Ernesto Sábato

Índice
Anteojo Astronómico. Ciencia Y Moral. Dios.
Apeirón. Citas. Divulgación.
Berkeley. Continuidad De La Creación. Edad.
Borges. Determinismo. Educación.
Eterno retorno. Fama. Fantástico.
Física Escandalosa. Galileo. Heliocentrismo.
Indeterminación. Inercia Mental. Infinito.
Infinitud Del Universo. Invención Y Descubrimiento. Lenguaje.
Simplicidad De La Matemática. Valores. Verdad Y Belleza.

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Anteojo Astronómico.

Combinación de dos lentes que sirve para ver objetos lejanos y para refutar a
Aristóteles.

"El firmamento es eterno y sin origen", había decretado el sabio de Estagira.
Galileo se limitó a dar tres conferencias ante mil personas sobre la estrella
nueva aparecida en la constelación de la Serpiente. La disputa se exacerbó
cuando empezó a escrutar el cielo con su anteojo y a encontrar cosas raras.
Primero descubrió las fases de Venus, e hizo notar que ese hecho era la mejor
prueba de la hipótesis copernicana. Luego descubrió los satélites de Júpiter,
que si bien constituían otra prueba de esa hipótesis eran filosóficamente
absurdos: según los aristotélicos un cuerpo en movimiento no podía ser centro
de otro movimiento.

El matemático y astrónomo Clavius, de Roma, expresó con sobriedad su opinión
sobre el descubrimiento: "Me río de los pretendidos acompañantes de Júpiter".
Otros peripatéticos, más conciliadores, afirmaron que quizá el instrumento
mismo producía los satélites; Galileo ofreció diez mil escudos al que
fabricara un anteojo tan astuto. La mayoría de los aristotélicos, sin
embargo, se negó en redondo a mirar por el tubo, asegurando que no valía la
pena buscar semejantes objetos celestes, ya que Aristóteles no los había
mencionado en ninguno de sus volúmenes.

En una carta a Kepler decía Galileo: "Habrías reído estrepitosamente si
hubieras oído las cosas que el primer filósofo de la facultad de Pisa dijo en
mi contra delante del Gran Duque, y cómo se esforzaba, mediante la ayuda de
la lógica y de conjuros mágicos, en discutir la existencia de las nuevas
estrellas".

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Apeirón.

Se nos dice que este imperfecto Universo en que vivimos está formado por una
ú nica sustancia que se transmuta sin cesar, asumiendo transitoriamente la
forma de árboles, criminales y montañas. Como un artista insatisfecho que
destruye siempre su obra, este proceso intenta copiar un Universo Fantástico
donde el movimiento no existe, un Universo donde está el Arbol, el Animal, la
Justicia, Sócrates, y el Triángulo. Todos estos objetos son inalterables,
incorruptibles, porque el tiempo no pasa por ellos, el tiempo que todo lo
corrompe y todo lo transforma, el tiempo que quizá es la corrupción y la
transformación.

De modo que las cosas, las muertes, los amores del universo cotidiano son
como aproximaciones groseras de esos Objetos Fantásticos. Y aunque nunca los
hemos visto, creemos que existen en alguna parte. Creemos, por ejemplo, en la
eternidad de algo que llamamos el Arbol, que es una idea fija, cristalizada,
a la que tímidamente se acerca, con riesgos y cuidados, un montón de
partículas universales, que antes eran sal, montaña y agua. Este frágil ser
vacila y muere antes de haber alcanzado aquel estado ideal, porque parece
como si la naturaleza fuera enemiga de las cosas puras e incorruptibles. Y
así la piedra se transmuta en árbol, el hidrógeno en oxígeno, Platón en
Aristóteles, el amor en odio, el criminal en santo.

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Berkeley.

Cuando el doctor Johnson sintió que los argumentos del obispo lo estaban
metiendo en una maraña, decidió cortar por lo sano, a la acreditada manera de
los pragmatistas ingleses: dio un puntapié a una piedra y exclamó:

-Lo refuto así.

De este modo creía certificar que la piedra no era un fantasma perceptual.
Pero acaso las piedras de Berkeley no pueden recibir puntapiés? También en
sueños podemos golpear una piedra.

No tengo interés en salvar a Berkeley, pero en prestigio de la inteligencia,
solicito mejores argumentos.

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Borges.

Las obras sucesivas de un escritor son como las ciudades que se construyen
sobre las ruinas de las anteriores: aunque nuevas prolongan cierta
inmortalidad, asegurada por leyendas antiguas, por hombres de la misma raza,
por las mismas puestas de sol, por pasiones semejantes, por ojos y rostros
que retornan.

Cuando se hace una excavación en la obra de Jorge Luis Borges, aparecen
fósiles dispares: manuscritos de heresiarcas, naipes de truco, Quevedo y
Stevenson, letras de tango, demostraciones matemáticas, Lewis Carroll,
aporías eleáticas, Franz Kafka, laberintos cretenses, arrabales porteños,
Stuart Mill, de Quincy y guapos de chambergo requintado. La mezcla es
aparente: son siempre las mismas ocupaciones metafísicas, con diferente
ropaje: un partido de truco puede ser la inmortalidad, una biblioteca puede
ser el eterno retorno, un compadrito de Fray Bentos justifica a Hume. A
Borges le gusta confundir al lector: uno cree estar leyendo un relato
policial y de pronto se encuentra con Dios o con el falso Basílides.

