Abelardo Baldizón

 

Fotografía: Manuel Esquivel

 

 

 

 

La noche y el hombre

 

La noche, el silencio indiferente

                                                   de la noche,

carcome con paciencia inquebrantable,

la inútil existencia

de un hombre tirado sobre el tosco cemento.

La acera

se le entierra en la piel,

le impone su relieve.

Quiere gritar, mover el sonido.

No puede. La voz ronca claudica.

La lengua seca choca en su intento mareado

contra los dientes.

Agarrar un cuchillo.

Rajarle la frente.

Sentir por lo menos

que tiene sangre

esta oscuridad impenetrable.

Nada,

se queda en los monosílabos  

incompresibles, estériles 

de la embriaguez

muda de significado.

No rompe la inercia.

Traga  el sofocante deseo.

Espera entre las calles vacías 

cualquier cosa.

Tal vez la muerte.

 

 

 

Año nuevo

 

Sorda, inalterable,

fría daga resplandece metálica,

sin notar su herida sigilosa.

El viento saltimbanqui entre las hojas,

persiste en su silencioso rumor.

Sutilmente choca,

es abominable su tranquilidad,

contra el tímpano estático

que soporta impotente

la iniquidad de la mañana pomposa,

de aires suave, nubes blancas,

altivas en su esplendor inmaculado

para a la mirada, cáusticas.

Es otro día que revienta la piel.

Exento de perturbaciones nos exangüe.

Deja como piedra seca en el desierto.

La  triste pupila

se dilata ante el estupor,

de otro amanecer. 

Año nuevo en eventual desgracia

lacio ya, le desprecia en predicción

aterrada, ante el vistazo flatulento

de ese terror futuro,

siglo nuevo y pena vieja, ésta.

 

 

 

Choque

 

I

 

Como una bala azul rojiza

de metal y plástico,

es ante los aires calurosos,

las ráfagas ardientes

del viento que en la tarde

incinera los ojos, el aliento

moribundo y cada célula, 

glacial pero inderretible

 

así, a cien mil kilómetros por hora,

dejando en llamas las grietas

del quebrantado asfalto,

un automóvil pequeño y deletéreo,

con su impacto

parte en dos la inercia

de la susurrante calma hogareña.

 

II

 

La muchedumbre siempre esta sedienta.

busca la sangre, los hueso cuarteados. 

 

El coche raudo, ahora, sólo detritus,

es bulto fotografiado,

expuesto al goce morboso

de la muerte ajena.

Los pajaritos

 

En el jardín

entre las copas

de los árboles reverdecidos,

en el esplendor

de la belleza botánica

van de Malinche a Cortés

como cuetes enloquecidos.

 

Felices,

los pajaritos lilas,

amarillos,

y fosforescentes

se limpian las plumas

se zangolotean.  

¿Quién va a pararlos?

¿Quién tendrá la osadía

de desgarrarles el culo a balazos?

 

 

 

La peinadora

 

Lentamente la niña

peina los cabellos negros

de la joven en el centro

del cuarto en penumbras.

 

La suavidad

en cada movimientos

es el tiempo que sobra.

Casi infinita

la vida iniciada

se piensa eterna.

 

Absorta en su tarea

ha olvidado.

No hay más.

Después de los cabellos

entre las pequeñas

tersas manos

todo es superfluo.

 

La faz serena

vaga en pensamientos incógnitos.

El viento entrando por la ventana

tenue les acaricia

roza la piel trigueña.

Pero la niña

no repara en el manoseo del azar.

Ni siente ni mira

el fluir estentóreo

la calle, los buses bramiendo.

No oye los pitos sin recato. 

 

Los ojos cerrados,

la joven callada

rinde su voluntad,

deja que su monte umbrío

se vaya en aguas.

 

 

 

Obito

 

En momentos extraños

se olvida la monstruosidad.

 

Estas breves horas

instantes de sosiego.

Entonces y para nada

descansamos.

 

 

 

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