CUENTOS

 

 

Tomado de: ‘¿Para qué tanto cuento?’ Juan Sobalvarro. Ediciones 400 Elefantes. 2000.


EL CUCHILLO

I

"Porque nosotros compañeros, cortaremos de un tajo el oscurantismo en el que nuestro campesinado ha estado sumido, extirparemos a los terratenientes explotadores y sajaremos de una vez para siempre el pasado ignominioso", perezosamente odiábamos al político de la compañía, mientras se prolongaba su charada, nosotros permanecíamos formados con nuestros equipos militares encima y nuestras columnas vertebrales retóricamente doloridas.

-Compañero Marco, por el carácter que toma la lucha... -ironizó Abelardo, que también era miembro de la juventud del partido.

 

II

"La montaña es algo más que una inmensa estepa verde", pensábamos siete días después prosísticamente y con criterio. Eran aguas calientes, las tierras de la comarca de Aguas Calientes. Las botas añejadas en lodo, los pies molidos entre hongos y arena. El camino, un túnel de árboles.

-Ya ni miramos a los primos, nos deberían dar vacaciones.

-Sí maje, aquí no hay contras y nosotros andamos de pendejos.

Y fue como si los jefes nos estuvieran escuchando. Dieron la orden para que acampáramos temprano y hasta mandaron a matar una vaca. 

El jefe de escuadra me envió a traer la carne, mientras el resto de la escuadra empezaba a subir una loma donde se asentarían. Me dirigí a la chocita campesina donde se encontraba la retaguardia de la compañía y donde seguro matarían a la susodicha vaca. Por la paja del techo de la choza se fugaba una mancha de humo gris que se retorcía como de dolor. Al acercarme pude escuchar los gritos de Rosario.

-¡Dale vos Ernesto el que mate primero una vaca!- y sin vacilar hizo un disparo hacia un rancho donde unas doce vacas corrían espantadas.

-¿A cuál le voy a disparar? -preguntó Ernesto desorientado.

-¡A la que le des primero baboso!

Ambos empezaron a turnarse sin importarles que sus disparos mataran a más de una vaca. Mientras ellos terminaban su show, me introduje a la casa campesina y pregunté si tenían tortillas, una señora me dijo que tenía que esperar. En el interior estaban ya otros dos soldados, uno de ellos hacía café y el otro platicaba familiarmente con una de las mujeres. El familiar al verme se perturbó.

-Ve... es prohibido que estés aquí -me dijo.

-Apues nos van a echar presos a los tres -le respondí.

El era un recluta también, pero le habían asignado un cargo de oficial por ser un miembro destacado de la juventud del partido. Ahora era el político de la compañía.

-No está permitido que le quités la comida a esta gente.

-Es que no vengo a robar, para eso ando dinero -le repliqué.

Entonces adoptó un papel condescendiente.

-Okey, pero no le digás a nadie que conseguistes tortillas.

Y me puse a atizar el fuego, a observar como la señora movía un perol de frijoles y en un instante vi como la doña tomó un cuchillo y trozó un pedazo de carne con suma facilidad, luego puso la carne sobre las brasas, mientras con una de sus manos sostenía el cuchillo, en ese instante una muchacha me dio como seis tortillas grandes, que a pesar de lo calientes oculté dentro de mi camisa, pagué a la muchacha y tomé el cuchillo que la señora había soltado para continuar meneando los frijoles, salí apurado de la casa gritando "¡Muchas Gracias!". Y subí aprisa el cerro donde estaba acampada mi escuadra.

-Conseguiste algo -me preguntó el jefe de escuadra.

Como respuesta le mostré las seis tortillas humeantes y me eché en la tierra. Un recluta nuevo en la escuadra se me acercó amistosamente.

-¡Oye primo! ¡Vamos a comer tortillas!

-¿Vamos? Eso me suena a procesión de Santo Domingo, me suena a manifestación antiimperialista -le dije con sorna.

Entonces iniciamos una discusión acerca de la solidaridad, que me supo a sueño.

-Sos mala gente -me decía el recluta.

-Mentiroso -le dije entre risas.

-Aquí debemos compartir unos con otros, no nos podemos dejar morir.

-Que andás creyendo leyendas, no jodás, ni parientes somos, ni siquiera nos parecemos -le dije ya disgustado.