Las causas eficientes de la obra borgiana son, desde el comienzo, las mismas.
Parece que en los relatos que forman Ficciones la materia ha alcanzado su
forma perfecta y lo potencial se ha hecho actual. La influencia que Borges ha
ido teniendo sobre Borges parece insuperable. Estará destinado, de ahora en
adelante, a plagiarse a sí mismo?


En el prólogo a La invención de Morel, Borges se queja de que en las novelas
llamadas psicológicas la libertad se convierte en absoluta arbitrariedad:
asesinos que matan por piedad, enamorados que se separan por amor; y arguye
que sólo en las novelas llamadas de aventuras existe el rigor. Creo que esto
es cierto, pero no puede ser aceptado como una crítica: a lo más, es una
definición. Sólo en ciertas novelas de aventuras -preferentemente en las
policiales, inauguradas por Poe- existe ese rigor que se puede lograr
mediante un sistema de convenciones simples, como en una geometría o en una
dinámica; pero ese rigor implica la supresión de los caracteres
verdaderamente humanos. Si en la realidad humana hay una Trama o Ley, debe
ser infinitamente compleja para que pueda ser aparente.

La necesidad y el rigor son atributos de la lógica y de la matemática. Pero,
cómo ha de ser posible aplicarlos a la psicología, si ni siquiera son aptos
para aprehender la realidad física? Como dice Russell, la física es
matemática no porque sepamos mucho del mundo exterior sino porque lo que
sabemos es demasiado poco.

Si se comparan algunos de los laberintos de Ficciones con los de Kafka, se ve
esta diferencia: los de Borges son de tipo geométrico o ajedrecístico y
producen una angustia intelectual, como los problemas de Zenón, que nacen de
una absoluta lucidez de los elementos puestos en juego; los de Kafka, en
cambio, son corredores oscuros, sin fondo, inescrutables, y la angustia es
una angustia de pesadilla, nacida de un absoluto desconocimiento de las
fuerzas en juego. En los primeros hay elementos a-humanos, en los segundos
los elementos son simplemente humanos. El detective Erik Lönnrot no es un ser
de carne y hueso: es un títere simbólico que obedece ciegamente -o lúcidamente,
es lo mismo- a una Ley Matemática; no se resiste, como la hipotenusa no puede
resistirse a que se demuestre con ella el teorema de Pitágoras; su belleza
reside, justamente, en que no puede resistir. En Kafka hay también una Ley
inexorable, pero infinitamente ignorada; sus personajes se angustian porque
sospechan la existencia de algo, se resisten como se resiste uno en las
pesadillas nocturnas, luchan contra el Destino; su belleza está, justamente, en
esa resistencia que es vana.

También se podría decir que Borges hace álgebra, no aritmética (como pasa con
el Teste o el Leonardo de Valéry). El memorioso de Fray Bentos podía ser de
Calcuta o de Dinamarca. Induce a error la necesidad -inevitable, por convención
literaria- de dar nombres precisos a los personajes y lugares. Se ve que Borges
siente esta limitación como una falla. No pudiendo llamar alfa, ene o kappa a
sus personajes, los hace lo menos locales posible: prefiere remotos húngaros y,
en este último tiempo, abundantes escandinavos.

La escuela de Viena asegura que la metafísica es una rama de la literatura
fantástica. Esta afirmación pone de mal humor a los metafísicos y de excelente
á nimo a Borges: los juegos metafísicos abundan en sus libros. En rigor, creo
que todo lo ve Borges bajo especie metafísica: ha hecho la ontología del truco
y la teología del crimen orillero; las hipóstasis de su Realidad, suelen ser
una Biblioteca, un Laberinto, una Lotería, un Sueño, una Novela Policial; la
historia y la geografía son meras degradaciones espacio-temporales de alguna
eternidad regida por un Gran Bibliotecario.

En Tres versiones de Judas, Borges nos dice -y le creemos- que para Nils
Runeberg, su interpretación de Judas fue la clave que descifra un misterio
central de la teología, fue motivo de soberbia, de júbilo y de terror:
justificó y desbarató su vida. Podemos agregar: también por ella, quizá, habría
aceptado la hoguera.

Para Borges, en cambio, esas tesis son "ligeros ejercicios inútiles de la
negligencia o de la blasfemia". Con la misma alegría -o con la misma tristeza,
que da la falta de cualquier fe- Borges enunciará la tesis de Runeberg y la
contraria, la defenderá o la refutará y, naturalmente, no aceptará la hoguera
ni por una ni por otra. Borges admira al hombre capaz de todas las opiniones,
lo que equivale a cierta especie de monismo. Alguna vez planteó un cuento en
que un teólogo lucha toda su vida contra un heresiarca, lo refuta y finalmente
lo hace quemar: después de muerto, ve que el heresiarca y él forman una sola
persona. También Judas refleja de alguna manera a Jesús. Pero tampoco se
dejaría quemar Borges por este monismo, porque también es dualista y
pluralista.

