Acerca de la III Bienal de Artes Plásticas
Centroamericanas (2002)

 

por Norbert-Bertrand Barbe

 

Tres grandes temáticas se encuentran en la III Bienal de Artes Plásticas Centroamericanas presentada en el Palacio de la Cultura de Managua en los meses de septiembre y octubre de 2002.

La primera es la inevitable crítica a la colonia y al imperialismo posterior. Dentro de las obras de este género resaltan:

Horizonte espinoso, hecho leña de Pedro Arrieta, tronco lleno de espinas con título evocador de la situación de dependencia centro y latinoamericana (por comparación con las anteriores obras del guatemalteco Moisés Barrios, v. nuestro trabajo “Estudio exotérico de los ArteFactos”, ArteFacto, No 18, Septiembre-Diciembre del 2000, s/n.). Obra de Arrieta que tiene comparación en la Bienal con las idénticamente alusivas Ciudad Perdida y Los Rituales del Caos de Simón Vega Álvarez.

La instalación de Raúl Quintanilla, en la que un diccionario visiblemente del siglo XIX o inicios del siglo XX, abierto a la página del artículo "colonialismo" y de las denotaciones del sustantivo, lleva una luz alternativa roja en la palabra "coloide" - definido como un producto que se difunde en otro sin llegar a mezclarse con el si éste es poroso - , mientras la página opuesta se encuentra recortada para dejar dialécticamente (respecto de la definición del coloide) el espacio a un tiesto precolombino inserto en el lugar del adjetivo "columbino", juego de palabras, como en Alegoricus Angelicus de Aristides Ureña, acerca del poco de angelismo del humanismo "colombino". Tanto el uso del juego de palabras, ya presente por ejemplo en la serie La razón produce monstruos/La ración produce monstruos, como la dialéctica entre amo y esclavo o el encerramiento de la obra en una caja de vidrio, a manera de reliquia (crítica a la institución católica impuesta), son típico de la obra de Quintanilla.

El díptico, ya aludido, en lápiz y acuarela sobre seda de Ureña, realizado como proyecto para tapicería y titulado Alegóricos, que muestra en la primera obra: Fertildia, monstruos maravillosos referidos a los relatos de viajes de los europeos en el Nuevo Mundo, y en la segunda: Alegoricus Angelicus, mujeres cayendo del cielo con paraguas a manera de paracaídas a semejanza de Mary Poppins, salvo que aquí enseñando su sexo debajo de las faldas levantadas por el viento, clara indirecta a la llegada de la idea de Pecado Original en el paraíso terrenal de América, a prueba la aparición en esta segunda obra de los seres imaginarios del mundo cristiano, en particular los ángeles del título, que reemplazan a los seres imaginarios de la otra parte.

Dos cuadros: Los Ocho Mundos Paralelos y Un Punto de Enfoque y Las Señales y los Cinco Mundos de Evene Rodríguez, figurando las partes del mundo y los distintos tipos de animales sobre un fondo terráqueo que nos recuerda los planteamientos ideológicos nacionalistas de los Praxis en Nicaragua, más todavía por el hecho que la presente serie utiliza las formas de los petroglifos tradicionales en las representaciones animales y los signos abstractos, y de las pinturas parietales en la figuración del hombre cazador.

La segunda grande orientación de la Bienal es la representación política y ecológica de lo contemporáneo. 

Luis Morales opone así en Dos Cajas con Discos las guerras y los eventos resaltantes del siglo XX a los elementos no orgánicos que quedarían después de una guerra final, bajo el llamativo título de la primera caja con discos: El Mundo Cercoamericano como llamado a una forma de envolucramiento universalista y alusión las propias circunstancias continentales.

Quintanilla con otra instalación de carácter voluntariamente obsceno y Rodrigo González con técnica más clásica de pintura (similar ésta a los cuadros citados de Vega Álvarez) evocan por su parte la corrupción a nivel nacional. 

La instalación Arqueología de la Memoria del salvadoreño Milton Doño representa a la masacre fascista de 1932 con la presencia inmanente de vestidos ensangrentados de campesinos puestos como espantapájaros en un espacio pequeño como granja. Reflejan aquí el olvido los libros quemados y las hojas muertas.

