pronto
habré de morir queda al borde del bosque. Del bosque dicen que se alarga hasta
el mar que rodea toda la tierra y por el que andan casa de madera iguales a la
mía. No sé; nunca lo he visto. Tampoco he visto el otro lado del bosque. Mi
hermano mayor, cuando éramos chicos, me hizo jurar que entre los dos
talaríamos todo el bosque hasta que no quedara un solo árbol. Mi hermano ha
muerto y ahora es otra cosa la que busco y seguiré buscando. Hacia el poniente
corre un riacho en el que sé pescar con la mano. En el bosque hay lobos, pero
los lobos no me arrendan y mi hacha nunca me fue infiel. No he llevado la
cuenta de mis años. Sé que son muchos. Mis ojos ya no ven. En la aldea, a la
que ya no voy porque me perdería, tengo fama de avaro ¿pero qué puede haber
juntado un leñador del bosque?
Cierro la puerta de mi casa con una piedra para que la nieve no entre. Una
tarde oí pasos trabajosos y luego un golpe. Abrí y entró un desconocido. Era
un hombre alto y viejo, envuelto en una manta raída. Le cruzaba la cara una
cicatriz. Los años parecían haberle dado más autoridad que flaqueza, pero noté
que le costaba andar sin apoyo del bastón. Cambiamos unas palabras que no
recuerdo. Al fin dijo:
-No tengo hogar y duermo donde puedo. He recorrido toda Sajonia.
Esas palabras convenían a su vejez. Mi padre siempre hablaba de Sajonia;
ahora la gente dice Inglaterra.
Yo tenía pan y pescado. No hablamos durante la comida. Empezó a llover. Con
unos cueros le armé una yacija en el suelo de tierra, donde murió mi hermano.
Al llegar la noche dormimos.
Clareaba el día cuando salimos de casa. La lluvia había cesado y la tierra
estaba cubierta de nieve nueva. Se le cayó el bastón y me ordenó que lo
levantara.
-¿Por qué he de obedecerte? -le dije.
-Porque soy un rey -contestó.
Lo creí loco. Recogí el bastón y se lo di.
Habló con una voz distinta.
-Soy rey de los Secgens. Muchas veces los llevé a la victoria en la dura
batalla, pero en la hora del destino perdí mi reino. Mi nombre es Isern y soy
de la estirpe de Odín.
-Yo no venero a Odín -le contesté-. Yo venero a Cristo.
Como si no me oyera continuó:
-Ando por los caminos del destierro pero aún soy el rey porque tengo el
disco. ¿Quieres verlo?
Abrió la palma de la mano que era huesuda. No había nada en la mano. Estaba
vacía. Fue sólo entonces que advertí que siempre la había tenido cerrada.
Dijo, mirándome con fijeza:
-Puedes tocarlo.
Ya con algún recelo puse la punta de los dedos sobre la palma. Sentí una
cosa fría y vi un brillo. La mano se cerró bruscamente. No dije nada. El otro
continuó con paciencia como si hablara con un niño:
-Es el disco de Odín. Tiene un solo lado. En la tierra no hay otra cosa que
tenga un solo lado. Mientras esté en mi mano seré el rey.
-¿Es de oro? -le dije.
-No sé. Es el disco de Odín y tiene un solo lado.
Entonces yo sentí la codicia de poseer el disco. Si fuera mío, lo podría
vender por una barra de oro y sería un rey.
Le dije al vagabundo que que oún odio:
-En la choza tengo escondido un cofre de monedas. Son de oro y brillan como
el hacha. Si me das el disco de Odín, yo te doy el cofre.
Dijo tercamente:
-No quiero.
-Entonces -dije- puedes proseguir tu camino.
Me dio la espalda. Un hachazo en la nuca sobró para que vacilara y cayera,
pero al caer abrió la mano y en el aire vi el brillo. Marqué bien el lugar
con el hacha y arrastré el muerto hasta el arroyoque estaba muy crecido.
Ahí lo tiré.
Al volver a mi casa busqué el disco. No lo encontré. Hace años que sigo
buscando.