La teología de Borges es el juego de un descreído y es motivo de una hermosa
literatura. Cómo explicar, entonces, su admiración por León Bloy? No admirará
en él, nostálgicamente, la fe y la fuerza? Siempre me ha llamado al atención
que admire a compadres y a guapos de facón en la cintura.

Por eso planteo estas cuestiones:

Le falta una fe a Borges?

No estarán condenados a algún Infierno los que descreen?

No será Borges ese Infierno?

A usted, Borges, heresiarca del arrabal porteño, latinista del lunfardo, suma
de infinitos bibliotecarios hipostáticos, mezcla rara de Asia Menor y Palermo,
de Chesterton y Carriego, de Kafka y Martín Fierro; a usted, Borges, lo veo
ante todo como un Gran Poeta.

Y luego así: arbitrario, genial, tierno, relojero, débil, grande, triunfante,
arriesgado, temeroso, fracasado, magnífico, infeliz, limitado, infantil e
inmortal.

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Ciencia y moral.

Un telémetro de artillería requiere el concurso de matemáticos, físicos e ingenieros; pero puede ser utilizado por los ejércitos de un bandolero o por hombres que luchan por la libertad. Los productos de la ciencia son ajenos al mundo de los valores éticos: el teorema de Pitágoras puede ser verdadero o falso; pero no puede ser perverso, ni respetable, ni decente, ni bondadoso, ni colérico. Sin embargo, la matemática, la física y en general todas las ramas que han llegado al estadio de ciencia estricta, no de simple conocimiento o clasificación empírica -Wissenschaft- tienen un valor formativo que debe ser calificado como moralizador. En la ciencia estricta, el yo debe ser sacrificado a la objetividad; el hombre que investiga la naturaleza lo hace con los deseos, prejuicios y vanidades que son inseparables de la pobre condición humana; pero, frente a los insobornables hechos, hay un instante en que el investigador debe abandonar sus deseos, sus prejuicios y sus vanidades; este es el duro momento en que un verdadero científico se manifiesta superior al resto de los mortales; si Aristóteles hubiera sobrevivido hasta el Renacimiento y hubiera aceptado la refutación de su teoría ante la experiencia de la Torre de Pisa, entonces habría pasado a la historia como un verdadero hombre de ciencia. Estas rectificaciones no son fáciles; la historia de la ciencia está llena de hombres que se aferraron a teoría falsas mucho después que los hechos las hubieran destrozado. Los peripatéticos contemporáneos de Galileo se negaron a aceptar la existencia de los satélites de Júpiter; Poggendorff pasó a la historia por haber encajonado la memoria de Mayer, descubridor del principio de la energía; Painlevé se negaba a aceptar la teoría de Einstein; Le Chatelier comentaba con sorna que "algunos ilusos dicen haber comprobado la producción de gas helio por el uranio", varios años después que centenares de físicos trabajaban en la radiactividad. La ciencia es una escuela de modestia, de valor intelectual y de tolerancia: muestra que el pensamiento es un proceso, que no hay gran hombre que no se haya equivocado, que no hay dogma que no se haya desmoronado ante el embate de los nuevos hechos.

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Citas.

Hay por lo menos dos formas de mostrar una erudición irritante: una,
acumulando citas, y otra, no haciendo ninguna. La segunda es abundante en los
genios. Uno de los aspectos más hirientes de los hombres geniales es su
desprecio por las frases conocidas, probablemente causado por una mera
cuestión de competencia, ya que ellos mismos son constructores de frases
conocidas en el futuro. De este modo, los genios se caracterizan por citarse
insistentemente a si mismos; con el pretexto de rehuir el brillo de la
erudición manifiesta, practican una de sus formas más odiosas: la erudición
de si mismo, una como erudición con signo menos, concluyendo por caer en una
pedantería al revés.

Lo prudente es, pues, emplear una dosis amistosa de citas. Y además, hablando
con franqueza, cómo seria posible hoy escribir nada sin citar a Rilke, o a
Kafka, o a Heidegger? O, al menos, sin hacer uso de la palabra
Weltanschauung?

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Continuidad de la Creación.

Una catástrofe que sumiera a la humanidad en la miseria y en la ignorancia transmutaría el valor de todas las obras de arte, aniquilaría las riquezas de Leonardo, de los diálogos platónicos: nadie puede ver en una novela, en un cuadro, en un sistema de filosofía, más inteligencia, más matices de espíritu que los que él mismo tiene. Pero aún sin catástrofe, la humanidad cambia constantemente y, con ella, las creaciones del pasado y los personajes históricos: el presente engendra el pasado; el Cervantes que escribió el Quijote no es el mismo que el Cervantes de hoy; aquél era aventurero, lleno de vida y despreocupado humor; el de hoy es académico, envejecido, escolar, antológico. Lo mismo pasa con Don Quijote, oscilando entre la ridiculez y la sublimidad, según la época, la edad de los lectores y su talento. No hay tal abismo entre la realidad y la ficción. Hoy es tan real -o tan ficticio- Cervantes como Don Quijote. Al fin de cuentas, nosotros no hemos conocido a ninguno de los dos y no nos consta su existencia o inexistencia efectiva, de carne y hueso; de ambos tenemos una noticia literaria, llena de creencias y suposiciones. En rigor, Don Quijote es menos ficticio, porque su historia está relatada en un libro, en forma coherente, lo que no sucede con la historia de Cervantes.

