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DURO, DIFÍCIL Y LARGO

 

 

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  Al punto de declarar ETA el alto el fuego, el Presidente del Gobierno de la Nación ha utilizado los términos duro, difícil y largo para calificar el proceso de paz. No es la primera vez que emplea esas palabras o similares refiriéndose a dicho proceso.

Lo de duro y difícil es previsible, y dada la firmeza que en estas cuestiones exhibe nuestro Presidente, suponemos que no se equivoca. Siempre la negociación, cuando las posturas de las partes no son cercanas la una a la otra, es dura y difícil. Pero referirse al proceso de pazlo que implica cierta confianza en alcanzar ese objetivo del fin de la violencia terrorista– añadiendo que será largo, excede cualquier cálculo basado en la experiencia de diálogos y negociaciones.

Un buen día, por ejemplo, se produce una huelga. Gobierno y Sindicatos se sientan a negociar. No nos dicen que el acuerdo deseable se alcanzará o no se alcanzará, ni tampoco cuanto tiempo negociarán, si mucho o poco. No lo saben. Intensifican los contactos, pero nadie se atreve a predecir resultados ni tiempos. En la pasada negociación con ETA el Gobierno de José María Aznar no prejuzgó el resultado ni marcó el tiempo de la negociación; no los sabía. 

Sin embargo, el Presidente viene afirmando desde hace tiempo que estamos en un proceso de paz, aunque a menudo lo matice refiriéndose a esperanza de paz. No dice, simplemente, que va a intentar el diálogo o negociación si se dan las condiciones necesarias para ello. Es posible que aquí se haya producido una transmutación de conceptos, entre lo que se escribe y lo que se habla, inducida por el deseo más que por la realidad. El 17 de mayo de 2005, en la propuesta del Gobierno al Congreso, aprobada por éste, se escribió «condiciones adecuadas para un fin dialogado de la violencia» y «procesos de diálogo» y luego se tradujo, a la opinión pública, como proceso de paz. Bien, a veces las frases buscan efectos publicitarios, pero también a veces descubren ideas ocultas.

Dejémoslo así y vayamos al otro anuncio, al más sorprendente.

¿Cómo sabe nuestro Presidente que el proceso será largo?. No parece una mera conjetura, porque de ser así no vendría repitiendo ese adjetivo desde el aludido acuerdo del Congreso que respaldó su política antiterrorista. Todos los indicios nos hacen pensar que lo sabe a ciencia cierta porque conoce el programa  o plan de paz, y que lo conoce porque lo tiene pactado, no en el detalle, pero sí en los principios básicos y en los tiempos, desde antes de ese acuerdo del Congreso. La hoja de ruta estaba de antemano decidida y acordada. Esto es lo que daba seguridad, firmeza y convicción a RZ y a cuantos estaban en el meollo del proceso.

El por qué ha de ser largo dicho proceso es otra cuestión, sobre la cual deseamos arriesgar una hipótesis, que el tiempo se encargará de confirmar, rectificar o negar.

Debemos dar por sentado que el Gobierno se propone mantener la esperanza de paz y que los nacionalistas vascos y ETA abren un camino a sus esperanzas de autodeterminación. Estas son las claves que definen la naturaleza del proceso.

El Gobierno viene sosteniendo que no va a haber precio político porque ETA abandone la violencia, y que no va a negociar con la banda terrorista hasta que no deje las armas. Pero esto no significa que no pague ninguna clase de precio por ello, que no se hagan concesiones políticas, ni que todo ello no se negocie con las fuerzas democráticas nacionalistas.

Los partidos nacionalistas vascos y ETA, por su parte, no renuncian a ninguno de sus objetivos, entre los cuales figura la llamada autodeterminación.

Pues bien, creo que la razón principal de la anunciada temporalidad del proceso tiene que ver con que cualesquiera concesiones del Gobierno, de las que se le piden para que el proceso finalice satisfatoriamente, provocaría, por ahora y en mucho tiempo, reacciones contrarias en un sector importante de la opinión pública, sobre todo si la oposición política y algunas asociaciones las rechazaran.

Por consiguiente, dadas las condiciones desfavorables en la opinión pública para concesiones gubernamentales, y que ETA no dejará las armas hasta tanto se llegue a un acuerdo que acepte sustancialmente sus exigencias, si ambas partes desean alcanzar sus objetivos, conservando sus respectivas esperanzas, como parece, han de mantener abiertas las negociaciones hasta que se den las condiciones propicias para un acuerdo acerca de las reivindicaciones nacionalistas.

A lograr esas condiciones propicias, contribuye ETA con el «alto el fuego», tras comprobar la buena disposición del Gobierno en gestos que nos son conocidos y no hace falta enumerar. La acción del Gobierno, a partir de esa decisión de la banda, consistirá en convencer a la oposición de que debe contribuir al proceso de paz y, sobre todo, en crear una amplia opinión pública favorable, invirtiendo la actual, tanto para la previa legalización de Batasuna (inevitable en la negociación de los partidos democráticos), como, sobre todo, para afrontar las negociaciones subsiguientes, en especial la relativa a la autodeterminación, que sin duda llevará años. En esa transformación de la opinión pública jugarán el clima de normalidad, sobre todo en el País Vasco, a raíz del alto el fuego, y los poderes mediáticos afines al Gobierno, que no son pocos.

Pero el proceso se prevé largo.

Por otra parte, un proceso de tal naturaleza, abierto a la negociación con las fuerzas políticas democráticas, lleva consigo una consecuencia deseable para el PSOE, pues la esperanza de paz depende de que él siga gobernando mientras dure el proceso, lo que favorece sus expectativas electorales. Esta es una razón añadida para que el Gobierno apueste por un largo proceso, que se mantenga abierto mientras no haya acuerdo definitivo.

Así pues, la nueva estrategia se define por basarse en una negociación abierta «permanentemente», acompañada de un alto el fuego del misma carácter temporal, hasta que se den las circunstancias propicias para llegar a un acuerdo definitivo.

24.3.2006

 

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