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El Libro De Arena.

...thy rope of sands...
George Herbert (1593-1623)


La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número
infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el
hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es
é ste, more geometrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es
verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin
embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al
atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un
hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su
aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la
mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego
advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera
escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora,
supe que procedía de las Orcadas.

Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía,
como yo ahora.

-Vendo biblias -me dijo.
No sin pedantería le contesté:
-En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de
John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que
literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve,
no son precisamente biblias lo que me falta.

Al cabo de un silencio me contestó:
-No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez
le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo,
encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su
inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay. -Será del siglo diecinueve -observé.
-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me
parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a
la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en
versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me
llamó la atención que la página par llevaba el número (digamos) 40.512 y la
impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras.
Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla
dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:

-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.

Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué
la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:

-Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica,
¿ no es verdad?

-No -me replicó.

Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:

-Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la
Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio
un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin
contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el
libro ni la arena tienen ni principio ni fin.

Me pidió que buscara la primera hora.

Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado
al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la
portada y la mano. Era como si brotaran del libro.

-Ahora busque el final.

También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:

-Esto no puede ser.

Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:

-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es
exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué
están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los
términos de una serie infinita admiten cualquier número. Después, como si
pensara en voz alta:

-Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si
el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.

Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:

-¿Usted es religioso, sin duda?

-Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no
haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su
libro diabólico.

Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por
estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su
patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le
dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de
Hume.

-Y de Robbie Burns -corrigió.

Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa
indiferencia le pregunté:

-¿Usted se propone ofrecer este curioso especimen al Museo Británico?

-No. Se lo ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.

Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé
pensando. Al cabo de unos minutos había urdido mi plan.

-Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por una
rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación,
que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis
padres.

-¡A black letter Wiclif! -murmuró.

Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y
estudió la carátula con fervor bibliográfico.

-Trato hecho -me dijo.

Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi
casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.

Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron.
Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.

Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero
opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y
Una Noches.

Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué
el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara.
El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que
lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas
dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos;
dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné
con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún
artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas
una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en
llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me
concedía el insomnio, soñaba con el libro.

Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió
considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo
palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una
cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.

Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera
parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.

Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque.
Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos
mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en
el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de
los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles.
Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

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El Otro.