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Determinismo.

La vertiginosa idea de que todo está inexorablemente vinculado y que una nariz diferente de Cleopatra habría producido una vida diferente del señor J.M. Smith, empleado del Banco de Boston, produce en muchas personas un especie de desmoralización. "Si eso es cierto -dicen-, no vale la pena esforzarse en nada". No dándose cuenta que si eso es cierto no hay tal efecto desmoralizador: esa aparente desmoralización estaba decidida de antemano por las infinitas causas que la precedieron. Una candidez parecida es provocada a veces por la idea de un eterno retorno: hay personas que creen poder echarse al abandono porque se han convencido que esta vida y este universo han sucedido exactamente otras veces y han de suceder infinitas veces más. Pero, si realmente hay eterno retorno y reproducción idéntica de los ciclos, es claro que ese echarse al abandono no puede ser una novedad: se ha de producir por toda la eternidad. Entonces, qué? dice esta gente, desalentada -aunque ya con temor de que ese desaliento no sea voluntario ni nuevo. Pero si es muy simple: basta rechazar el determinismo absoluto y el eterno retorno.

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Dios.

Hay muchos pensadores que sostienen la ineptitud de la Metafísica para probar nada. Sea como sea, parece que problemas como el de la existencia de Dios sólo tienen cabida en la Filosofía; si ésta no sirve, tanto peor para los que no les basta con la fe y sienten la necesidad de probar la existencia o inexistencia de Dios; pero que no se busquen argumentos en la ciencia. La ciencia es totalmente ajena a esta cuestión y la prueba está en que de ella se ha pretendido sacar argumentos en favor y en contra de la existencia de Dios: Kepler y Newton se extasiaban ante el orden universal que, según ellos, implicaba la existencia de Alguien que lo hubiese establecido; Maupertius suponía que el principio de mínima acción de la dinámica era la mejor prueba de la Sabiduría Divina; Jeans piensa que este universo ha sido construido por un Dios Matemático, con conocimientos de cálculo tensorial y la teoría de los grupos. Por el otro lado, hay espíritus dispuestos a creer que el desarrollo de la ciencia prueba la inexistencia de Dios; no veo, sin embargo, cómo el descubrimiento de leyes en el terreno de la biología y de la psicología puede resultar reconfortante para los que piensan así; si no he entendido mal, las experiencias de Pavlov demuestran que buena parte del mundo psíquico revela ya una obediencia a leyes estrictas; pero, no es la existencia de leyes ineluctables lo que lleva a otros a creer en la existencia de Dios? En realidad, un censo de opiniones mostraría que buena parte de los sabios creen en un Principio Ordenador. Por mi parte, me parece que la ciencia estricta nada puede probar en este problema. En la medida en que sus hombres pronuncian estas ansiosas afirmaciones no pertenecen a la ciencia: pertenecen a la Teología o a la Metafísica, que tanto odian.

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Divulgación.

Alguien me pide una explicación de la teoría de Einstein. Con mucho entusiasmo, le hablo de tensores y geodésicas tetradimensionales.

-No he entendido una sola palabra- me dice, estupefacto.

Reflexiono unos instantes y luego, con menos entusiasmo, le doy una explicación menos técnica, conservando algunas geodésicas, pero haciendo intervenir aviadores y disparos de revólver.

-Ya entiendo casi todo- me dice mi amigo, can bastante alegría. Pero hay algo que todavía no entiendo: esas geodésicas, esas coordenadas...

Deprimido, me sumo en una larga concentración mental y termino por abandonar para siempre las geodésicas y las coordenadas; con verdadera ferocidad, me dedico exclusivamente a aviadores que fuman mientras viajan con la velocidad de la luz, jefes de estación que disparan un revólver con la mano derecha y verifican tiempos con un cronómetro que tienen en la mano izquierda, trenes y campanas.

-Ahora sí, ahora entiendo la relatividad! -exclama mi amigo con alegría.

-Sí -le respondo amargamente-, pero ahora no es más la relatividad.

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Edad.

Qué se puede hacer en ochenta años? Probablemente, empezar a darse cuenta de
cómo habría que vivir y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena.

Un programa honesto requiere ochocientos años. Los primeros cien serían
dedicados a los juegos propios de la edad, dirigidos por ayos de quinientos
años; a los cuatrocientos años, terminada la educación superior, se podría
hacer algo de provecho; el casamiento no debería hacerse antes de los
quinientos; los últimos cien años de vida podrían dedicarse a la sabiduría.

Y al cabo de ochocientos años quizá se empezase a saber cómo había que vivir
y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena.

Un programa honesto requiere ocho mil años.

Etcétera.

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Educación.

Un animal se educa chocando contra el mundo exterior y adquiriendo así
ciertos reflejos que lo hacen apto para soportar la vida. Un niño también.
No veo, entonces, cómo han de poder considerarse ciertos castigos como
contraindicados; no parte la mano del padre del mundo exterior? No creo que
se pretenda argüir seriamente que hay una diferencia esencial entre un niño
que va hacia un objeto y un objeto que viene hacia un niño; seria reincidir
en las oscuras creencias del movimiento absoluto.

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Eterno retorno.

