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¿QUIÉN SE RADICALIZA? |
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Es un lugar común, incluso en ciertos ambientes de la derecha, afirmar que el Partido Popular se ha radicalizado desde que perdió las elecciones del 14-M y la izquierda triunfante comenzó a gobernar. En mi modesta opinión habría que distinguir la forma y el fondo del discurso político. Cierto es que en la forma el PP se ha radicalizado, como antes lo hiciera IU desde que abandonó su dirección Julio Anguita. Algunos dirigentes del PP, incluso su Presidente, han adoptado el lenguaje del insulto, imitando a los sectores maleducados de la denominada izquierda. Una muestra es la instalación de la palabra mentira en la confrontación política. Desde aquella triste víspera de las últimas elecciones generales, en que Pérez Rubalcaba compareciera ante la opinión pública proclamando que los españoles no nos merecemos un Gobierno mentiroso, el término ha hecho fortuna y se ha generalizado. Recientemente, ese mismo portavoz condenaba a la oposición porque «ha mentido, miente y mentirá siempre». Al actual coordinador de Izquierda Unida no hay más que oírlo una vez para conocer su deplorable estilo. Al insulto de éstos, corresponden los populares usando el mismo lenguaje y estilo barriobajero, indignos de cualquier clase política civilizada que desee representar al sector moderado, culto y educado de la sociedad. En cuanto al fondo, disentimos de quienes piensan que el Partido Popular se ha radicalizado, abandonando posiciones anteriores. Obsérvese que su discurso lo provoca la política de acercamiento del Gobierno a las posturas nacionalistas en las dos cuestiones principales del momento: la ya antigua tesis del PNV de que la pacificación del País Vasco requiere la negociación con los terroristas y las pretensiones independentistas, pasito a pasito, del nacionalismo catalán. Y en esto, quien ha cambiado, desechando sus posiciones anteriores, es el PSOE, mientras que el PP ha mantenido las suyas, no las ha modificado. A esto último, el entorno gubernamental lo califica de centralismo –¿lo es defender las autonomías amparadas en la Constitución?– tachando a la oposición de inmovilismo y cosas similares. Mas, paradójicamente, también le reprocha injustamente el haberse radicalizado, lo que sería verdad si hubiera cambiado y ese cambio fuera hacia posturas extremas. Del mismo modo fue juzgada por aquel entorno la opinión de Rosa Díez –que tampoco ha cambiado– acerca de la política antiterrorista de su partido, por lo que la relevó en la Comisión de Libertades Cívicas, Justicia y Asuntos de Interior en el Parlamento Europeo, alegando que defendía opiniones iguales a las del Partido Popular, relevo que sirvió a El Mundo (18.3.2006) para preguntarse si es así como RZ practica la «democracia deliberativa» que tanto se jacta de promover. A nosotros, la postura de la actual dirección PSOE nos lleva a preguntarle si verdaderamente piensa que su cambio a favor del nacionalismo y en contra de los pactos y consensos precedentes no es radicalización; y si no lo es, igualmente, mirando al pasado –en vez de al futuro, como pedía RZ a la oposición (¿o ese pasado se refería sólo al 11-M?)–, añorar y querer resucitar ese período de enfrentamientos que ya dimos por enterrado y superado una inmensa mayoría de españoles, porque lo vivimos y sabíamos de él, precisamente porque tenemos memoria (no necesitamos recuperarla) y nos hemos informado con la memoria y la investigación de quienes lo han descrito. Por nuestra parte, creemos que sí, que el partido del actual Gobierno se ha radicalizado, y lo que es peor: mostrando una política reivindicativa propia de otras épocas, cada vez actúa de forma más sectaria en su afán de alterar un modelo democrático de convivencia que hasta hace poco había respetado y al que los españoles dimos nuestro apoyo entusiasta, casi sin excepciones. 30.4.2006 |