El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge.
No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no
perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán
como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí.
Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches
que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un
tercero.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río
Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo
nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo.
Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen
de Eráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había
logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los
estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi
banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise
levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a
silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa
mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado),
era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un
patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace
tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del
principio. La voz no era la de Alvaro, pero quería parecerse a la de Alvaro.
La reconocí con horror.
Me le acerqué y le dije:
-Señor, ¿usted es oriental o argentino?
-Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
-¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que si.
-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo
también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
-No -me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
-Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es
que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un
desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo
de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del
arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de
volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en
cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania
de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa
Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor,
el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de
los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos
balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza
Dubourg.
-Dufour -corrigió.
-Esta bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?
-No -respondió-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es
natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
La objeción era justa. Le contesté:
-Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que
pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra
evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado
el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
-¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no
sentía. Le dije:
-Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay
persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora,
salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir
que te espera?
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:
-Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires,
pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una
hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de
un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin
una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del
fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está
muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y
corriente." Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en
casa como están?
-Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era
como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en
parábolas.
Vaciló y me dijo:
-¿Y usted?
_No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados.
Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole
fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre.
Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros.
Cambié. Cambié de tono y proseguí:
-En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los
mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América
libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla
de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró
otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la
provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan
mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición
de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro
país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los
ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la
del guaraní.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y
sin embargo cierto lo animaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre
muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que
apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.
-Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replicó
no sin vanidad.
-Se me ha desdibujado. ¿Que tal es?
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.
-El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del
alma eslava.
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.
Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.
Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de
Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
-La verdad es que no -me respondió con cierta sorpresa.
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de
versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos
rojos.
-¿Por qué no? -le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de
Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo
hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época.
Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de
todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los
carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números
pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la
gran masa de los oprimidos y parias.
-Tu masa de oprimidos y de parias -le contesté- no es más que una
abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre
de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este
banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables
prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse
de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en
la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y,
francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no
haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter
ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que
corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha
aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr
del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años
después.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
-Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un
señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?
No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:
-Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta:
-¿Como anda su memoria?
Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre
de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:
-Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.
Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrió.
-Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estás soñando conmigo.
Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.
Lentamente entoné la famosa línea:
L'byre - univers tordant son corps écaillé d'astres.
Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada
resplandeciente palabra.
-Es verdad -balbuceó-. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.
Hugo nos había unido.
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza
en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue
realmente feliz.
-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El
poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia
de un hecho.
Se quedó mirándome.
-Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es capaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de
miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos.
Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo
cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco
del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo.
Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que
soy.
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el
paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor.
Se me ocurrió un artificio análogo.
-Oí -le dije-, ¿tenés algún dinero?
-Sí - me replicó-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón
Jichlinski en el Crocodile.
-Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien...
ahora, me das una de tus monedas.
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció
uno de los primeros.
Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy
diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
-No puede ser -gritó-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro.
(Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
-Todo esto es un milagro -alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes
fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados.
No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río
de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no
lo quiso.
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le
propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos
tiempos y en dos sitios.
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho
tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba
mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
-¿A buscarlo? -me interrogó.
-Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista.
Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual
no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano.
Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. EL otro tampoco
habrá ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo
haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó
conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la
vigilia y todavía me atormenta el encuentro.
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la
imposible fecha en el dólar.

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El Puñal.

En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado;
Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay;
Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.

Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que
lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la
hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.

Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los
hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo
eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que
mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña
el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige
porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida
para quien lo crearon los hombres.

A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente
soberbia, y los años pasan, inútiles.

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Funes El Memorioso.

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un
hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura
pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde
el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo,
la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo.
Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos
un mate con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa
una estrella amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su
voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos
italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me
parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban
sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero
no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable
condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo - género
obligatorio en el Uruguay-, cuando el tema es un uruguayo. Literato,
cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo
suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro
Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un
Zarathustra cimarrón y vernáculo"; no lo discuto, pero no hay que olvidar que
era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo
o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a
veranear a Frau Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia
de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y esa no era la única
circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme
tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del
Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que
nos sorprendiera en un descampado el agua elemtal. Corrimos una especie de
carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos
veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi
secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la
estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la
bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el
nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: Qué horas son,
Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan
cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda,
burlona.

Yo soy tan distraído que el dialogo que acabo de referir no me hubiera llamado
la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo)
cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica
tripartita del otro.

Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por
algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora,
como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo. María
Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del
saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento
del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.

Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de
Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural,
por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me
contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco,
y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incomoda
magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo
de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo
Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron
que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una
telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la
soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había
fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente reclamaba su
condición de eterno prisionero: una, inmóvil también, absorto en la
contemplación de un oloroso gajo de santonina.

No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico
del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus
de Quicherat, los comentarios de Julio Cesar y un volumen impar de la Naturalis
historia de Plino, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de
latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las
orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió
una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro,
desdichadamente fugaz, "del día siete de febrero del año ochenta y
cuatro", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío,
finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada
de Ituzaingó" y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes,
acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original,
porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi
inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo
que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente
una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe
si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo
latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con
plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum, de Quicherat, y la obra de Plinio.

El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera
inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el
prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de
comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la
noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor,
fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de
dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaba el Gradus y el primer tomo de
la Naturalis historia. El Saturno zarpaba al día siguiente por la mañana; esa
noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche
fuera no menos pesada que el día.

En el decente rancho, la madre de Funes me recibió.

Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara
encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin
encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al
segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de
pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que
venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o
icantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las
creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa
noche, supe que formaban el primer párrafo del vigésimocuarto capítulo del
libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la
memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdem verbis redderetur
auditum.

Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre,
fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua
momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí
la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre.

Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo
sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio
siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero
resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto
es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis
lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.

Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria
prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas que
sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates
Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio;
Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de
repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se
maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde
lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los
cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Tratéde
recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios, no
me hizo caso.) Diez y nueve años había vivido como quien sueña: miraba sin
ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el
conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico
y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco
después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó
(sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su
memoria eran infalibles.

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los
vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las
nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y
dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta
española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un
remo levantó en Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos
recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones
musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los
entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había
dudado nunca, pero cada reconstrucción había durado un día entero. Me dijo: Más
recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que
el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como la vigilia de ustedes. Y
también, hacia el alba: Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras. Una
circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas
que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las
aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con
el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un
muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel
tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y
hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que
vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente
que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas
y sabrá todo.

La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.

Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y
que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No la había escrito,
porque lo pensado una sola vez ya no podía borrarsele. Su primer estímulo,
creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requieran dos
signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó
luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil
trece, decía (por ejemplo) Maximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El
Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los
bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoleón, Agustín de Vedia. En lugar
de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una
especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle
que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un
sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis
decenas, cinco unidades; análisis que no existe en los "números" El Negro
Timateo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.

Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que
cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre
propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por
parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo
recordaba cada hoja de cada árbol, de cada monte, sino cada una de las veces
que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas
pretéritas, a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo
disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era
interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la
muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

Los dos proyectos que le he indicado (un vocabulario infinito para la serie
natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del
recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan
vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Este, no lo olvidemos, era
casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que
el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos
tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce
(visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto
(visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo
sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el
movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances
de la corrupción, de la caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la
muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo
multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y
Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres;
nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor
presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche covergía sobre
el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil
dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la
sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo
rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y
más vivo que nuestra percepción de un golpe físico o de un tormento físico.)
Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas.
Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa
dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del
río, mecido y anulado por la corriente.

Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín.
Sospecho, sin embargo que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar
diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no
había sino detalles, casi inmediatos.

La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.

Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía
diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce,
más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que
cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su
implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.

Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
1842

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La Otra Muerte.