Finalmente Ezequiel Padilla consagra dos cuadros titulados Hacedora del Mundo I y  II a la Iglesia católica, y en especial al ministerio de Ignacio Ellacuría, al que dedica también una Capilla Ardiente.

La inmanencia del ser por contexto se expresa más precisamente en las obras vivenciales, que son el tercer gran grupo en la exposición. 

Así, alusión al sentimiento de enajenamiento de los nicaragüenses que van a trabajar a Costa Rica, en obvia alusión al vientre femenino como manifestación del deseo que no deja de recordarnos la obra del pintor belga Fernand Khnopff, la costarricense Casetilla vientre vigilante de lo ajeno añorando ausencias de Arrieta muestra, puesta en medio de un pequeño césped (espacio virginal de la Tierra Madre como fronteriza "muro indestructible"), una casetilla llena de delantales, que aclara la luz de una bujía prendida al centro del techo.

El cubo de forma rectangular Obelisco de Esencias de Arturo Monroy figura al carboncillo en cada uno de sus lados una metáfora de la evolución individual, de la vida al más allá y de lo físico a lo espiritual: un banano, símbolo fálico que representa como lo escribe el artista en la parte baja "El fruto", un lápiz como "El darse cuenta", una candela como "Plegaria" y su humo como "Pedazo de cielo" - sucesión de los hechos de la vida del nacimiento a la conciencia y/o muerte que volveremos a encontrar en Abel López, Circulo Vital de Monroy, y hasta en Cuarto (No me soporto) de Alejandro Ramírez -.

La puramente geográfica Mi Mangle de Verónica Vides, que tiene eco en la historia política de los cuadros de Vega Álvarez y la historia de amor topográfica de Sabré encontrarte (cuadro de plástico transparente de grande dimensiones) y El final de cuando te vi y te encontré (lugares del mundo - según toda probabilidad significativos de la historia amorosa personal vivida por el artista - ubicados sobre un fondo anaranjado del mismo tamaño que el primer cuadro) de José David Herreda, díptico de Herreda que, como podremos apreciar, tiene a su vez cierta identidad con la instalación video Karaoke de Ramírez.   
La evocación del ciclo de la vida del nacimiento a la muerte en la serie The Voyager y Al final de este viaje de Abel López, en que, mantenido en una refrigeradora como conservados por la eternidad se acumulan, bajo la vigilante presencia del feto transformándose en niño, objetos-símbolos del transcurso de la existencia, como la candela de la vida al apagarse. Ciclo de la vida también evocado por el ciclo biológico del díptico Circulo Vital de Monroy de la hoja verde y la hoja amarilla apuntando en sentido opuesto hacia arriba por la verde de la vida y hacia abajo por la amarilla de la muerte. Así como por la alusión a la vida femenina en el poema Los caídos (poema épico) y la instalación relacionada Souvenir de los caídos, los dos de Sila Chanto. Como en Circulo Vital y Odelisco de Esencias, el ciclo de la vida se manifiesta, ya no sólo en sentido óntico, como en Ramírez, sino que en sentido cosmológico, que nos recuerda a Ernesto Cardenal y en sentido vertical a Rodríguez, en la historización de la Nada personificada al Sonido, el Mundo y el Hombre en la obra-libro Un Cuento de Javier Azurdia.

Patricia Villalobos en (Rastreos) (Tracking) y Patricia Belli presentan en video funciones de la situación humana como presencia: mediante la puesta en escena del ser humano lastimado y en perpetua repetición de su devenir en Sísifo y la ganadora del Prime Premio Resilencia de Belli, o del cuerpo femenino como forma visible del ser las demás instalaciones. En todas estás, el video se utiliza para llevar la expresión de lo óntico a una historicidad narrativa, a menudo, salvo en el caso de Belli, por el mismo discurso del protagonista: Lo que es obvio en la obra de Villalobos, en Karaoke de Ramírez donde las conocidas canciones de amor idealizado de José José se oponen a la complicada situación vivencial de los videos en cuanto expresión irónica de lo real denotando el sentido original de las canciones, Estructura y Yo de Manuel Zumbado en la que el espectador como entidad individual se ve en la pared gracias a una cámara que lo filma, mientras dos de la tres pantallas regadas en el suelo pasan programas de televisión oficiales.