El paisaje se repite cada vez que se ha dado una vuelta en la calesita. Desde
luego es necesario que haya un paisaje permanente para que la repetición se
pueda realizar. El eterno retorno implica una eternidad o, mejor, "un paisaje
fuera del tiempo". Como en el Timeo, el tiempo habría sido hecho junto con
los cuerpos que giran, para dar una imagen móvil de la eternidad.

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Fama.

La fama la realizan sucesos contingentes o equivocados; Liszt se ha hecho
famoso por su Rapsodia nº2; Einstein, por la frase "todo es relativo", que
jamás pronunció y que enérgicamente refuta; Baudelaire, por un título que
parece prestado de Vargas Vila; Newton, por la caída de una manzana que
parece no haber caído nunca. La gloria se equivoca casi siempre y rara vez se
adquiere por motivos que podrían justificarla. En estos hombres, por ejemplo,
la fama es merecida, pero sus causas son equivocadas. Excelentes personas se
hacen la ilusión de tener un buen gusto literario porque leen a Proust, a
Shakespeare, a Cervantes; pero a menudo sucede que lo que gustan de ellos no
es otra cosa que sus defectos.

A veces la fama se debe a una frase histórica. De todas las cosas apócrifas,
las más enérgicamente apócrifas son, quizá, las frases históricas. Dada la
naturaleza de la historia humana, casi siempre han sido pronunciadas durante
una batalla, o en la cámara de torturas, o al morir en la guillotina. En
tales momentos, nadie que no sea un incurable literato pronuncia frases que
puedan hacerse célebres por su estilo literario; y las frases históricas son,
precisamente, frases pulidas y trabajadas. No hay duda de que las inventa
laboriosamente la posteridad -- como muchas cosas históricas.

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Fantástico.


Es la palabra con que designamos lo insólito. Por eso se aplica continuamente
en los viajes y en la historia del pensamiento. No es que designe cosas de
contenido mágico: simplemente designa otras cosas.

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Física Escandalosa.

En el buen tiempo viejo, un señor trabajaba un año en un escritorio, haciendo
cálculos, y luego enviaba un telegrama a un observatorio: "Dirijan el
telescopio a la posición tal y verán un planeta desconocido." Los planetas
eran muy corteses y tomaban lugar donde se les indicaba, como en un ballet
bien organizado. Hoy, las partículas atómicas aparecen de súbito y como por
escotillón, haciendo piruetas. La física de antaño tenía algo de fiesta de
salón con música de Mozart, mientras que ahora parece una feria de
diversiones, con salas de espejos, laberintos de sorpresas, tiro al blanco y
hombres que pregonan fenómenos.

Y a la astronomía, que era una recatada niña de su hogar, laboriosa y modesta,
le ha salido ahora un hermano menor que ensucia la casa, convierte el altillo
en polvorín, hace preguntas insoportables e inventa cuentos descabellados.

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Galileo.


Galileo fue escasamente lo que se llama una persona bien educada. Ya antes de
ser profesor en la Universidad de Pisa era famoso por sus bromas contra la
escuela aristotélica; cuando comenzó a enseñar en la facultad declaró que las
teorías de Aristóteles no eran dignas del menor respeto; escribió un libro en
que ridiculizaba el afán académico por la toga; salía a beber con sus alumnos;
componía versos de amor; armaba pendencia con los colegas peripatéticos y se
divertía en refutar sus teoría arrojando piedras desde lo alto de la torre
inclinada. En pocas palabras: usó los métodos más eficaces para lograr mala
fama en los círculos filosóficamente decentes de la ciudad de Pisa.

Sin duda, la historia es hecha por los hombres, sobre todo por los grandes, por
los genios y héroes; pero la hacen en un terreno elaborado, en medio de una
atmósfera determinada por la propia historia. En la alta Edad Media se gestaron
las fuerzas que irrumpieron con violencia en los siglos XIV y XV, promoviendo
la industria, el comercio dentro y a través de los estados feudales, los
descubrimientos marítimos y la apertura de los mercados ultramarinos, la
explotación del oro y la plata, y plantearon urgentes problemas técnicos y
científicos en la metrópoli. Es sintomático que buena parte de los grandes
hombres de la época estuvieran preocupados por cuestiones prácticas: Leonardo
es ingeniero en la corte de los Borgia; Tartaglia aplica las matemáticas a la
artillería, como también su discípulo Benedetti, que pone los cimientos de la
geometría analítica para estudiar el problema del tiro oblicuo; Cellini es
técnico militar; Copérnico es médico, estudia la crisis monetaria de su país y
planea el servicio de aguas para la villa de Frauenburg; Galileo estudia la
mecánica de las máquinas simples y el tiro oblicuo; Torricelli, discípulo suyo,
descubre el fenómeno de la presión atmosférica estudiando problemas de bombeo
en la ciudad de Florencia.

Naturalmente, este movimiento técnico viene mezclado con preocupaciones
filosóficas y aun religiosas, y muchas veces la inquietud especulativa lleva a
hombres como Galileo a analizar las doctrinas aristotélicas. Pero es probable
que en estos casos la investigación fuera producto de la atmósfera general de
libre examen creada por los descubrimiento geográficos y la invención de la
pólvora y la imprenta. Parece difícil concebir una mente desaprensiva, libre,
clara como la de Galileo -este es el comienzo de "una época de mentes
despejadas", como dice Vico- en medio de la servidumbre feudal y teológica, en
una sociedad más o menos estable y sin grandes preocupaciones materiales.