Un par de años hará (he perdido la carta), Gannon me escribió de Gualeguaychú
anunciando el envío de una versión, acaso la primera española, del poema "The
Past", de Ralph Waldo Emerson, y agregando en una postdata de que don Pedro
Damián, de quien yo guardaría alguna memoria, había muerto noches pasadas,
de una congestión pulmonar. El hombre, arrasado por la fiebre, había revivido
en su delirio la sangrienta jornada de Masoller; la noticia me pareció
previsible y hasta convencional, por que don Pedro, a los diecinueve o veinte
años, había seguido las banderas de Aparicio Saravia. La revolución de 1904
lo tomo en una estancia de Río Negro o de Paysandú, donde trabajaba de peón;
Pedro Damián era entrerriano, de Gualeguay, pero fue adonde fueron los amigos,
tan animoso y tan ignorante como ellos. Combatió en algún entrevero y en la
batalla última; repatriado en 1905, retomó con humilde tenacidad las tareas
de campo. Que yo sepa, no volvió a dejar su provincia. Los últimos treinta
años los pasó en un puesto muy solo, a una o dos leguas del ñancay; en aquel
desamparo, yo conversé con él una tarde (yo traté de conversar con él una
tarde), hacia 1942. Era hombre taciturno, de pocas luces. El sonido y la furia
Masoller agotaban su historia; no me sorprendió que los reviviera, en la hora
de su muerte... Supe que no vería más a Damián y quise recordarlo; tan pobre
es mi memoria visual que sólo recordé una fotografía que Gannon le tomó. El
hecho nada tiene de singular, si consideramos que al hombre lo vi a principios
de 1942, una vez, y a la efigie, muchísimas. Gannon me mandó esa fotografía;
la he perdido y ya no la busco. Me daría miedo encontrarla.
El segundo episodio se produjo en Montevideo, meses después. La fiebre y la
agonía del entrerriano me sugirieron un relato fantástico sobre la derrota de
Massoller; Emir Rodrígez Monegal, a quien referí el argumento, me dio unas
líneas para el coronel Dionisio Tabares, que había hecho esa campaña. El
coronel me recibió después de cenar. Desde un sillón de hamaca, en un patio,
recordó con desorden y con amor los tiempos que fueron. Habló de municiones
que no llegaron y de caballadas rendidas, de hombres dormidos y terrosos
tejiendo laberintos de marchas, de Saravia, que pudo haber entrado en
Montevideo y que se desvió, "porque el gaucho teme a la ciudad", de hombres
degollados hasta la nuca, de una gerra civil que me pareció menos la colisión
de dos ejércitos que el sueño de un matrero. Habló de Illescas, de Tupambaé,
de Maseller. Lo hizo con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que
comprendí que muchas veces había referido esas mismas cosas, y temí que detrás
de sus palabras casi no quedaran recuerdos. En un respiro conseguí intercalar
el nombre de Damián.
-¿Damián? ¿Pedro Damián? -dijo el coronel-. 'Ese sirvió conmigo. Un tapecito
que le decían Daymán los muchachos. -Inició una ruidosa carcajada y la cortó
de golpe, con fingida o veraz incomodidad.
Con otra voz dijo que la guerra servía, como la mujer, para que se probaran
los hombres, y que antes de entrar en batalla, nadie sabía quién es. Alguien
podía pensarse cobarde y ser un valiente, y asimismo al revés, como le
ocurrió a ese pobre Damián, que se anduvo floreando en las pulperías con su
divisa blanca y después flaqueó en Masoller. En algún tiroteo con los zumacos
se portó como un hombre, pero otra cosa fue cuando los ejércitos se
enfrentaron y empezó el cañoneo y cada hombre sintió que cinco mil hombres se
habían coaliado para matarlo. Pobre gurí, que se la había pasado bañando
ovejas y que de pronto lo arrastró esa patriada...
Absurdamente, la versión de Tabares me avergonzó. Yo hubiera preferido que
los hechos no ocurrieran así. Con el viejo Damián, entrevisto una tarde, hace
muchos años, yo había fabricado, sin proponérmelo, una suerte de ídolo; la
versión de Tabares lo destrozaba. Súbitamente comprendí la reserva y la
obstinada soledad de Damián; no las había dictado la modestia, sino el
bochorno. En vano me repetí que un hombre acosado por un acto de cobardía es
mas complejo y mas interesante que un hombre meramente animoso. El gaucho
Martín Fierro, pensé, es menos menos memorable que Lord Jim o que Razumov. Sí,
pero Damián, como gaucho, tenía obligación de ser Martín Fierro -sobre todo,
ante gauchos orientales. En lo que Tabares dijo y no dijo percibí el agreste
sabor de lo que se llama artiguismo: la conciencia(tal vez incontrovertible)
de que el Uruguay es más elemental que nuestro país y, por ende, más bravo...
Recuerdo que esa noche nos despedimos con exagerada efusión.
En el invierno, la falta de una o dos circunstancias para mi relato
fantástico (que torpemente se obstinaba en no dar con su forma) hizo que yo
volviera a la casa del coronel Tabares. Lo hallé con otro señor de edad: el