Asimismo la instalación en homenaje a Ellacuría repite como imagen santa el retrato del jesuita acompañada de palabras suyas.

El Primer Premio de la Bienal, recibido por Brooke Alfaro consta, como la dialéctica instalación de Belli, la relación video-cuerpo interior en Villalobos o arquitectura como cuerpo exterior-Yo como cuerpo interior en Zumbado, de dos videos - Aria e Yuri -, pero aquí sucesivos y no, como en Belli o Zumbado contrapuestos. En el primer video, el cuerpo fragmentado de una mujer lesbiana y habiendo sufrido la cárcel comunica su vivencia plural, mientras ella nos cuenta su obsesión sexual - idea que volvemos a encontrar en Villalobos de la mujer como cuerpo narrativo -. En el segundo, se eleva en lo que aparenta ser una iglesia destruida un canto repetitivo, el de una mujer negra rodeada de niños comiendo raspados; otra expresión, más armoniosa, pero sin embargo problemática, de la mujer como cuerpo, esta vez interior (la iglesia llena de niños) habiendo sufrido los daños de la vida real (¿el parto, la guerra?), la niñez como en la obra de Victor López (que estudiaremos más lejos) volviéndose símbolo clásico de la esperanza y la pureza, por oposición a la infecunda mujer sexual y lesbiana del primer video. 

Si en la Bienal las artistas femeninas se apropian de la palabra en el video en sentido aparentemente feminista, ya que por una parte es una manera de volverse sujeto de su propio discurso, mientras se pone en escena al propio cuerpo como objeto, y que por otra parte, implícitamente, se inscribe en oposición con la teoría lacaniana masculina del falo como inmanencia discursiva (la que todavía se percibe paradójicamente como afirmación masculina del estar-aquí en la obra del poeta homosexual Héctor Avellán), al contrario los artistas masculinos expresan su vivencia personal como silencio repetitivo de los lugares cotidianos en la instalación video Cuachiman combinada con una serie de seis fotos de Humberto Vélez, ganadora de una Mención de Honor, reproduciendo los lugares habitados por el protagonista del video, o en otra titulada Cuarto (No me soporto) de Alejandro Ramírez que, precisamente, aparenta la configuración de un cuarto lleno de fotos a manera de historial de la vida del autor. En la instalación de Rodriguez como en la de los delantales o en la instalaciones femeninas de la Bienal, una vez más exceptuando a la obra de Belli (aun si ella dió en Nicaragua la pauta de tal problemática acerca del espacio interno), el cuarto (o el rincón, como en la referenciada instalación video-fotográfica y la instalación audio-fotográfica ganadora del segundo Premio de la Bienal) viene a expresar lo vivido como espacio íntimo. 

Por ende, en la Bienal las instalaciones - a carácter vivencial, político (sobre la masacre del 32) o religioso (sobre Ellacuría) - sirven como altares del cuerpo vivo o como memoriales históricos. Esta utilización mística y hasta devota del espacio físico como prolongación y tiempo del ser (Alfonso Cortés, Zubiri-Ellacuría) se evidencia en una instalación del final de la exposición que, en la penumbra, repite fotos de pedazos de cuerpo humano asociadas con un video de las mismas.

El uso de la video adquiere entonces valor testimonial directo, así las grabaciones hechas por el artista en el bus, y combinadas con las fotos de las personas hablando, símbolo del transcurso concreto de la realidad, en la instalación de Ramón Zafrani ganadora del segundo Premio. O la tríada vino/cámara fotográfica/magnetófono en No estoy aquí, pero estoy de Angel Poyón. El vino remitiéndonos a un ámbito de realidad y verdad propiamente trascendental. 