Cuando un banquero como Santángel resolvió dar capital a Cristobal Colón no lo
hacía, seguramente, porque de pronto se le apareciese filosóficamente más
apropiada la idea de una Tierra esférica, sino, porque esa idea podía resolver
problemas comerciales con las Indias. Del mismo modo, un militar apremiado por
los peligros de la pólvora, debía sentirse más inclinado a confiar en los
cálculos de Tartaglia o Benedetti que las argucias de la escuela peripatética;
en la defensa de una plaza fuerte servía más un torno que un silogismo.

Galileo se entiendo en una ciudad italiana del siglo XVI, febril, activa,
habitada por comerciantes escépticos y por militares interesados en resolver
sus problemas de fortificación y artillería.

La fama y la persecución fueron debidas a las investigaciones experimentales en
astronomía; pero su obra genial es la fundación de la dinámica y, sobre todo,
la aplicación sistemática del método científico, que nace con sus trabajos.

Mucho tiempo antes de hacerse cargo de la cátedra, siendo un muchacho de unos
veinte años, Galileo era un pésimo estudiante de medicina porque vivía
preocupado con las ideas aristotélicas sobre la caída de los cuerpos. Conocía
las críticas de Lucrecio, Leonardo y Tartaglia, que hacían pensar en la
falsedad de aquellas doctrinas. Aristóteles sostenía que un cuerpo pesado debe
caer con mayor rapidez que uno liviano. Galileo afirmó que tal idea era
incorrecta; pero en vez de argüir, como era propio de filósofos, comunicó que
resolvería la cuestión arrojando dos pesas desde lo alto de la torre inclinada.
Los profesores se abstuvieron de concurrir al desagradable espectáculo
considerando indigno que se discutiera a Aristóteles haciendo caer cuerpos,
cualesquiera fueran sus pesos. Delante de algunos amigos y discípulos, Galileo
arrojó simultáneamente dos cuerpos, uno de 1 libra y otro de 10, comprobando
todos que tocaban el suelo en el mismo instante.

Desde este momento dedicó sus esfuerzos a fundar la ciencia de la dinámica y a
combatir las ideas del filósofo de Estagira sobre el mundo físico. Sus
investigaciones abarcaron toda la mecánica, pero su obra magna es el
establecimiento del principio de inercia. Leonardo y Benedetti habían tenido la
intuición del principio, pero en la época de Galileo seguía dominando la idea
equivocada de que ningún movimiento puede mantenerse sin la acción de una
fuerza permanente: la observación cotidiana de que un carro se detiene tan
pronto como deja de actuar la fuerza del caballo conducía a la conclusión de
que los cuerpos no se mueven sin una fuerza constante que actúe sobre ellos.

Para los escolásticos, la mecánica era una especie de capítulo de la
metafísica: se hablaba de substancias, de movimientos naturales y violentos, de
esencias y entelequias. Todo este aparato era puesto en funcionamiento mediante
la máquina silogística que, cuidadosamente revisada y aceitada por los
técnicos, producía verdades en forma industrial.

Arquímedes de Siracusa había resuelto el problema de la corona del rey Hierón
no por puro razonamiento -como propiciaba el gran estilo- sino mediante pesadas
y razonamientos. Galileo, que había ya reflexionado largamente, resolvió
someter a la prueba experimental la ley de la fuerza permanente. Experimentando
con bolitas esféricas que arrojaba sobre una superficie horizontal, verificó
que el movimiento perduraba tanto más cuanto menor era el roce. Imaginó
entonces que en una superficie infinitamente lisa el movimiento debería de
proseguir sin necesidad de otro impulso que el inicial.

Esta concepción resultó extravagante para los peripatéticos, que no podían
imaginar cómo un planeta podría mantener su movimiento sin el primer motor fijo
o alguna artimaña por el estilo. La premonición platónica de que los globos
celestes se movían indefinidamente una vez puestos en movimiento (Cf. Timeo)
fue confirmada por Galileo, no por argumentaciones o por valoraciones éticas o
estéticas, sino arrojando con modestia una bolita sobre una superficie plana y
horizontal.

El principio de inercia fue anunciado por Galileo para movimientos
horizontales. Su alumno Baliani escribió respetuosamente una carta al maestro
haciéndole notar que no había razón para restringirlo a ese tipo de
movimientos. Pero el maestro no aceptó la sugestión del muchacho, porque hasta
en los genios es más difícil combatir los prejuicios propios que los ajenos.

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Heliocentrismo.

La teoría heliocéntrica es tan sencilla que podría sombrar la resistencia que
sucitó en la época de Copérnico. Hay dos razones para explicar este fenómeno.
Primero, desdeñaba el antropocentrismo siempre ruidoso:

O God, I could be bounded in a nutshell
And count myself a king of infinite space.