doctor Juan Francisco Amaro, de Paysandú, que también había militado en la
revolución de Saravia. Se habló, previsiblemente, de Masoller. Amaro refirió
unas anécdotas y después agregó con lentitud, como quien está pensando en voz
alta:
-Hicimos noche en Santa Irene, me acuerdo, y se nos incorporó alguna gente.
Entre ellos, un veterinario francés que murió la víspera de la acción, y un
mozo esquiador, de Entre Ríos, un tal Pedro Damián.
Lo interrumpí con acritud.
-Ya sé -le dije-. El argentino que flaqueó ante las balas.
Me detuve; los dos me miraban perplejos.
-Usted se equivoca, señor -dijo, al fin, Amaro-. Pedro Damián murió como
querría morir cualquier hombre. Serían las cuatro de la tarde. En la cumbre de
la cuchilla se había hecho fuerte la infantería colorada; los nuestros la
cargaron, a lanza; Damián iba en la punta, gritando, y una bala lo acertó en
el pecho. Se paró en los estribos, concluyó el grito y rodó por tierra y quedó
entre las patas de los caballos. Estaba muerto y la última carga de Massoller
le paso encima. Tan valiente y no había cumplido veinte años.
Hablaba, a no dudarlo, de otro Damián, pero algo me hizo preguntar qué
gritaba el gurí.
-Malas palabras -dijo el coronel-, que es lo que se grita en las cargas.
-Puede ser -dijo Amaro-, pero también gritó ¡Viva Urquiza!
Nos quedamos callados. Al fin, el coronel murmuró:
-No como si peleara en Masoller, sino en Cagancha o India Muerta, hará un
siglo.
Agregó con sincera perplejidad:
-Yo comandé esas tropas, y juraría que es la primera vez que oigo hablar de
un Damián.
No pudimos lograr que lo recordara.
En Buenos Aires, el estupor que me produjo su olvido se repitió. Ante los
once deleitables volúmenes de las obras de Emerson, en el sótano de la
librería inglesa de Mitchell, encontré, una tarde, a Patricio Gannon. La
pregunté por su traducción de "The Past". Dijo que no pensaba traducirlo y que
la literatura española era tan tediosa que hacía innecesario a Emerson. Le
recordé que me había prometido esa versión en la misma carta en que me
escribió la muerte de Damián. Se lo dije, en vano. Con un principio de terror
advertí que me oía con extrañeza, busqué amparo en una discusión literaria
sobre los detractores de Emerson, poeta más complejo, más diestro y sin
duda más singular que el desdichado Poe.
Algunos hechos más debo registrar. En abril tuve carta del coronel Dionisio
Tabares; éste ya no estaba ofuscado y ahora se acordaba muy bien del
entrerrianito que hizo punta en la carga de Masoller y que enterraron esa
noche sus hombres, al pie de la cuchilla. En julio pasé por Gualeguaychú; no
di con el racho de Damián,de quien ya nadie se acordaba. Quise interrogar al
puestero Diego Abaroa, que lo vio morir; éste había fallecido antes del
invierno. Quise traer a la memoria los rasgos de Damián; meses después;
hojeando unos álbunes, comprobé que el rostro sombrío que yo había conseguido
evocar era el del célebre tenor Tamberlinck, en el papel de Otelo.
Paso ahora a las conjeturas. La más fácil, pero también la menos
satisfactoria, postula dos Damianes: el cobarde que murió en Entre Ríos hacia
1946, el valiente, que murió en Masoller en 1904. Su defecto reside en no
explicar lo realmente enigmático: los curiosos vaivenes de la memoria del
coronel Tabares, el olvido que anula en tan poco tiempo la imagen y hasta el
nombre del que volvió. (No acepto, no quiero aceptar una conjetura más simple:
la de haber yo soñado al primero.) Más curiosa es la conjetura sobrenatural
que ideó Ulrike von Kuhlmann. Pedro Damián, decía Ulrike, pereció en la
batalla, y en la hora de su muerte suplicó a Dios que lo hiciera volver a
Entre Ríos. Dios vaciló un segundo antes de otorgar esa gracia, y quien la
había pedido ya estaba muerto, y algunos hombres lo habían visto caer. Dios,
que no puede cambiar el pasado, pero sí las imágenes del pasado, cambió la
imagen de la muerte en la de un desfallecimiento, y la sombra del entrerriano
volvió a su tierra. Volvió, pero debemos recordar su condición de sombra.
Vivió en la soledad, sin una mujer, sin amigos; todo lo amó y lo poseyó, pero
desde lejos, como del otro lado de un cristal; "murió", y su tenue imagen se
perdió, como el agua en el agua. Esa conjetura es errónea, pero hubiera debido
sugerirme la verdadera (la que hoy creo la verdadera), que a la vez es la más
simple y más inaudita. De un modo casi mágico la descubrí en el tratado
De Omnipotentia, de Pier Damiani, a cuyo estudio me llevaron dos versos del
Canto XXI del Paradiso, que plantean precisamente un problema de indentidad.
En el quinto capítulo de aquel tratado, Pier Damiasini sostiene, contra
Aristóteles y contra Fredegario de Tours, que Dios puede efectuar que no haya
sido lo que alguna vez fue. Leí esas viejas discusiones teológicas y empecé a
comprender la trágica historia de don Pedro Damián.