También aluden al transcurso de la realidad las hojas muertas en Doño y Circulo Vital de Monroy, el símbolo como entidad cerrada expresando lo hondo del ser, lo que refleja claramente el título de Obelisco de Esencias, también de Monroy. De alguna manera, la obra Recursos Humanos para la obtención de lo Divino - Manto tejido de 1700 huesitos de la suerte de Cecilia Paredes, que obtuvo una Mención de Honor, nos remite como Obelisco de Esencias a la evolución y trascendencia, que encontramos en sentido biográfico en Vides, Chanto, Belli, Villalobos, Abel López o Ramírez, y testimonial en Claudia Gordillo como vamos a ver, Doño u Poyón. Esta insistencia zubiriana en el valor de la historia como biográfica (v. nuestro trabajo sobre "Rápida biografía de la realidad histórica según Ignacio Ellacuría", El Nuevo Diario, 23/2/1999, p. 11), y del testimonio como acumulación de vidas (Alfaro, Chanto, Doño) y/o experiencias concretas (Alfaro, Ramírez, Abel López, Paredes, Villalobos), nos obliga a ver en la Bienal una recurrencia de la cuestión exteriorista, en sus "verdades" como en sus "mentiras" para parafrasear a Juan Sobalvarro. De hecho, la idea del arte trascendental y educativo en la serie El artista nos devuelve verdades místicas o el proyecto La Barata, los dos de Priscilla Monge, marca cómo (Sobalvarro, "Las mentiras del exteriorismo", 400 Elefantes, Managua, agosto de 1997, p. 22) el arte: "para el burgués... no sirve porque no es una máquina de hacer dinero, aunque hay sus excepciones. No hay" arte ""sol(o)" (adjetivo puesto en negrilla por el autor), hay" arte " y... sirve como sirve todo lo que es portador de ideas y conocimiento." La serie de fotografías Fragmentos de estatuaria prehispánica en el olvido de Gordillo, presentándonos obras testimoniales del pasado precolombino de Nicaragua mal utilizado por la población local como elementos domésticos sin ningún cuidado, o el cuadro y la instalación con cintas y ajo Casa Curada I y II de Adán Vallecillo relacionados con las técnicas de curación tradicionales del pueblo del artista, nos devuelven, a semejanza de Mi Mangle, a una situación histórica y geográfica autóctona, preocupación característica de la propuesta artística contemporánea, al igual que las referenciadas obras de Vega Álvarez y Herreda, o, de alguna manera, la evocación del peligro de la fe popular en la puesta en escena de los objetos del culto a San Simón, santo no reconocido por la Iglesia, en Maximón de Alvaro del Cid Mazariegos. 

Entonces el uso en las obras plásticas de la Bienal de palabras, citaciones (en Padilla), libros (en Doño y Azurdia) y recortes de periódicos (en Doño), y hasta a menudo artículos del diccionario (en Quintanilla y Víctor López), marca cómo el sociolecto se inserta en el idiolecto para aclararlo, pero como negación del artista a expresar idea propia subjetiva, y deseo que el espectador haga el trabajo de reflexionar sobre la obra, siendo entendida ésta por el artista como cuestionamiento vivencial (ciclo de la vida humana expresado a través de símbolos de señalamiento) o político (nombres de hombres políticos robadores borrados del lienzo, Constitución Nacional de Nicaragua, emblema del país o diccionario del siglo XIX viniendo respectivamente oponerse a la práctica política común y aclarar en forma denotativa y burlesca la relación dialéctica amo-esclavo), o sea, como manifestación inmediata de lo dado, integrando y pervirtiendo el contexto propio al crear una distancia lingüística entre la norma del significado (el sociolecto referenciado por el uso de palabras o los artículos de diccionario) y su denotación en la obra (el idiolecto en cuanto interpretación personal de la realidad). Aun cuando Azurdia crea un cuento moral acerca de la Creación, la cortedad y sobriedad del mismo, como el trabajo abstracto de las ilustraciones de las demás páginas del libro, suponen una lectura personal de la obra por el espectador.