Desde Moisés, la gente no quiere abdicar de sus privilegios cósmicos e
imagina que de algún modo la Creación ha sido organizada en su beneficio
particular. Bernardin de Saint-Pierre opinaba que el melón tiene rajas para
facilitar su consumo en familia. Era inevitable que la doctrina copernicana
chocase contra estos prejuicios teológicos y gastronómicos. Ya Aristarco de
Samos había sido acusado de impiedad por la misma razón y el temeroso
Pitágoras llevaba una doble contabilidad: geocéntrica para el público y
heliocéntrica para su logia, como esos confiteros que no comen lo que venden.

El otro obstáculo fue, como siempre, el acreditado y siempre aconsejado por
los ancianos sentido común. Esta institución es producto de unos pocos
reflejos condicionados y de una experiencia escasa, lo que no impide que
pretenda ser profética, con resultados invariablemente desastrosos. El modo
de operar es así: un anciano ha viajado en carros y trirremes a la velocidad
de cien estadios por hora; se ha fatigado y, a consecuencia del movimiento,
se ha mareado. Si la Tierra girase en torno del Sol debería estar lanzada a
una velocidad miles de veces más grande, lo que no puede ser cierto, puesto
que ningún anciano se marea ni se queja.

La hipótesis heliocéntrica durmió hasta Copérnico. Uno de los responsables de
esta catalepsia fue Aristóteles, que con su inmensa autoridad policial
impidió cualquier alzamiento contra el régimen establecido. Schopenhauer y
Bertrand Russell afirman que este filósofo constituyó una calamidad pública
que duró veinte siglos. Muchos se enojan arguyendo que fue un gran genio. No
veo la contradicción: solamente un gran genio puede constituir una gran
calamidad. Si Aristóteles hubiese sido un mediocre no habría sido capaz de
impedir durante dos mil años el advenimiento de la nueva física. Los genios
promueven grandes adelantos en el pensamiento humano; pero, cuando les da por
estar equivocados, son capaces de frenarlo durante varios siglos.

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Indeterminación.

La noticia de que los físicos habían descubierto un misterioso "principio de
indeterminación" fue recibida alegremente por ciertas escuelas teológicas y
filosóficas, creyéndose que la propia ciencia proclamaba su bancarrota y que
el libre-albedrismo tomaba nueva fuerza.

Ignoro por qué razón el hecho de que el hombre pueda tener libre albedrío y ser
responsable de todas las tonterías que comete constituye un motivo de
satisfacción para muchos filósofos. Pero dejando de lado esta cuestión creo que
la alegría es precipitada, ya que ni los propios hombres de ciencia han logrado
ponerse de acuerdo, todavía, sobre el contenido y el nombre del principio: los
que proponen denominarlo Principio de Indeterminación creen que es la
exteriorización de una indeterminación esencial de la naturaleza; los otros
opinan que debe interpretarse como una fórmula taxativa, quizá como una medida
de impotencia humana o actual de alcanzar el mundo físico, y por eso proponen
que se denomine Principio de Incerteza.

Los malentendidos a que ha dado origen se deben a que deriva de la hipótesis
cuántica, que tiene la desgracia de ser oscura cuando es rigurosa y de ser
totalmente falsa cuando todo el mundo la comprende.

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Inercia Mental.


El hombre común tiende a la conservación de sus ideas y convenciones. Pero el
peor conservatismo es el engendrado por una revolución triunfante: el
conservatismo que la precede es indeciso, agrietado, conciliador; no se cree
en las nuevas ideas pero tampoco se confía mucho en las antiguas. En cambio,
cuando una revolución triunfa se constituye un nuevo y rígido sistema de
convenciones, que es muy peligroso discutir; en las revoluciones políticas,
el apartamiento de la ortodoxia se paga con la vida o la libertad; en las del
pensamiento, se paga con la burla o la acusación de locura.

El hombre es partidario del triunfador. Por eso, cuando un movimiento
revolucionario está en preparación o fracasa, sus hombres son bandidos (en el
caso de la política) o locos (en el caso del pensamiento). Pero si triunfa,
son prohombres o genios. Sobre un individuo ha estado así suspendido por
instantes el calificativo de patriota o bandido en torno de algún puente que
podía saltar antes o después de la columna revolucionaria.

Es sintomático ver cómo se orientan los hombres débiles -es decir la mayoría-
en las grandes convulsiones. Cuando Robert Mayer presentó sus ideas sobre la
conservación de la energía, el profesor Poggendorff, ilustre filisteo, no
quiso publicar su memoria, por considerar que ese hombre no sabía no sé qué
fórmula de la física y porque, además, estaba loco. Un repudio oficial de
este género es peligroso en cualquier parte, pero en Alemania era homicida.
Mayer fue encerrado en un manicomio, donde intentó suicidarse. Cuando Lord
Kelvin y otros físicos ingleses reivindicaron las ideas del médico alemán, el
principio terminó por convertirse en uno de los pilares esenciales de la
ciencia moderna, pero también en un nuevo fetiche popular. Desde luego, los
pobres de espíritu fueron a partir de entonces sus más encarnados defensores
y se mofan de los nuevos Mayer que aparecen por ahí.

El hombre es conservador. Pero cuando esa tendencia se debilita, las
revoluciones se encargan de renovarla.

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Infinito.