La adivino así. Damián se portó como un cobarde en el campo de Masoller, y
dedicó la vida a corregir esa bochornosa flaqueza. Volvió a Entre Ríos ; no
alzó la mano a ningún hombre, no marcó a nadie, no buscó fama de valiente,
pero en los campos del ñancay se hizo duro, lidiando con el monte y la
hacienda chúcara. Fue preparando, sin duda sin saberlo, el milagro. Pensó con
lo más hondo: Si el destino me trae otra batalla, yo sabré merecerla. Durante
cuarenta años la aguardó con oscura esperanza, y el destino al fin se la
trajo, en la hora de su muerte. La trajo en forma de delirio pero ya los
griegos sabían que somos las sombras de un sueño. En la agonía revivió su
batalla, y se condujo como un hombre y encabezó la carga final y una bala lo
acertó en pleno pecho. Así, en 1946, por obra de una larga pasión, Pedro
Damián murió en la derrota de Masoller, que ocurrió entre el invierno y la
primavera de 1904.
En la Suma Teológica se niega que Dios pueda hacer que lo pasado no haya
sido, pero nada se dice de la intrincada concatenación de causas y efectos,
que es tan vasta y tan íntima que acaso no cabría anular un solo hecho remoto,
por insignificante que fuera, sin invalidar el presente. Modificar no es
modificar un solo hecho; es anular sus consecuencias, que tienden a ser
infinitas. Dicho sea de con otras palabras; es crear dos historias
universales. En la primera (digamos), Pedro Damián murió en Entre Ríos, en
1946; en la segunda, en Masoller, en 1904. Esta es la que vivimos ahora, pero
la supresión de aquélla no fue inmediata y produjo las incoherencias que he
referido. En el coronel Dionisio Tabares se cumplieron las diversas etapas: al
principio recordó que Damián obró como un cobarde; luego, lo olvidó
totalmente; luego, recordó su impetuosa muerte. No menos corroborativo es el
caso del puestero Abaroa; éste murió, lo entiendo, porque tenía demasiadas
memorias de don Pedro Damián.
En cuanto a mí, entiendo no recorrer un peligro análogo. He adivinado y
registrado un proceso no accesible a los hombres, una suerte de escándalo de
la razón; pero algunas circunstancias mitigan ese privilegio temible. Por lo
pronto, no estoy seguro de haber escrito siempre la verdad. Sospecho que en mi
relato hay falsos recuerdos. Sospecho que Pedro Damián (si existió) no se llamó
Pedro Damián, y que yo lo recuerdo bajo ese nombre para creer algún día que su
historia me fue sugerida por los argumentos de Pier Damiani. Algo parecido
acontece con el poema que mencione en el primer párrafo y que versa sobre la
irrevocabilidad del pasado. Hacia 1951 creeré haber fabricado un cuento
fantástico y habré historiado un hecho real; también el inocente Virgilio,
hará dos mil años, creyó anunciar el nacimiento de un hombre y vaticinaba el
de Dios.
¡Pobre Damián! La muerte lo llevó a los veinte años en una triste guerra
ignorada y en una batalla casera, pero consiguió lo que anhelaba su corazón, y
tardó mucho en conseguirlo, y acaso no hay mayores felicidades.