-Lo que uno consigue debe compartirlo con los otros -me dijo él acudiendo a no sé qué mandamiento.

-¿Quién creó esa ley? ¿Creés que me podés enseñar? si yo ya voy saliendo y vos a penas venís entrando.

Cuando entendió que la moral no iba conmigo, probó otra estrategia.

-Si quiero te quito esas tortillas por la fuerza.

-¡Jajajá! -deletreé.

-¿Querés que te lo pruebe?

-¡A ver! ¿cómo me las vas a quitar? ¿me vas a disparar o me vas a golpear?...     ¡si querés probamos con cuchillo! -le propuse muerto de risa mientras sacaba mi nuevo cuchillo, que tenía una punta muy aguda, una cacha metálica bastante sólida y brillaba por el filo.

Me puse en pie y le dije al jefe de escuadra que iba a bajar por la carne.

-Nos vemos primo -le dije al recluta nuevo.

 

III

Cuando llegué estaban descuerando a la vaca. Entre los invitados estaba el político de la compañía con el que había hablado en la casa campesina. Los destazadores no podían con el cuero de la vaca y cambiaban de cuchillos a cada instante, raspándolos entre sí para darles un poco más de filo. Y solicitaban otros cuchillos.

-Marco, prestales tu nuevo cuchillo -dijo entonces el político.

-Como es mío tal vez no lo quiero prestar -le dije.

-¿Tenés un cuchillo compadre? Prestalo no te lo vamos a robar -dijo el destazador uno.

-Contales... sinvergüenza... que le robaste el cuchillo a la señora -me dijo el político.

-Todos los soldados hacen lo mismo y hasta ahora te das por enterado ¿te duele que no esperé a que lo robaras vos?

-No degenerado, que no ves que esta gente está aislada en la montaña, si te les llevás el único cuchillo que tienen los dejás sin nada.

-Yo también lo necesito y las cosas no son de quien las tiene sino de quien las necesita.

-Todavía tenés el descaro de hacerlo broma. Tremenda imagen de la revolución la que estás dejando vos.

-¡Ah! Se trata de la revolución, me vas a venir con el discurso de la juventud del partido, como que no sé que la mayoría ni conoce la montaña.

-¡Yo soy de la juventud sandinista! -me gritó.

-¡Yo también! -le respondí.

-Lo que hiciste es un delito militar y te puedo echar preso.

-¡Echame preso pues...! si estar preso es mejor que andar comiendo mierda por estos montes.

-Bueno compadre, dejen de discutir chochadas que con este cuchillito logramos destazar más rápido a la bestia -nos dijo el destazador dos, mientras nos repartía las raciones.

Tomé el cuchillo y lo introduje en mi pechera de cuero, antes de retirarme el político me dijo, "Nos vemos primo".

-Seguro -le respondí.

 

 

¿PARA QUE TANTO CUENTO? 

Yo no me pregunto nada y para qué buscar las explicaciones de la gente. En casos de esta emergencia, llega una hora en que las explicaciones no sirven de nada y no hay que andar con cuentos. De ellos yo sólo miraba que eran animalitos, en eso me concentraba sin ver para otro lado. Y es que ese es mi trabajo, que acaso no somos un "ejército profesional", como dicen los jefes. Y yo soy muy parejo con la causa. Además no es difícil, con la costumbre uno le pierde el sentimiento a la lágrima. Como la vez que las pipilachas nos apearon en Chontales, para mí, tierra desconocida, pero ahí ya nos tenían baqueano, un hombre grandote y barbudo, que de la pereza no se aguantaba él mismo, cara de inútil el jodido hombre, pero al final de cuentas, él era el que conocía el mandado y nos llevó por esos montes, trocha arriba, trocha abajo, un día con su coche y a la mañana siguiente paramos en un rancho y el hombre que nos dice, "aquí es", entramos en el mamarracho aquel, allí están un hombre con mujer y niña y el baqueano que vuelve a decir, "este es", y el otro, señalado, apenas tuvo tiempo para parpadear, "véngase hermano que vamos a dar una platicadita", le digo y la mujer que se cuelga del hombre para que no se vaya, pero el hombre, frío, con cara de sentencia, la manda a su rincón y la niña sin aire viendo hacia arriba las cabezas, imitaba el llanto de la mama y el baqueano vuelve a decir, "¿lo amarramos?", "¡que no!", le digo, "sólo es una platicadita rápida" y el hombre, todo volunta rio obedece, lo sacamos del rancho, lo metemos en el monte y le digo al baqueano que se quede atrasito, paro al hombre de frente por allá y le disparo, dos tiros y suficiente, con el primero ya estaba muerto, el segundo lo disparé por instinto. Lo importante es hacer el trabajo rápido, así sin pensar, uno se concentra en que son animalitos que caen sin revuelo, como trapos de cocina en los que nadie piensa, si uno los ve así, es más fácil y con la costumbre uno ya sabe que sólo se mueren y hasta pasan a mejor vida.