Es digno de ser meditado el hecho de que, cada vez que es posible, el hombre
elimina apresuradamente el infinito. Los griegos, tan amantes de lo mesurado y
perfecto, trataron de descartarlo, pues les parecía irracional, impensable e
imperfecto. Por desgracia, la realidad se ha visto frecuentemente obligada a
refutar a los griegos, y el fantasma rechazado por la puerta ha entrado por la
ventana, acompañado de varios parientes. La matemática moderna exhibe una
considerable variedad de infinitos, como si se hubieran reproducido en el
éxodo, como los judíos. Desde luego, todos son inintuibles y jalonan el
creciente alejamiento entre el mundo sensible y el mundo matemático. El
infinitamente pequeño y el infinitamente grande marcan las fronteras de las
zonas prohibidas para el ciudadano. Cuando un enamorado afirma un amor
infinito, su forma de hablar debe ser denunciada como una forma filosóficamente
irresponsable.

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Infinitud del Universo.

La infinitud del espacio -que aparece en Nicolás de Cusa como una manifestación
de Dios- cobra nuevo impulso con la doctrina heliocéntrica resucitada por
Copérnico. Giordano Bruno, entusiasmado (demasiado, para su desgracia),
escribe:

Quindi l'ale sicure a l'aria porgo
Nè temo intoppo di cristallo o vetro
Ma fendo i cieli, e a l'infinito m'ergo.

Estas divagaciones eran muy delicadas, de modo que el poeta fue cuidadosamente
quemado en el año 1600.

Pero el ataque contra la cosmología oficial de la Iglesia fue mucho más grave
en Galileo, porque no se basaba en valoraciones estéticas (como en Copérnico o
Bruno) sino en simples hechos de observación: las fases de Venus y los
satélites de Júpiter.

En opinión de los altos cardenales, la suerte corrida por Galileo debía ser de
saludable influencia, en el sentido de que otras gentes "se abstuvieran de
delincuencias de este género".

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Invención Y Descubrimiento.


Podría decirse que cuando fue inventado el ajedrez, quedaron dadas,
potencialmente, todas las partidas: a través de los siglos, los jugadores
descubrirían las partidas preexistentes, como en una selva.

Pero dando un paso más atrás, se podría decir que el hombre no inventó el
ajedrez, sino que lo descubrió. Considerando el Universo como dado, todas las
creaciones e invenciones del hombre serían como partidas en este Gran Ajedrez,
descubrimientos en una Gran Selva.

Pero dando otro paso más atrás, podría decirse que quizá el Universo no ha sido
creado sino descubierto en una Selva de Universos Posibles, selva difícil,
oscura, sublime, en que sólo un Dios puede aventurarse.

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Lenguaje.


El lenguaje comienza siendo un simple gruñido para designar todas las cosas;
luego se va diversificando y especializando; este proceso se llama
enriquecimiento y es alentado por los padres y profesores de lenguas.

Pero cuando se llega a tener cien o doscientas mil palabras, se encuentra que
el ideal consiste en expresarse con diez o veinte. El lenguaje del filósofo es
muy reducido: objeto, sujeto, materia, causa, espacio, tiempo, fin y alguna
otra más. Si lo apuran mucho se arregla con una sola palabra, como apeirón o
substancia. Es probable que el ideal de muchos filósofos sea terminar
finalmente en el gruñido único y monista.

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Simplicidad De La Matemática.


Existe una opinión muy generalizada según la cual la matemática es la ciencia
más difícil cuando en realidad es la más simple de todas. La causa de esta
paradoja reside en el hecho de que, precisamente por su simplicidad, los
razonamientos matemáticos equivocados quedan a la vista. En una compleja
cuestión de política o arte, hay tantos factores en juego y tantos desconocidos
o inaparentes, que es muy difícil distinguir lo verdadero de lo falso. El
resultado es que cualquier tonto se cree en condiciones de discutir sobre
política y arte -y en verdad lo hace- mientras que mira la matemática desde una
respetuosa distancia.

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Valores.


En la historia del pensamiento nos encontramos a menudo con la ingenuidad de
atribuir a Dios nuestros prejuicios éticos o estéticos. Cuando encontramos
alguna ley natural que nos halaga o satisface, nos sentimos inclinados a
pensar que es una prueba de la existencia de Dios; vanidosamente, el hombre
piensa que sólo una divinidad puede conformar sus gustos. Cuando Maupertius
descubrió el principio de la Mínima Acción, sostuvo que era la mejor prueba de
la existencia de un Espíritu Ordenador. No veo por qué -sin embargo- algo que
satisface la pobre y limitada mente del hombre ha de ser forzosamente obra de
dioses. Vanidad semejante a la que experimentamos cuando un autor nos parece
inteligente porque piensa como nosotros.

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Verdad Y Belleza.


Hay más libertad acaso, para hacer una sonata que un puente? El ingeniero debe
respetar ciertas leyes (resistencia de materiales, gravedad, composición de
fuerzas). El músico se enfrenta con las leyes de la armonía. Ambos trabajan con
un material objetivo y preexistente: hierros y notas. Ambos tienen que
construir. La construcción, en los dos casos tiene que cumplir con ciertos
requisitos: máximo resultado con mínimo de elementos (estilo?), equilibrio,
proporción de las partes: no será que la belleza, en ambos casos, es el
resultado inevitable de estos requisitos?

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