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Los Dos Reyes Y Los Dos Laberintos.

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros
días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y
magos y les mando a construír un laberinto tan perplejo y sutil que los
varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se
perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son
operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino
a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la
simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó
afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró
socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna,
pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que,
si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia,
juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan
venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo
al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto.
Cabalgaron tres días, y le dijo: "Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del
siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas
escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre
el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas
galerías que recorrer, ni muros que veden el paso."

Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde
murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquel que no muere.

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Ulrica.

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leggr i methal theira bert
Völsunga Saga, 27

Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de
la realidad, lo cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé
que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos
circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con
Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de York.
La crónica abarcará una noche y una mañana.

Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas
de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de
Cronwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn,
que está del otro lado de las murallas. Eramos pocos y ella estaba de
espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó.

-Soy feminista -dijo-. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan
su tabaco y su alcohol.

La frase quería ser ingeniosa y adiviné que no era la primera vez que la
pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que
decimos no siempre se parece a nosotros.

Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando
supieron que era noruega.

Uno de los presentes comentó:

-No es la primera vez que los noruegos entran en York.

-Así es -dijo ella-. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien
puede tener algo o algo puede perderse.

Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de
suave plata o de furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era
ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me
impresionó su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa
parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que
tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido
y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las
descubrí poco a poco.

Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en
Bogotá. Aclaré que era colombiano.

Me preguntó de un modo pensativo:

-¿Qué es ser colombiano?

-No sé -le respondí-. Es un acto de fe.

-Como ser noruega -asintió.

Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé
temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se
perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo
que le gustaba salir a caminar sola.

Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:

-A mí también. Podemos salir juntos los dos.

Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven. No había un alma en los campos.
Le propuse que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que
ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra
persona.

Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo,
pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó.

Al rato dijo como si pensara en voz alta:

-Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han
conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo.

Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia
Londres; yo, hacia Edimburgo.

-En Oxford Street -me dijo- repetiré los pasos de De Quincey, que
buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.

-De Quincey -respondí- dejó de buscarla. Yo, a lo largo del tiempo,
sigo buscándola.

-Tal vez -dijo en voz baja- la has encontrado.

Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y
los ojos. Me apartó con suave firmeza y luego declaró:

-Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me
toques. Es mejor que así sea.

Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se
espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades
de Popayan y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrica, que me
había negado su amor.

No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el
primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí,
sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.

Tomados de la mano seguimos.

-Todo esto es como un sueño -dije- y yo nunca sueño.

-Como aquel rey -replicó Ulrica- que no soñó hasta que un hechicero lo
hizo dormir en una pocilga.

Agregó después:

-Oye bien. Un pájaro está por cantar.

Al poco rato oímos el canto.

-En estas tierras -dije-, piensan que quien está por morir prevé lo
futuro.

-Y yo estoy por morir -dijo ella.

La miré atónito.

-Cortemos por el bosque -la urgí-. Arribaremos más pronto a Thorgate.

-El bosque es peligroso -replicó.

Seguimos por los páramos.

-Yo querría que este momento durara siempre -murmuré.

-Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres -afirmó
Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que
no lo había oído bien.

-Javier Otárola -le dije.

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.

-Te llamaré Sigurd -declaró con una sonrisa.

-Si soy Sigurd -le repliqué- tú serás Brynhild.

Había demorado el paso.

-¿Conoces la saga? -le pregunté.

-Por supuesto -me dijo-. La trágica historia que los alemanes echaron
a perder con sus tardíos Nibelungos.

No quise discutir y le respondí:

-Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una
espada en el lecho.

Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la
otra, el Northern Inn.

Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó:

-¿Oíste al lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate.

Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de
William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros.
Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas.
El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me
recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por
mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaban
muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el
tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la
imagen de Ulrica.

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