Un elemento fundamental en la Bienal es la identificación entre el audiovisual y una forma de repetición embrutecedora de la realidad inmediata, no intelectualizada, tanto en No me soporto como en el tríptico Vidaland de Alvaro del Cid Mazariegos en el que el personaje Lego se asocia a los símbolos señaléticos para expresar el orden arbitrario impuesto, hasta que, llegando en la tercera parte de la obra, a la representación de los símbolos del celular, la cinta magnética, la muerte y la clonación, se acabe el recorrido vivencial. Marca del peligro inmediato lo es también, clásicamente, la contemporaneidad, aludida por los CD en la instalación de Morales.

La absurdidad de lo contemporáneo y la salvación por medio del arte como testimonio, si bien es obvia en Morales o Quintanilla, y en general las obras de carácter político, se percibe, mediante el recurso dadaísta a lo absurdo, en el proyecto de Monge de obra en movimiento (que recibió una Mención de Honor) titulado La Barata en la que una camioneta con altavoces declamaría Lo Espiritual en el Arte de Wassily Kandinsky, en el inodoro transformado en pecera a manera de broma neo-duchampiana El orden de los factores alterados por el producto de Ronald Morán, o la tela gigantesca en la que Gabriel Nuñez dejó las huellas sucesivas del verbo "INICIAN" y de todo tipos de objetos cotidianos, de una malla a unas mochilas.

Tanto las últimas obras referenciadas como la aparición de símbolos convencionales, en particular en Vidaland o las dos series de fotos Sueño Americano y Ecce Homo de Walter Iraheta, no remiten directamente a la dialéctica idiolecto-sociolecto, o sea, entre lo dado (o impuesto) y lo personal (o propio) - y siendo en este caso la orientación latinoamericanista de ciertas obras una forma específica de dicha dialéctica -. En las dos series de fotos evocadas, el artista se pone en escena con símbolos mínimos de lo cotidiano. En la primera serie, que alude a la absorción del Tercer Mundo en el fenómeno de la globalización, y en concreto a los inmigrantes latinoamericanos en los E.U.,  cada foto muestra al protagonista con un emblema de lo norteamericano en la mano: un zapato de deporte, una botella de Coca Cola, un muñequo Mickey, un sobre con sello de los E.U., hasta finalmente que la cara del personaje en la última foto de la serie sea enmascarada, alusión doble a su perdida de personalidad, pero también, paradójicamente, a las máscaras tradicionales. En la segunda serie, llevando un sostén, el protagonista lleva en cada imagen un elemento definitorio del ser macho: un balón de fútbol, una botella de cerveza, una pistola, un condón. 

En esta perspectiva, no podemos olvidar que los elementos referenciados en estas obras son también definitorios del ser. Así en su instalación Ramírez multiplica los objetos-símbolos denotativos de la inmanencia del autor en su cuarto, tales la silla (elemento vangoghiano), los guantes de boxeo, un Premio en forma de pene "Al Mejor Sexo del Año" o una hucha en forma clásica de cerdito, mientras el televisor pasa el video del suicidio del artista en la silla central y los cerrojos de la puerta evocan lo íntimo del estar encerrado en su propia vida (las fotos en las paredes remitiéndonos aquí a la teoría barthesiana de la foto como robo del alma, v. también "Tengo una foto del mar" de Avellán) de manera relativamente similar a lo que ocurre en la instalación de Arrieta con los delantales.

Entonces de manera maniquea en la Bienal, mientras lo visual y lo escrito expresan formas objetivas de denuncia (pensamos a la serie Puntos suspensivos de Víctor López en la que los artículos de diccionario especifican lo que son la polución y la contaminación, representadas en la obra por la oposición entre blanco y gris, mientras emergen contrapuestos la figura de la niñez, y la de los pulmones como integridad interior del Ser-en-Sí, a semejanza de lo que ocurre en la instalación de Villalobos), lo audiovisual se enfoca como elemento subjetivo de apercepción y embrutecimiento. Lo que prolonga la ideología jerárquica de las artes, y, curiosamente ya que lo utilizan los artistas de la exposición, del miedo a las herramientas nuevas.

 

 

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