 

 

MATEMOS UN CHANCHO 

Ahora que lo recuerdo me parece que le pusimos mucha filosofía al asunto. Al inicio yo quería obviarlo, pero el Perro y el Hueso estaban tercos de que era una buena oportunidad. Al final invertimos unos trescientos córdobas para que nos lo entregaran. No sé si la campesina que nos lo enseñó se vio intimidada por nuestras akas y sólo pidió esos pesos. De todos modos para una campesina eso era bastante.

Así fue que lo tuvimos en nuestras manos sin mayores obstáculos. Cuando lo vi por primera vez no pensé que fuera tan diminuto, hasta daban ganas de perdonarle la vida.

Discutimos ¿cómo íbamos a matarlo? Y como su pequeñez nos había conmovido, primero pensamos en lo menos traumático y los tres coincidimos en que lo mejor era un disparo en la cabeza, pero como los jefes siempre nos exigían disciplina y prudencia, no quisimos correr el riesgo de recibir una sanción por culpa de un simple detalle técnico y por esos escrúpulos, no tuvimos más opción que recurrir al método ortodoxo de clavarle un cuchillo en el cuello y en eso los tres estábamos fuera de práctica, en principio yo me negué rotundamente a hacerlo, el Perro sólo se rió y con eso dejó claro que el único que sobraba para candidato era el Hueso, este último asimiló rápidamente la idea y asumió la obra con pasión experimental, en su temperamento de pronto se vio un destello lujurioso y criminal, sólo verle el rostro candente nos inyectó seguridad, así que nos fuimos a traer a la víctima que instintivamente se encorvaba, el Hueso sin darnos la vista sólo dijo una cosa, "matémoslo sin tanto papalote", con lo que al Perro y a mí se nos encendió la sangre y tiramos al animal por el suelo, yo le puse la bota en el cuello con todas mis fuerzas, mientras el Perro le amarraba las piernas y le pisaba el trasero, el Hueso se dejó caer con su cuchillo enterrándolo en el pescuezo de la bestia, la que emitió un chillido estremecedor que voló por encima de la montaña, luego se le apagó la voz y empezó a hacer un ruido ronco y vibrante, mientras por el orificio que el Hueso le había abierto expulsaba un aire caliente entre silbidos graves, ahí fue que al Hueso le vino un ataque de risa y el Perro se enfureció y le gritó, "sos una mierda hijueputa ¡no lo mataste!" y el Hueso desesperado empezó a batirle el hoyo sangriento y le sacaba y metía el cuchillo con frenesí mientras el animal se resistía poderosamente a morir y se quejaba con una mirada fija, el Hueso se dio por vencido, "busquen un cuchillo más grande", suplicó exhausto y yo saqué el mío que tenía una hoja ancha y larga, "¡pasame esa mierda!", me dijo mientras me arrebataba la cosa y hizo un nuevo intento con una gran cuchillada que sólo logró abrir más el hueco y hacerle una fuga mayor a los gases del animal que ahora hasta escupía sangre por esa especie de boca deforme, el Hueso frustrado soltó el arma dejándola dentro de la herida mientras restregaba las manos en el monte para limpiarse la sangre, entonces tomé el arma y la hundí lo más que pude sin encontrar fondo, sentí un sobrecogimiento al ver como la herida se tragaba el gran tuco de metal, hundí el arma una y otra vez en distintas direcciones hasta embarrarme las manos con la sangre espumosa que la abertura lanzaba y finalmente nos convencimos de que no podíamos hacer más que esperar a que se desangrara y nos quedamos viéndolo por largo rato mientras lo deteníamos con los pies para que no se levantara, el chillido se le fue haciendo bajito hasta que se quedó manso y con los ojos cerrados cerrados. Al final lo despellejamos y lo comimos frito.

 

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